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    Figuras de mazapán

    CUENTO DE NAVIDAD (2)

    Un hombre deprimido viaja un 24 de diciembre en un avión al hemisferio Norte.El billete aéreo, esa noche, es más barato que los días previos y posteriores porque nadie quiere viajar en Navidad. En esa fecha, los pasajes no están agotados, a pesar de ser época donde un gran fárrago de seres humanos cruza el Atlántico.El hombre deprimido piensa en los miles de jóvenes que durante décadas han sobrevolado el océano a buscar en Europa el Nuevo Mundo. A él no le sucedió. Ser extranjero le repele.Una mujer española en el asiento de al lado, comparte el viaje con el cuerpo del hombre. Las butacas son tan pequeñas que inevitablemente los bordes corporales se rozan constantemente. Además, la mujer, aunque de edad indescifrable, ya ha perdido la coraza hormonal que la protegía de la acumulación de grasas y sobrepeso.El hombre está tan deprimido que no es capaz de cruzar una palabra con su compañera de viaje. Él está del lado de la ventanilla y se empeña en ignorarla mirando el azar de las nubes.  Ella se ha puesto del lado del pasillo y estira sus piernas: se ha quitado los zapatos de aguja y usa unas medias especiales para avión.Él ha escuchado su exasperante acento porque para la cena ha pedido vino al azafato. En cambio él ha solicitado agua con gas y una rodaja de limón. Es abstemio desde la última vez que tuvo una pelea familiar y amenazó a todos con tirarse por el balcón.Su mirada recorre con cierto horror cada una de las cabezas que se divisan en la larga sucesión de respaldos de asientos. La gente duerme con la boca abierta, o se pone un antifaz para no ver a los otros, o mira las  abominables películas de turno.En siglos pasados, un hombre con su estado de ánimo tenía una borda donde asomarse y, si era necesario, tirarse. Apenas alguien podía escuchar un leve chapuzón. Ahora, aunque el precipicio es absoluto, el avión es hermético y solo permite mirar el mar como una vieja diapositiva, un borroso cuadrado con una imagen edulcorada de cielo, nubes y oblicuos rayos de sol.El hombre está a punto de sacar de su mochila un blíster de clonazepam y hacer lo que muchos en estas circunstancias: tomar un par de pastillas y olvidar por unas horas dónde se está. En realidad, no tiene la menor idea de dónde se halla: abajo solo hay un monstruo crispado y azul, húmedo y brillante, el océano.La única realidad espacial es la del interior de un avión inodoro que de pronto puede tornarse nauseabundo, si las turbulencias hicieran vomitar a un vecino, o si el baño ya muy usado por los pasajeros quedara demasiado cerca de su número de asiento.No se traga ninguna pastilla y continúa esperando que el azafato les retire las bandejas de la magra ración de planta industrial que la compañía aérea en crisis les ha ofrecido como cena. Una pasta apelmazada, una ensalada con dos dedos de crispada escarola, un milhojas rígido con leve retrogusto a dulce de leche.La mujer que está a su lado protesta. Dice que aquello es una guarrada, que no se puede comer, que es Navidad. El azafato pone cara de circunstancias, ella se pide otro vino, como para olvidar. Le advierten que esa botellita se la cobrarán aparte, dice que sí y luego murmura: “A tomar por culo”.El hombre deprimido se abstiene de hacer comentarios: él, que no es cristiano, no ha festejado nunca la Navidad y por suerte no ha tenido que sufrir la penosa experiencia del 25 de diciembre vivido en una familia dividida, llena de divorcios, hijos abandonados, ancianos en geriátricos y herencias disputadas.Cuando la mujer se toma su tercera copa de vino se gira con desparpajo y le pregunta a dónde va. Él queda un poco desconcertado, no esperaba esa pregunta ni esa mezcla sensorial que de pronto irrumpe: aromas de perfume de free shop, maquillaje abundante, cremas humectantes y cierto resabio del vino Rioja que la mujer acaba de apurar. Y mirada penetrante.Él le explica que en Madrid tomará otro avión para llegar a Escocia. La mujer no ceja y quiere saber qué va a hacer él a Escocia. Entonces le menciona su profesión, la arqueología, y sucintamente habla del seminario que  cursará en Edimburgo.La mujer no entiende del todo y entonces él le da los detalles: con las computadoras es posible realizar una reconstrucción tridimensional del rostro de un fósil encontrado bajo tierra con algunos miles de años de edad.Ella lo mira con incredulidad: él no dilucida si lo está tomando por un mentiroso o por un imbécil.  Es verdad que muchas veces se siente ambas cosas. Parece  que la mujer desconfiara de su palabra. ¿Por qué no? ¿Por qué no mentir e inventarse una identidad frente a un desconocido que jamás volverá a cruzarse con uno? Estar poniéndole nariz a calaveras es una profesión extraña que no suele darse con frecuencia.Pero ella no es tan desconfiada, o quizás sea el vino Rioja: comenta que debe ser acojonante verle el rostro a su abuelo de hace diez o veinte generaciones.Luego, se sumergen en silencio. Nadie habla, ni ellos ni a su alrededor. Salvo un “Feliz Navidad” deseado por el capitán en el micrófono al despegar el vuelo no se diría que esa noche muchos millones rememoran el nacimiento del hijo de Dios. Él ya no cree en Dios, menos en la posibilidad de que haya engendrado un hijo.El hombre deprimido se pone a elucubrar posibles desastres. Bomba a bordo. Una tuerca con un fallo de origen que hace caer el avión en picado. Un muchacho que se ata una cinta roja en la frente y toma de rehén por el cuello al azafato mientras grita “¡Alá es grande!”.  Un fuerte olor a quemado que sale de no se sabe qué extremo del avión. Alguien llorando: “¡Un médico, un médico!” y un tipo de grandes proporciones sufriendo un ataque cardíaco dos butacas más adelante.  Un ahorcado en el baño, con su propia corbata.Al hombre le gusta ensimismarse en la peor de las posibilidades imaginables.Y así, se queda dormido. En mitad de la noche se da cuenta de que la mujer le ha pedido al camarero otra botellita de Rioja. Y también se percata en la penumbra de que ella se ha colocado los auriculares; si bien la música no se siente, sí oye el tarareo con que ella repite lo que está escuchando: La Virgen lava pañaaaales/ y los tiende en el romeroooo/ los pajaritos cantaaaaaban/ y el agua iba corrieeeeendo.El hombre está deprimido, no es belicoso, no ha tomado alcohol, lo último que se le pasaría por la cabeza es chistar a esa mujer de anchas caderas para interrumpir la retahíla de villancicos.“Villancicos”, piensa. Aunque jamás le han cantado ninguno sabe que existen, y recuerda haber visto en la Televisión Española fastuosos árboles de Navidad en tiendas inconmensurables al sonar de esas cancioncitas en boca de niños.Pero mira cómo beben y vuelven a beber/ los peces en el río por ver a Dios nacido/ beben y beben y vuelven a beber/ los peces en el río por ver a Dios nacer. La mujer continúa cantando villancicos con los ojos cerrados.Finalmente, él se adormece escuchando algo que tiene que ver con el Niño Jesús protestando porque San José le pincha con las barbas. Luego, cae en un profundo sueño.Se despierta con el ruido de los azafatos ofreciendo: “¿Té? ¿Café?” Con los ojos hinchados, ve ante sí otra bandeja de comida seca.Acepta el café caliente, la mujer pide otra ronda y dice que es lo único soportable de aquel desayuno. Pero ella solo obtiene, por su parte, un obstinado silencio.Poco falta para arribar a Madrid. Allí él hará trasbordo para Edimburgo. Todo el pasaje del avión desfila por los baños poco gratos a hacer sus aguas mayores o menores y a cepillarse los dientes.Cuando él vuelve del lavabo, la mujer se levanta para dejarlo pasar. Como está de pie él se percata de que es alta y tiene el pelo bastante largo, oscuro, con rizos. No suele tratar con mujeres de esa edad. En la Facultad las alumnas se dividen entre jóvenes delgadísimas o maestras jubiladas. Está peleado con dos de las profesoras, desde el último concurso no cruza una palabra con ellas.Por la ventanilla se puede observar el paisaje yermo de España. Amarillos y marrones, escasísimos cursos de agua. Se empieza a entrever la orilla de la gran ciudad.Ya todos tienen puestos el cinturón. Están por llegar a destino.De pronto, el avión comienza a perder altura. Es normal que lo haga. Todos los aviones se ponen insoportables cuando hacen maniobras para iniciar el aterrizaje.Pero este se mueve con excesiva vibración. Los pasajeros guardan silencio: tan solo se escucha a lo lejos el llanto de un bebé en brazos de su madre.El avión comienza a moverse demasiado. Tiene un ritmo que no se ajusta a la clásica turbulencia.“¡Joder! ¿Qué es lo que pasa?”, exclama la mujer al costado. Él permanece duro, aferrado a los brazos del asiento. La inmensa mayoría de los pasajeros comienza a gritar desesperadamente. En solo unos minutos, el paisaje humano ha mutado: de alegres viajeros despreocupados a frágiles cuerpos a merced del azar y el tiempo, del anillo creciente del miedo.La mujer de al lado, pese al cinturón que le aprieta el vientre, se gira y lo abraza.El hombre queda completamente envuelto entre los brazos, los rizos, el cuello, los senos, el latido del corazón, el jadeo del pecho. La mujer lo aprieta contra sí, él débilmente pasa su mano derecha hasta apoyarla en la espalda, bajo el despeinado torrente de pelo.El avión desciende vertiginosamente. Por los parlantes una voz dice que están intentando un aterrizaje forzoso, que pronto se abrirán las puertas de emergencia.Poco después, el hombre se ve arrastrado por la mano fuerte de la mujer, que lo conduce a una suerte de tobogán. Ambos salen disparados por la pendiente.Al final, se miran, ya sentados en tierra española. Están vivos. Una multitud histérica llora alrededor.Del avión no sale humo, ni ruidos, ni cristales rotos. Se escuchan veloces sirenas. Los funcionarios del aeropuerto corren a ayudar a toda esa gente arrojada en mitad del campo.La mujer se levanta con sus calcetines de viaje, ambos se dan las manos al incorporarse. Abrazados, empiezan a caminar juntos hacia las ambulancias y los paramédicos.Entre el escándalo, la mujer le ofrece pasar lo que resta de Navidad en su casa. En verdad, no es su casa: es la de sus padres, en un pueblo donde ya solo quedan ancianos y ovejas. También va a estar su hijo, que tiene once años.Le cuenta que es el momento en que el pueblo se ve más bonito, porque las tejas de las centenarias casas están nevadas. La familia la esperará con turrón de yema y mazapanes con forma de muñequito, como con los que jugaba cuando niña.El hombre le dice que sí, que por supuesto.No pueden seguir hablando porque un par de enfermeros los colocan en sendas sillas de ruedas.