N° 1973 - 14 al 20 de Junio de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMaría Noel Taranto es una de esas joyas raras y exquisitas que cada tanto da nuestro país. Sigo su carrera desde hace años y continúa sorprendiéndome con su infinito talento. Hace unos días fui a escucharla cantar en uno de esos barcitos de hechizo misterioso y discreto que ofrecen algunas esquinas de Montevideo. Acompañada por el maestro Raúl Medina, la voz de María Noel se expandió como una nube de belleza y llenó cada espacio del pequeño recinto.
Va del blues al jazz con una plasticidad vocal única y lo disfruta tanto que todo parece sencillísimo. Despliega la energía de un huracán benévolo, se desdobla en risas y en movimientos. Canta con todo el cuerpo. Convoca al espíritu de la Piaf y es como si el gorrión volara desde lejos para insuflarle su aliento de melancólica fortaleza. Entonces María Noel canta las canciones que cantó la Piaf, aunque no es la Piaf, no intenta serlo. Es ella.
Habría bastado con eso para que la noche fuera perfecta. Pero el destino nos tiene a veces reservadas algunas yapas de felicidad extra. En una mesa vecina se celebraba un cumpleaños, con tanta suerte para los presentes que la cumpleañera resultó ser otra reconocida cantante. Y los compañeros de mesa, integrantes de un coro. Imposible pedir una circunstancia más perfecta.
María Noel —que, además de eximia cantante, es una profesional generosa? invitó al escenario a la cumpleañera. Cantaron juntas, abrazadas, como divirtiéndose. Luego la cumpleañera interpretó algo de Aretha Franklin y dio muestras de un talento supremo. A una señal fueron pasando los del coro. Y, al final, todos juntos, apretados en un improvisado semicírculo, con el notable acompañamiento del maestro Medina que hacía magia en los teclados, cantaron con una felicidad desbordada, un gozo estético al que solo acceden los artistas verdaderos.
Desde mi mesa observaba. Contagiada por ese disfrute ajeno, mi cuerpo se movía en la silla y mi boca entonaba bajito las letras de las canciones. Admiraba la capacidad que tenían los cantantes para derribar la barrera del ego y cooperar entre ellos. Se divertían y, al hacerlo, daban espacio para que los otros se lucieran. Siempre me ha gustado eso. Veo en los músicos una voluntad de cooperación que no veo en otras artes, salvo en el teatro, quizá, ahora que lo pienso. Pero de ningún modo en la pintura o en las letras, actividades más solitarias, ensimismadas, recoletas.
La literatura, el ámbito que más conozco y en el que me muevo, es un territorio de timideces y silencios, donde el otro no cabe en el momento supremo de la creación. Eso nos encierra, nos vuelve reservados, a veces huraños y taciturnos. Contemplé con fascinación esa cofradía bullanguera de los músicos hermanados en el arte, tan necesitados unos de los otros que no tienen más remedio que aplacar los egos porque se les vuelve imposible la prescindencia.
Recordé mis tediosos años de solfeo y lamenté no haber tenido la voluntad para ganarle al aburrimiento. De haber perseverado, quizá ahora estaría cantando y no escribiendo. Pensé que, si naciera de vuelta, me dedicaría a la música. Y pensé, ya en un franco viraje de mis gustos, que la música es el arte por excelencia. El más abstracto, el más complejo, el que rompe la barrera de los idiomas y se cuela en el alma sin necesidad de gramáticas ni diccionarios. Las palabras, de algún modo, crean significados más concretos que limitan la posibilidad de significados nuevos. La música, en cambio, es un campo más abstracto y, por lo tanto, fértil para cualquier siembra.
No todos piensan lo mismo, claro. En su libro Para qué sirven las artes John Carey opina lo contrario. Desde su convicción acerca de que “la literatura es superior a las otras artes y hace cosas que estas no pueden hacer”, dice que una de las ventajas de la literatura es que puede autocriticarse porque, según él “es el único arte capaz de razonar” a partir de las palabras. Y que, en tanto “fuente inagotable de ideas”, provee a las otras artes de una materia prima esencial para la creación. Carey es consciente ?y lo manifiesta? de que sus opiniones son “autobiografía camuflada” y de que, incluso si lograra persuadir a los lectores, esto no demostraría que son verdaderas. En cualquier caso, para compartir o discrepar, sus reflexiones son un buen insumo para el pensamiento.
Ahora que escribo, se me ocurre que la música ?como otras artes? también es fuente de creación para las letras. Autores como Cortázar, Murakami o Ishiguro ?solo por nombrar a tres que ahora vienen a mi mente? han incluido de forma explícita la música en sus textos. Y, al fin de cuentas, incluso si no la nombramos o no somos expertos, quienes escribimos estamos haciendo música cuando nos esmeramos en alcanzar con las palabras determinadas curvas sonoras y ritmos poéticos.
¿Será que el arte es solo uno? Qué bello imaginarlo como un gran concierto en el que cada manifestación hace las veces de instrumento. Cada tanto, hay un solo de pintura o de teatro o de letras que destaca por encima de las demás manifestaciones artísticas. Pero estas no desaparecen. Están ahí y se nutren entre ellas. Es en la apreciación sensible de este maravilloso concierto donde el ser humano se eleva por encima de lo animal y su naturaleza se ennoblece.