Bob Woodard y Carl Bernstein, los periodistas del “Washington Post” que llevaron a cabo la investigación del “caso Watergate”, recuerdan que Ben Bradlee, editor durante 23 años del “Post”, solía recorrer la redacción del diario para interiorizarse de los temas que estaban abordando sus periodistas, recomendándoles: “La nariz hacia abajo, el culo hacia arriba y con paso firme hacia el futuro”. Una forma de instarles a proceder con modestia y dejar la redacción para hablar con sus fuentes y conseguir noticias.
Bradlee, quien supervisó toda la cobertura que Woodward y Bernstein hicieron del “caso Watergate”, una de las más delicadas y reconocidas investigaciones del periodismo de los Estados Unidos, falleció el 21 de octubre a los 93 años.
Según los autores de la nota, Bradlee terminó una vida guiada por un único objetivo: “el culto a la verdad”. ¿Qué datos había? ¿Estaban comprobados? ¿Quién tenía otra versión? Así interrogaba a los periodistas ni bien llegaban con alguna noticia. Escéptico y con gran autoridad para enfrentar los errores. Así lo recuerdan ambos en un artículo publicado el 31 de octubre en el “Washington Post”.
Bradlee no solo tuvo la mayor responsabilidad periodística del “Post” durante la cobertura del “caso Watergate” que derivó en 1974 en la dimisión del presidente Richard Nixon. Hizo mucho más. Los hechos vividos junto a los periodistas, llevando información de sus fuentes de un lado a otro, los múltiples chequeos y controles de Bradlee, los aciertos y los errores fueron verdaderas clases de periodismo, afirman los autores de la semblanza de quien fue su jefe durante años.
Su peor momento.
El “caso Watergate” ha quedado en la historia como una de las mayores investigaciones periodísticas de Estados Unidos. Aún así, entre tanta información que manejaban, Woodward y Bernstein reconocen que hubo errores.
En octubre de 1972 la tapa del “Washington Post” incluía una información en la que se afirmaba que, “según un testimonio prestado ante el Gran Jurado, el jefe de gabinete de Richard Nixon, Bob Haldeman, había controlado un fondo secreto utilizado para financiar la entrada de los ladrones en el hotel Watergate, además de otras actividades clandestinas e ilegales”.
Esa información era prueba clave del vínculo del gobierno con la incursión clandestina en oficinas arrendadas por el Partido Demócrata, en vísperas de su Convención Nacional, en el edificio Watergate.
“Lo malo es que ese testimonio no había existido”, sino que era una deducción de los periodistas a partir de la declaración del tesorero de la campaña de Nixon, recuerdan Woodward y Bernstein. Aunque las investigaciones posteriores probaron que Haldeman manejaba el dinero, publicada la noticias las denuncias y desmentidos de jerarcas y partidarios del gobierno republicano repiqueteaban contra el diario.
Bradlee tomó la posta. “No saben dónde están. (...) No tienen los datos. Estén callados por ahora, vamos a ver en qué acaba esto”, recomendó a los periodistas. Giró la silla, puso una hoja de papel en su máquina de escribir y tecleó: “Reiteramos la veracidad de nuestro reportaje”.
Sin reproche alguno, según relatan, “pese a que mucho después diría que aquel había sido uno de los peores momentos de sus 23 años como director del ‘Post’”.
El error estuvo en que la fuente de Woodward y Bernstein sabía del control de fondos que hacía Haldeman y había declarado ante el Gran Jurado, pero allí nadie le preguntó por Haldeman. “Nosotros supusimos que sí, y al hacerlo, violamos una regla fundamental de Bradlee: ‘Nunca hay que suponer nada’”, agrega el artículo.
“Retorcer las tetas”.
Bradlee se paseaba por la redacción una y otra vez dialogando con los periodistas, metiéndose en sus conversaciones para saber detrás de qué historia estaban. Los conocía, defenderlos era parte de su esencia y los periodistas sabían la importancia que tenía su respaldo.
Woodward y Bernstein recuerdan con nostalgia hasta qué punto llegó Bradlee con tal de respaldarlos. El comité para la reelección de Nixon solicitó por vía judicial las notas del diario sobre Watergate para utilizarlas en una demanda civil contra los periodistas. Bradlee actuó y declaró junto a la editora del periódico, Katharine Graham, que la propiedad legal de todos los documentos era de ella y por tanto, las acciones judiciales caerían también contra ella.
A partir de ahí, narran los autores de la nota, Bradlee recibió llamadas de otros directores de periódicos que le decían que “se había vuelto loco”, a Graham la acusaban de cometer una “temeridad y acosar al gobierno” y todos les reprochaban con un mismo argumento: ¿Por qué ningún otro periódico hacía lo mismo? Amenazas de estarlos persiguiendo, que les pincharían los teléfonos y advertencias de filtrar datos personales. Todas estas presiones caían sobre ellos.
En 1972 John N. Mitchell, ex jefe de campaña y ministro de Justicia de Nixon, le dijo a Bradlee que si se publicaba alguna información sobre él iba a “retorcer las tetas a Katie Graham”, y le advirtió que iba a publicar una historia sobre el “Post”.
“Era evidente que lo que teníamos en las manos era una bomba, ¿no? Pero todavía no tenía claro si la bomba podía destruirnos a nosotros, al presidente o a ninguno”, les comentó Bradlee a los periodistas.
Patriota odiado.
Las decisiones más pesadas las tomaba sin vacilar y sin importar si con ello se convertiría en el blanco de enojo de jefes de Estado. No solo Nixon, sino también Jimmy Carter, entre otros. Las páginas del “Washington Post” revelaron en 1977 que el rey Husein de Jordania cobraba un sueldo de la CIA, lo que enfureció al presidente norteamericano. Más aún, cuando previo a su publicación Carter, sabiendo que el “Post” tenía la información, se reunió con Bradlee para pedirle que no la publicara porque afectaría la seguridad nacional. Cuando Carter reconoció que ya no había riesgo, según relatan Woodward y Bernstein, Bradlee no dudó y publicó la noticia. Carter explotó.
Pero en su relato los periodistas recuerdan cómo ante otra situación Bradlee puso la seguridad nacional de Estados Unidos por delante de lo que sería una primicia periodística de nivel mundial. En 1988 lo visitó un analista de los servicios de espionaje norteamericano para ofrecerle información sobre operaciones que, según contó el propio Bradlee en sus memorias (“Una buena vida”, 1995), “permitían a los soviéticos controlar distintas unidades en sus fuerzas nucleares y que describían cómo Estados Unidos había conseguido penetrar esos sistemas en tiempo real”.
En este caso, aún en tiempos de la Guerra Fría, su decisión fue la de no publicar la información y así evitar las consecuencias que podría tener para su país. Incluso se involucró al punto de contactar al entonces director de la CIA, William Webster, para evitar que el analista divulgase la información en otro medio. Nadie lo supo.
El “caso Watergate” será su mayor logro y hasta ahora el del “Washington Post”, pero a lo largo de su carrera obtuvo reconocimientos de todo tipo. Durante su dirección el diario duplicó su circulación y se convirtió en referencia mundial, ganó 17 premios Pulitzer y en 2013 recibió de manos del presidente Barack Obama el mayor reconocimiento que un civil puede obtener en Estados Unidos, la Medalla Presidencial de la Libertad.