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El 50% del comercio marítimo mundial de azufre pasa por el estrecho de Ormuz. Lo mismo ocurre con el 34% del comercio de petróleo crudo; con el 29% del gas licuado de petróleo; con el 19% del gas natural licuado (GNL); con el 19% de los productos petrolíferos refinados; con el 13% de los productos químicos, incluyendo los fertilizantes; y con casi el 10% del aluminio. Éste es un punto de estrangulamiento de la economía mundial. Es un lugar en el que sólo se inicia una guerra tras una cuidadosa consideración de los objetivos, los medios y los riesgos. Eso no fue lo que ocurrió antes del ataque contra Irán el 28 de febrero de 2026. Como resultado, dos meses después, estamos donde estamos.
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Sin embargo, ¿dónde estamos? El informe Perspectivas de los mercados de commodities del Banco Mundial, publicado el martes 28 de abril, presenta un detallado panorama del resultado global más importante, a saber, su impacto en el suministro de todos los productos mencionados anteriormente. Esta guerra nos recuerda que no vivimos en un mundo intangible. No sólo comemos alimentos tangibles, vestimos ropa tangible, entre otras cosas, sino que detrás de todo lo intangible — incluyendo la inteligencia artificial (IA) y la energía renovable — se esconde una enorme cantidad de elementos tangibles, como lo demostró el escritor británico Ed Conway en su libro, Mundo material.
Por lo tanto, si se bloquea el comercio de productos esenciales, rápidamente empiezan a ocurrir cosas desagradables. Tal como lo señala el Banco Mundial, el impacto inicial del cierre del Estrecho representó una pérdida global de 10.1 millones de barriles diarios (b/d) de petróleo en marzo. Esto fue mucho mayor que el impacto de la revolución iraní de 1979; del embargo petrolero árabe de 1973; de la invasión de Kuwait por parte de Saddam Hussein en 1990; o de la guerra entre Irán e Irak en la década de 1980. El impacto es el resultado directo del cierre, el cual redujo el número de buques petroleros que atraviesan el estrecho de Ormuz de unos 60 al día a casi cero después del 5 de marzo. El inevitable resultado ha sido un significativo aumento en los precios: el precio del barril de petróleo subió US$46 en marzo, mucho más que cualquier otro aumento mensual registrado durante la década de 2000. Entre el inicio de la guerra y el 20 de abril, el precio del combustible para aviones en Singapur se duplicó; el de la urea subió un 85%; el de los futuros de GNL asiático un 46%; y el del crudo Brent un 32%.
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¿Qué sucederá a continuación? Surgen dos sustanciales preguntas.
La primera es hasta qué punto el petróleo que actualmente se encuentra bloqueado en el Golfo puede ser sustituido por otras fuentes. A este respecto, el Banco ofrece un análisis interesante e importante. De la pérdida bruta de 20 millones de b/d, 1.5 millones pueden ser compensados por otros productores de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP); 5.5 millones mediante el uso de oleoductos alternativos; 3.3 millones de las reservas; 3.9 millones del petróleo sancionado en tránsito; 0.5 millones del suministro adicional de países de altos ingresos; y 0.5 millones de los biocombustibles (una opción más difícil ahora, dada la escasez de fertilizantes). Esto deja un déficit de 4.6 millones de b/d, un poco más del 4% del consumo mundial. Sin embargo, la reducción de las reservas no puede durar para siempre; cuando se agoten, el déficit aumentaría hasta alrededor del 8% del consumo mundial.
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La segunda y fundamental pregunta es cuánto durará el cierre casi total del Estrecho y cuánto tiempo llevará entonces que las cosas vuelvan a la normalidad. No es de extrañar que la élite iraní esté dividida en cuanto a qué concesiones podría hacer, sobre todo en lo que respecta a su programa nuclear. Si hay algo que debe resultarles obvio es que tener una bomba nuclear les brindaría una mayor seguridad. Donald Trump ha pasado por una cantidad vertiginosa de objetivos. Quizás la creación de una Corporación de Protección del Estrecho, con peajes compartidos entre Estados Unidos (EE.UU.) e Irán, sería la respuesta ideal para él.
Las previsiones del Banco sobre los precios de los productos básicos parten de la hipótesis de que la fase más crítica de las disrupciones en el suministro finalizará en mayo. A partir de entonces, se supone que los volúmenes de transporte marítimo a través del Estrecho se recuperen intermitentemente, hasta estabilizarse en torno a los niveles previos a la guerra para el último trimestre de este año. Bajo este supuesto, se prevé que el índice de precios de la energía del Banco aumente un 24% este año. Se pronostica que los precios de los fertilizantes aumenten un 31%, con un alza del 60% en el caso de la urea. Sin embargo, se anticipa que los precios de los alimentos sólo aumenten un 2% este año, debido a las grandes existencias que se arrastraron desde 2025. El próximo año podría resultar más difícil para el suministro de alimentos, especialmente si el Estrecho permanece cerrado por más tiempo de lo anticipado.
Los riesgos son claramente al alza: la previsión del Banco para el precio promedio del petróleo este año es de US$86 por barril, más o menos lo que sugiere el mercado de futuros; pero, con una disrupción más prolongada y mayores daños a las instalaciones, podría alcanzar un promedio de US$115 (o más), con repercusiones que se extenderían hasta bien entrado el próximo año.
¿Qué conclusiones se desprenden de esto?
La primera, y más obvia, es que nuestra economía mundial interconectada es vulnerable al comportamiento de actores deshonestos. En el pasado, eso significaba personas como Saddam Hussein o Vladimir Putin; ahora son el presidente de EE.UU. y el primer ministro de Israel. Ese peligro persiste.
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La segunda conclusión, aunque es imposible estar realmente a salvo de las disrupciones, es que existen argumentos de peso a favor de asegurarse contra los choques en el suministro de combustibles fósiles. Esto ha subrayado la necesidad de pasar más rápidamente a las energías renovables y a la energía nuclear.
La tercera, lamentablemente, es que EE.UU. no es un socio confiable; así lo ha demostrado con su guerra comercial y con las dudas que ha sembrado sobre su relación con sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Es probable que esto también se aplique a su papel como proveedor de energía.
La cuarta conclusión es que se trata de una disrupción de gran magnitud, la cual sin duda afectará duramente a muchas de las personas más pobres y a los países más vulnerables del mundo. El alza de los precios del petróleo y de los fertilizantes lo garantiza. Esto subraya los argumentos morales para continuar brindando asistencia internacional.
La quinta es que los bancos centrales van a tener dificultades para lidiar con las consecuencias. Pero no deben permitir que las expectativas inflacionarias se descontrolen.
Por último, la economía mundial se ajustará. Pero la rapidez y la eficacia con que lo haga dependerá de que el bloqueo termine cuanto antes. La única buena noticia es que Trump y los iraníes tienen razones de peso para ponerle fin al conflicto: sus pueblos, sus economías y sus aliados lo necesitan. ¿Lo harán? Esperemos que sí.