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    El pintor de lo improbable

    Con una veintena de óleos, el pintor surrealista Joaquín Lalanne, de 27 años, uruguayo radicado en Cadaqués y con una carrera ascendente en España, presenta su trabajo en la muestra “Travesía Pop” en la Fundación Atchugarry

    El realismo de la imagen impacta. La figura de Ariadna, hija del rey de Creta, también. Inquieta saber que no es de carne y hueso, que por sus venas corre óleo. Inquieta su pose: su torso que apunta al mar mientras señala al barco de Teseo, el amante que la abandonó en la isla de Naxos, y su rostro de perfil con la mirada clavada en los ojos de Baco, el dios del vino, que sin demasiada delicadeza y con mucho erotismo va por ella. En “Baco y Ariadna”, que Tiziano pintó entre 1520 y 1523, también aparece un séquito de personajes secundarios: mujeres danzando, hombres que parecen guerreros, un niño mitad humano mitad cabra, dos guepardos y un varón de barba tupida que lucha contra una serpiente y que podría referir al mitológico Laocoonte.

    Frente al lienzo hay un joven hipnotizado por la escena. Recién cumplió los 27, es pintor, vive en Cadaqués, nació en Argentina pero se crió en Uruguay, y cada vez que puede visita la National Gallery de Londres para ver su cuadro preferido firmado por el autor italiano que más lo conmueve. Su nombre es Joaquín Lalanne, y desde que llegó a España becado en 2009, atrajo la mirada de artistas y críticos que le dieron el respaldo necesario para trascender públicamente. Uno de ellos fue Tomás Paredes, presidente de la Asociación Española de Críticos de Arte; otro Antoni Pitxot, pintor, amigo y colaborador hasta los últimos días de Salvador Dalí.

    Lalanne es surrealista, y a sus escenarios improbables les agrega un toque de pop. En una misma tela hace convivir a la Venus de Milo con Marilyn Monroe, a Einstein con el Pato Donald, a Popeye con Magritte, a Da Vinci con el Súper Ratón y a obras de Tiziano con otras de Lichtenstein. En sus cuadros se percibe la obsesión por la perspectiva y la luz coherente, y parecen colarse rastros —a veces técnicos, a veces narrativos y humorísticos— de sus cinco principales maestros: Miguel Herrera, Clever Lara, Ignacio Iturria, Álvaro Amengual y Oscar Larroca.

    Después de seis años de presentar exhibiciones en Castilla, Cataluña y Andalucía, Lalanne expone su primera muestra individual en Uruguay, en la Fundación Pablo Atchugarry y bajo el título “Travesía Pop”. Son unos veinte óleos creados entre 2013 y 2015, en los que abundan detalles, paisajes majestuosos y personajes en miniatura.

    Ahora, al menos hasta mediados de marzo, el artista está de vacaciones en el Este y todos los fines de semana vuelve a la fundación. Quiere observar a la gente mirar sus cuadros. Quiere escuchar lo que los espectadores dicen de sus obras. También tiene consultas para hacerles. Por eso, en este encuentro con galería, él elige empezar: “¿Notás alguna diferencia entre esas tres obras de allá y estas que colgué acá?”, dice.

    Si bien las pinturas tienen una diferencia de pocos años, se nota un cambio en la perspectiva, la profundidad, el tratamiento de la luz y el realismo. ¿Qué ve usted?Veo muchas diferencias. A veces me da la sensación de que los más viejos, que son de 2013, no los pinté yo. Muchos no me gustan, les veo errores. Pero después me centro en los más recientes y me da cierta satisfacción ver cómo se va puliendo la técnica. Trabajo y estudio mucho para eso.

    ¿Por qué tomó la decisión de estudiar arte a los 15 años?Fue casualidad. No me interesaba demasiado el arte y era muy malo dibujando. Cuando tenía 14 veraneamos en Atlántida y tenía esa ambición adolescente de ser productivo y ganar dinero. Primero compré pulseritas artesanales y las revendí en la playa. Después las empecé a hacer, y al tiempo quise mejorar: eso significaba, por ejemplo, usar plata. A partir de ahí estudié orfebrería con Francisco Solari. En su taller di con libros de pintura. El que más recuerdo fue uno de Gauguin. Lo hojeé y dije “esto es para mí”. Entonces me volqué a la pintura y estudié con varios maestros.

    Tuvo una experiencia particular con Iturria.En 2007 me invitó a pintar un día a Malakoff, un pueblito al lado de París, y después me dijo que cuando fuera por Cadaqués lo visitara. Al año siguiente fui solo, tenía 18. Cuando golpeé la puerta de su taller me dijo: “Hola, entrá, ponete a pintar y después capaz que hablamos”. En las siguientes cinco jornadas no me habló. Creo que me estaba probando. Pero un día dejó la puerta abierta y nos pusimos a charlar.

    ¿Suele recurrir a él?No mucho. Pero sí apareció con las palabras justas en momentos claves. Cuando gané la beca (en la Fundación Antonio Gala) para irme a Cadaqués era muy chico y tenía mucho miedo. Fui a visitar a Ignacio y le llevé tres de los que en ese entonces consideraba, entre comillas, mis mejores cuadros. Agarró el primero y me hizo muchas correcciones. Le mostré el segundo y me dijo: “Joaquín, pero mirá bien lo que hiciste acá por favor”. Y el tercero creo que ni lo comentó (risas). Estaba desesperado. Salí, tiré los cuadros en el contenedor de la esquina y me fui a casa buscando la excusa para no viajar. Pero después el esposo de mi madre me hizo cambiar de opinión y me recomendó llevar un registro de los consejos. Y anoté todo en una listita doble faz que terminó siendo la base de mi arte.

    Ese papel aún existe. Lo lleva siempre, plegado, en un bolsillo de su billetera. La lista incluye frases como “controlar la espontaneidad” y “a la sensibilidad hay que domarla”. Mientras prepara sus muestras, Lalanne lee mucho, casi siempre sobre arte. Y cuando habla de pintura suele recurrir a citas de maestros que en algún momento subrayó. “Botero explica que el arte es la historia de las personalidades, que no queda el que pinta como Rafael sino Rafael. Yo busco mi estilo sin aspirar a  grandeza, solo intentando hacerlo bien”, dice.

    Lalanne recorre la exposición y se detiene en cada óleo. A algunos los acaricia y a otros les da pequeños golpes donde encuentra imperfecciones. Cuenta cómo fueron mutando. Cómo los arregla o les incorpora personajes cuando no logra venderlos. De “Travesía Pop”, en menos de una semana vendió nueve; todos a coleccionistas uruguayos. Aun así no tiene certeza de que se vayan a agotar, como sucedió en cada exposición que presentó en España. “Allá vendo hasta por teléfono. Acá cuesta”, dice el artista, proveniente de una familia de compradores de arte.

    ¿Recuerda su primera experiencia estética con la pintura?Recuerdo ver a mis padres comprando cuadros y buscando el lugar para colgarlos. Teníamos uno de Juan Storm y de niño me pasaba observándolo. Siempre lo tuve presente, incluso ahora mi madre quería mandarlo a remate y le dije que yo se lo iba a comprar para no perderlo.

    ¿Colecciona arte?No, no puedo. Lo que hago es intercambiar obras con pintores. Tengo de Herrera y de Larroca. También de Pitxot. Cuando lo conocí era veterano, tenía 80. Un tipo impresionante, con una vida espectacular, que un día me dio bola.

    ¿Cómo se conocieron?Cadaqués es un pueblo muy chiquito. El vivía ahí y un día un amigo me llevó a la casa. Subimos a su taller y vi que tenía diagramado en las telas las diagonales y los cortes de la composición, entonces le dije: “¡Hago lo mismo!”. Supongo que ahí se dio cuenta de que yo iba en serio, que disfrutaba la pintura, que la estudiaba y entendía que era necesario para crecer. Me dio un libro de David Hockney que me encantó, y después me prestó otro, y otro. Hablábamos mucho sobre Dalí. Pitxot era de los pocos que lo veían pintar en su estudio, además lo ayudó a armar su museo e incluso lo dirigió.

    ¿Cuál es el encanto de Cadaqués, que atrajo a maestros como Dalí, Picasso, Magritte o Duchamp?El pueblo es una trampa mortal; llegás y no te podés ir. Es todo blanco, rodeado por montañas y con el Mediterráneo abajo. Hay partes que son un delirio geológico. Y la presencia de Dalí te atrapa. Cadaqués te obliga a estudiar a Dalí, y Dalí te obliga a quedarte en Cadaqués.

    Entonces no piensa en volver a Uruguay.No, me acabo de comprar un apartamento en Cadaqués. Allá conocí a mi novia, es argentina pero hace mucho que vive en España. Es una pieza muy importante en mi arte. Mi pintura se emprolijó mucho desde que estoy con ella.

    ¿Qué lo trajo al país a exponer “Travesía Pop”?Ya habíamos barajado la posibilidad con Pablo (Atchugarry) y su mujer, Silvana. Pero en ese momento consideré que no estaba preparado, quizás era muy joven. El año pasado vine a Uruguay y retomamos la idea.

    ¿Qué le hizo cambiar de opinión?Vender mucho en España. Eso me dio confianza. Gente que no sabe ni quién sos ve tu obra y se te acerca, la prensa especializada te incluye en el mapa. Creo que lograrlo antes en el exterior me dio seguridad. Además hace un tiempo que tengo la necesidad de exponer acá para compartirlo con mis padres.