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    Ante la reiteración de secuestros a periodistas en diferentes zonas del mundo, se debate cómo deben tratarse esos hechos

    Los medios y los profesionales están divididos entre informar o proteger a la víctima

    En la medida en que los periodistas se internan en temas escabrosos como el narcotráfico o la trata de blancas, o cuando cubren algún conflicto armado, el solo ejercicio de la profesión se transforma en un riesgo de vida.

    Muchos profesionales se ven amenazados por quienes no quieren que determinada información se haga pública. En varios casos esas amenazas trascienden lo verbal y se materializan en hechos concretos. El secuestro de periodistas (algunos llevan años en esa situación) ha pasado a ser una operación frecuente por parte de organizaciones delictivas y grupos armados como forma de amedrentrar.

    A diferencia de otros ataques, los casos de secuestro suelen generar discusiones sobre cuál debe ser el comportamiento de los medios de comunicación. Algunos periodistas son propensos a darle difusión como cualquier otro atentado contra la profesión; otros entienden que se debe hacer un “apagón informativo” para no poner en riesgo la integridad del secuestrado.

    Esta forma de actuar, que también se extiende a los secuestros en general, dispara siempre un debate de hasta dónde es eficaz —e incluso ético— proceder de tal forma.

    Periodistas raptados.

    El jueves 7 de febrero, un grupo fuertemente armado secuestró a cinco empleados del diario mexicano “El Siglo de Torreón”, de la ciudad del mismo nombre en el estado norteño de Coahuila.

    El grupo raptó a uno de los empleados afuera de las oficinas del periódico, a otros tres en sus casas y a uno más en una tienda, según los informes de prensa. Diez horas más tarde, en la madrugada del viernes 8, los rehenes fueron liberados acusando varios golpes.

    En un comunicado, el diario sostuvo que el hecho es “alarmante” porque conforma “un nuevo frente en la vulnerabilidad de los medios de comunicación, pues los trabajadores secuestrados no pertenecen al área de redacción”.

    En ese mismo comunicado el medio resolvió no dar más detalles del secuestro por seguridad de los periodistas y para “proteger” a las víctimas.

    Según las autoridades, los secuestros podrían estar relacionados con la cobertura que dio el periódico al atentado que sufrió una alcaldesa de ese estado.

    Este es el último de una larga serie de secuestros a periodistas en varias partes del mundo. Una conducta criminal que se ha vuelto “cada vez más frecuente”, según Frank Smyth, analista en seguridad periodística del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ por su sigla en inglés).

    Smyth es un periodista con amplia trayectoria en la cobertura de conflictos armados y crimen organizado. Trabajó en El Salvador, Guatemala, Colombia, Cuba, Ruanda, Uganda, Eritrea, Etiopía, Sudán, Jordán e Irak.

    En un informe para el CPJ publicado a finales de febrero, Smyth analiza la conveniencia de que los secuestros a periodistas sean sometidos a un “apagón informativo” por parte de los medios.

    “Distintos actores raptan a periodistas por diversos motivos o razones: políticas, recompensa económica; para sacarles la información o influenciar la cobertura pueden ser otras”, sostuvo.

    “La prueba de fuego es si la cobertura de prensa sobre estos hechos funciona a favor o en contra de los secuestrados (sean estos periodistas o no) y como los intereses de los cautivos se balancean con el derecho del público a saber”, agregó.

    Opiniones divididas.

    “Esto no es algo uniforme. Cada caso es diferente”, le dijo a Smyth David Rohde, un columnista de asuntos exteriores de la agencia Reuters y ex corresponsal del diario estadounidense “The New York Times”. Rohde fue secuestrado entre noviembre del 2008 y julio del 2009 en Afganistán hasta que consiguió escapar.

    “Honrar un pedido de no informar sobre un periodista cautivo es un tema que divide a las organizaciones de noticias”, dijo Smyth.

    “En diciembre —agregó— medios turcos y el sitio web estadounidense “Gawker” (cuyo eslogan es ‘el chisme de hoy es la noticia de mañana’) rompieron un apagón informativo solicitado por la cadena NBC sobre el secuestro en Siria de su corresponsal Richard Engel y su equipo”.

    Tras esa filtración, el equipo de la NBC fue liberado horas después de los reportes iniciales. Pero la filtración, en particular el artículo del periodista John Cook en “Gawker”, provocó la ira de colegas y activistas por los derechos humanos.

    Smyth relató que Peter Bouckaert, director de emergencias de la ONG “Humans Rights Watch”, alentó a los miembros de un grupo de corresponsales de guerra para que bombardearan el sitio con e-mails demandándoles a los responsables que retiraran el artículo.

    “John Cook: ¿Alguna vez pusiste tu vida en primera línea del frente de batalla en un país hostil para tu medio? Entonces no hagas suposiciones sobre la historia de NBC News”, posteó sobre el tema Rajiv Chandrasekaran, un ex corresponsal del diario “The Washington Post” y editor y miembro del CPJ.

    Cook se defendió argumentando que si bien había hablado con la NBC, tomo la decisión de publicar igual la historia porque “nadie en la cadena de televisión pudo convencerme de que reportar sobre el caso de Engel podría causarle algún efecto concreto, porque tampoco sabían nada sobre las circunstancias en las que se encontraba”.

    “Y como una cuestión más general, no está claro que sea una regla que la publicidad sobre víctimas secuestradas aumente sus riesgos”, agregó.

    Smyth destacó que hay muchos analistas que sostienen la posición contraria: “Las negociaciones con los secuestradores pueden dificultarse si se dan cuenta que tienen a un ‘pez gordo”, advirtió la Asociación de Periodistas Canadienses luego que la cadena de televisión CBC pidiera en 2008 un apagón mediático por el secuestro de cuatro semanas de su corresponsal en Afganistán, Mellissa Fung.

    El caso de David Rohde es quizás uno de los más emblemáticos en esta larga lista: “Mis secuestradores tenían una idea ilusoria del tipo de recompensa que podrían obtener por mí”, le dijo el periodista al CPJ, agregando que reportes de prensa en su caso “solo habrían empeorado mi situación y la del colega que estaba conmigo”.

    El “Times” solicitó en su momento un apagón luego de que saliera un reporte en la cadena árabe “Al Jazeera” sobre su desaparición. Casi todas las organizaciones de medios lo honraron, hasta que Rohde y el colega lograran escapar.

    En este caso el apagón llegó a incluir sitios como Wikipedia donde las actualizaciones del perfil del periodista eran borradas sistemáticamente hasta que el sitio resolvió congelar esa página. Además, colegas del “Times” modificaron su biografía (posteada en el sitio web del diario) para ocultar sus investigaciones sobre terrorismo islámico.

    Caso a caso.

    Para Smyth, los periodistas “tienen el deber de informar” sobre otros colegas secuestrados, aunque “cada caso debe ser analizado en sí mismo”.

    “Una cosa es retener información en el caso de Rohde, que es un prominente periodista en esa área pero no es una celebridad. Pero ¿habría sido práctico o ético para docenas de medios retener información en el caso de Engel, cuya cara es vista en millones de hogares regularmente?”, señaló.

    Agregó que “la historia y el contexto también aportan guías de comportamiento” y recordó que retener información para no poner en peligro a individuos “es una aceptada práctica periodista” y que ello es más frecuente en conflictos armados.

    “En 1994 las cuatro cadenas de televisión más importantes de Estados Unidos retuvieron la información de que aviones de ese país habían despegado hacia Haití para apoyar una invasión en ese país, solo para informar de esa noticia cuando la invasión se canceló”, agregó

    Pero hay otros periodistas que argumentan que este tipo de restricciones corren cuando se trata de un colega de los medios, no así “cuando es un civil”.

    “Detener el flujo de información sobre un periodista secuestrado sugiere que los medios de comunicación valoran las vidas de su propio personal por sobre aquellas de las que reportan”, sostuvo Blake Lambert, periodista canadiense freelance que cubrió varios conflictos armados.

    Para Smyth el caso de los periodistas freelance (que no representan a medio alguno y venden sus noticias) también “conforma otro caso de análisis”, ya que “muchos expertos aseveran que los casos de secuestros de periodistas freelance no son sujeto del mismo nivel de escrutinio antes de su publicación como aquellas víctimas que son periodistas de algún medio”.

    Para Smyth, que fuera secuestrado durante algunas horas en el primer conflicto del Golfo, “no hay una matriz única que muestre cómo manejarse ante tales casos”.

    “Cada uno merece un delicado y cuidadoso examen”, agregó.

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