Algunas veces parece un deporte de alto riesgo. Las palabras abren fuego y salen disparadas como una flecha envenenada. Difícilmente le erran al blanco, que las recibe aparentemente imperturbable, mientras formula su propia sentencia punzante en respuesta. El ejercicio se repite varias veces, hasta que uno de los dos se retira derrotado, noqueado por un comentario del otro, que no se esmera en disimular su sensación de triunfo, esa especie de felicitación por su propia inteligencia. Después del cruce, ambas partes retoman la actividad que los ocupaba, tal vez una tarea doméstica o una cena con amigos: el público no losinhibe. Para ellos es la dinámica habitual; así dialogan, se podría decir. A veces se los ve incluso divertidos. Para el resto, por lo general, después del segundo cruce deja de ser gracioso, y aquel que llene el silencio que sigue a ese intercambio se lleva el premio de la noche.Como en “Sr. y Sra. Smith” pero sin ametralladoras. Como Peg y Al en “Married with Children” pero más violento. A puro sarcasmo, indirectas y comentarios afilados se mueven estas parejas que oscilan entre el odio y el amor, el drama y la comedia, en una dinámica perversa que podría ilustrarse con una gráfica llena de picos y que muchas veces, según dicen sus protagonistas, tiene unas reconciliaciones que hacen que cada batalla valga la pena.Parejas hostiles: todos conocemos una. ¿Cómo funcionan? ¿De verdad se divierten? ¿Tan regeneradoras son las reconciliaciones? ¿Pueden ser felices?
Peg: No me casé con un hombre feliz.Al: Sí, lo hiciste Peg. Simplemente lo convertiste en mí.
A Wendy Birmingham, la profesora de Psicología de la Universidad Brigham Young (BYU) de Provo, Utah, se le ocurrió preguntarse si, así como se demostró que los matrimonios felices son buenos para la salud, aquellos que viven en un constante ir y venir entre la armonía y la enemistad tienen alguna consecuencia en la salud. Lo estudió, y descubrió que las parejas que viven una relación ambivalente (con elementos positivos y negativos), tienen una presión arterial más alta que aquellas cuyos miembros se apoyan mutuamente.
En la encuesta que llevó adelante la investigadora con su equipo participaron matrimonios dispuestos a responder cómo percibían su propio comportamiento y el de su pareja, si lo ubicaban entre las relaciones de apoyo, o de ambivalencia. Después de responder, les entregaron monitores para medir su presión sanguínea durante el día, mientras llevaban adelante sus rutinas diarias.Además de los resultados que arrojó la investigación en materia de salud, de ella también se desprendió que los integrantes de estas relaciones llamadas ambivalentes mostraban una menor responsabilidad e intimidad hacia sus parejas y les revelaban menos lo que sentían. “Esto es importante, pues los sentimientos de responsabilidad y apertura de un miembro de la pareja permite al otro sentirse validado y cuidado. De hecho, los sentimientos invalidados son más perjudiciales para una relación de lo que es beneficioso sentirse validado”, explicó Birmingham.
La dinámica.Peg: Cariño, tómame una foto, así puedes recordarme cuando era hermosa.Al: ¿Qué? Espera, ¿vas a empeorar?
Cuando el desprecio, la ironía, el sarcasmo o la descalificación por parte de alguno de los miembros se vuelve norma en la relación, según dijo a la agencia Efe la psicóloga española María Fuensanta Rodríguez Muñoz, “es el indicativo de que se puede estar construyendo una pareja disfuncional”.El sarcasmo es, según dicen, “hostilidad disfrazada de humor”. El psicólogo Clifford N. Lazarus escribió en su columna “¿Piensas que el sarcasmo es gracioso? Piensa de nuevo” (Think Sarcasm is Funny? Think Again), publicada en “Psychology Today”, que “a pesar de sonreír para afuera, la mayoría de las personas que reciben comentarios sarcásticos se sienten deprimidas y generalmente piensan que la persona sarcástica es un idiota”.“¿Por qué no te reís? Fue una broma. No tenés sentido del humor”. “No te des tanta importancia, no sos el centro del universo”. “Hay que saber reírse de uno mismo”. Esto dicen, y mucho más, pero cuando les llega el turno de recibir su porción, no lo hacen con tanta sabiduría o liviandad.La hostilidad entre miembros de una pareja no solo afecta la salud, sino que además este tipo de relaciones, que terminan siendo disfuncionales, pueden tener “efectos emocionales y psicológicos en sus integrantes, como producir una baja autoestima”, según apuntó Rodríguez. En algunos casos, uno de ellos asume el rol de víctima posicionándose por debajo del otro, volviéndose “dependiente emocional y mendigo de amor”.No es generalizar decir que suelen ser los varones los generadores de estos vínculos tormentosos. Según dijo a galería el psicólogo David Amorín, ex catedrático de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República y especialista en estudios de género y masculinidades, por imperativos, mandatos, estereotipos e ideales de género, “los varones están socializados para ser más hostiles, dominantes, agresivos, territoriales, reactivos y egocéntricos que las mujeres”. Por lo tanto, sucede más a menudo que sea el varón el que someta a violencia psicológica o de otra índole a la mujer. “Cuando ella se defiende, se produce esta dinámica perjudicial”. Se puede decir que entonces se desata la contienda.
“Las relaciones de amor-odio pueden inscribirse dentro de las denominadas parejas disfuncionales, en las que uno de los miembros se comporta de una forma determinada con el otro, y en consecuencia, aumenta la motivación de su pareja para comportarse de idéntica forma”, explicó Rodríguez. Sobre eso, Amorín dijo que cuando el vínculo implica una relación parejamente hostil, donde las agresiones y la violencia circulan horizontalmente, “pueden existir ámbitos o áreas de la relación donde uno y otro tienen mayor capacidad de someter al otro, por lo que se alterna la relación dominante/dominado”. Es decir que aunque uno haya “empezado”, el otro siguió instalando esta dinámica que una vez que empieza es difícil que termine.En un momento u otro, a todos les toca ser testigos de una de estas escenas de pareja que pueden pasar del tono jocoso al tono hiriente en un santiamén. Aquello que empezó provocando risitas entre los espectadores divertidos, termina poniéndolos incómodos al ver cómo estos dos amigos, miembros de la pareja en cuestión, pierden la noción de dónde están los límites en esa agotadora exhibición de sarcasmo en la que jurarían están dando muestras (a expensas del otro) de un ingenio fuera de lo común.Dicen los entendidos que las indirectas son más nocivas para la pareja que los gritos, los insultos o las guerras declaradas, por aquello de que la comunicación expresa, aunque violenta, es mejor que la no comunicación o la comunicación solapada. Lo terminó de confirmar un estudio longitudinal que realizó la Universidad de Florida a parejas de recién casados y que publicó en mayo el boletín de la Sociedad de Psicología Social y de la Personalidad. Según James McNulty, el profesor de Psicología a cargo de este estudio que acompañó a las parejas participantes a lo largo de cuatro años, “a la hora de resolver conflictos, este tipo de reproches es más destructivo que el (reproche) directo”, y aseguró que la hostilidad indirecta crea “un clima tenso y frío que puede culminar en el fin de la relación”.Los resultados pueden ser nocivos para los integrantes de estas parejas, pues esa repetición constante de en qué son malos (o el otro considera que son malos) y la descalificación reiterada, así como restarle importancia o interés al trabajo del otro, quitarle mérito a lo que considera un logro o hacerle notar cómo volvió a olvidarse de esto o cómo volvió a equivocarse en aquello, termina calando en la autoestima. “La violencia psicológica puede ser más destructiva que la violencia física. Sucede que para ejercer poder sobre el otro hay que debilitarlo y desempoderarlo, por lo que el impacto en la autoestima y el narcisismo (el aprecio y amor por uno mismo) puede ser devastador. También pueden sobrevenir fenómenos depresivos”, dijo Amorín, y aclaró que es la mujer la más vulnerable a sufrir ambas cosas, ya sea la baja de la autoestima como los sentimientos depresivos.
¿Por qué siguen juntos?Peg: Esto nos lleva a una pequeña promesa que me hiciste la primavera pasada…Al: Sexo de nuevo. Peg, estuvimos casados por 17 años. ¿Ahora no podemos ser solo amigos?Peg: ¡No! No me caes bien.
Los de afuera se lo preguntan todo el tiempo. ¿Cuánto tiempo más aguantarán? ¿Por qué prolongar una situación dañina, destructiva? Ellos, los implicados, tienen una respuesta, que en gran parte de los casos suele coincidir: las reconciliaciones son fabulosas. Según Rodríguez, ese vértigo emocional de “hoy discutimos, pero mañana eres la persona que más me quiere” puede funcionar por un tiempo como una especie de elemento aglutinador en estas parejas, que “suelen ser muy apasionadas” y en las que “el sexo puede ser un ámbito que mantenga la relación”.Pero entonces, además del sexo, ¿existen otros motivos para mantenerse juntos? Según Amorín, pueden existir varios: a) que uno o ambos cónyuges encuentren beneficios secundarios en la situación que vive la pareja; b) el acostumbramiento; c) aspectos patológicos de uno o ambos; d) el vínculo toma una dinámica propia que se impone a los protagonistas sometiéndolos a no poder cambiar o salirse de la situación; e) racionalizaciones y negaciones varias que ofician de elementos paralizantes que no permiten la salida de la situación, y la lista sigue. Otra vez, el temor a la soledad y a las “condiciones no conocidas y persecutorias que implicaría una separación” llevan, según el psicólogo, a que no se tome la decisión.Cuando se está en presencia de ese intercambio dañino, cabe preguntarse si habría habido forma de que sus participantes anticiparan ese devenir tan belicoso de la relación, o si es algo que se desarrolla con el tiempo, con la convivencia, con el hastío. “En general, en la etapa franca de enamoramiento, los mecanismos psicológicos de represión, negación, renegación y proyección provocan una sensación de completitud en el vínculo, y no aparecen este tipo de fenómenos agresivos. Pero no es extraño que al poco tiempo de vida de la pareja empiecen a evidenciarse aspectos que presagian claramente que el destino delvínculo será del orden de la hostilidad mutua. Si estas parejas no tienen capacidad saludable para negociar y cambiar estos comportamientos, o buscan ayuda, seguramente seguirán juntos con la ilusión de que las cosas van a mejorar por sí solas, lo que es una falacia”, señaló Amorín.Es humano de vez en cuando encontrarse cuestionándose si no será aquella la respuesta a la pregunta eterna de cómo sostener la emoción del principio, cómo desafiar la noción de que el matrimonio tiende a volverse rutinario. ¿Será acaso una receta válida para la felicidad conyugal? “No es posible definir la felicidad fácilmente, pero vivir en ese tipo de vínculos patológicos no puede generar ningún sentimiento saludable, aunque quienes lo sufren quieran engañarse y engañar a los demás simulando bienestar”, sentenció Amorín.Eventualmente, llega el momento en que uno de los dos dice basta, o se hace un replanteo. Aunque muchos sostienen que es iluso esperar que una persona cambie, el psicólogo argumentó que pese a que tenemos una identidad y una personalidad determinadas, esta siempre es dinámica y factible de cambios y modificaciones, y es precisamente el vínculo uno de esos factores que “definen nuestra subjetividad”.Según Birmingham, la impulsora del estudio de la Universidad de Florida, lo primero es percatarse de la situación y lo siguiente intentar darle un giro “apoyándose y escuchándose más mutuamente y compartiendo más cosas, para generar más positividad”.Cuando la única opción parece ser la separación, resulta esperanzador saber que haber tenido un vínculo hostil no significa que los venideros también lo serán. “En algunos tipos de violencia de pareja asociados a fuertes componentes de género masculino, el varón tiende a repetir lo mismo en distintas parejas. Pero, para el caso de haber pasado por una relación basada en la hostilidad cruzada, no necesariamente tiene que repetirse, y puede muchas veces repararse lo vivido en una nueva relación, dependiendo de la salud de la nueva persona”, dijo Amorín.Entonces, cuando ya no ve en el otro a un enemigo, el guerrero planta bandera y se dispone a descansar.
patricia mántarasen base a efe y otras fuentes