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    Ganarle a la montaña

    Como desde hace 15 años, este verano en la Patagonia se hizo El Cruce, una carrera de aventura extrema de más de 100 kilómetros de recorrido en la que los corredores cruzan Los Andes en tres días

    Más de 100 kilómetros en tres días, atravesando montañas, volcanes, bosques, lagos y zonas rocosas; cruzar los Andes corriendo, desde Chile hacia Argentina; ese era el reto. La experiencia es asombrosa, cuentan los que lo hicieron. Por la belleza natural, por el desafío físico, pero sobre todo por el ejercicio introspectivo al que empuja al corredor. Entre todas las carreras de su estilo, El Cruce es muy especial, y una prueba de ello es que la mayoría de los corredores que la hacen una vez, vuelven a enfrentarla. La marca organizadora de esta carrera de aventura extrema es Columbia, experta en deportes al aire libre, y como tal lleva a sus asistentes a vivir la experiencia al máximo. Dada la repetición de corredores y la variedad de caminos para cruzar de Chile a Argentina a través de la cordillera, el recorrido cambia todos los años, manteniendo marcos geográficos que la destacan de otras en el mundo. Es una experiencia extrema, pero no es necesario ser deportista profesional. Con ser un aficionado bien entrenado alcanza para vivirla y disfrutarla.

    “Es un viaje interior muy importante. Cuando transitás cada etapa te encontrás con vos mismo, te salen los demonios, los ángeles, las lágrimas o la risa extrema de lo que estás viviendo. Es como un broche final para ese año que terminó y te carga de muchísima fuerza para el que empieza”, dice Marianna Muzzio, de 44 años, uno de los 29 uruguayos que participaron y que pertenecen a un grupo de corredores liderado por el profesor Ariel Vázquez.  

    Compiten unos 1.500 corredores de 25 países en modalidad individual o en equipos, en categorías avanzados, team (de dos integrantes) y amateur. La carrera se realiza en tres etapas, una por día, de alrededor de 30 km cada una, donde los corredores suben montañas, atraviesan arroyos y se internan en bosques, siempre guiados y apoyados por una fuerte organización. Todo esto cargando una mochila de unos 5 o 6 kilos, con un litro y medio de agua, comida, una campera para lluvia, buzo de abrigo obligatorio y una manta térmica por si hay que pasar la noche en la montaña. El desafío pone a prueba el cuerpo, bajo una enorme exigencia física, y a la mente, preparada para soportar las dificultades que se van presentando. Pero quienes lo hicieron saben que la mayor montaña es precisamente la propia cabeza, que un cuerpo muy bien preparado no le gana a una mente quebrada.

    En este verano austral, la carrera comenzó a las cuatro de la mañana del miércoles 1º de febrero, bien cerca de la frontera de Chile con Argentina. A los pocos kilómetros de la largada los corredores pasaron por un puesto de aduanas donde les sellaron los pasaportes. Esta primera etapa consistió en 32,5 km, bordeando un lago, subiendo parte de un cerro y siguiendo un arroyo. En la llegada al primer campamento esperaban  a los corredores con sandía, chorizos al pan y batidos de proteína. Para Lourdes Lens, de 42 años, era su primer cruce. En esa primera etapa puso un tiempo de cinco horas (la elite o avanzados pusieron tres, y otros llegaron a hacerlo en ocho), según su reloj Garmin que indica distancia, velocidad y cuándo tiene que comer el corredor (cada 40 o 50 minutos). Llegó al campamento al mediodía, refrescó sus músculos en el lago, comió, descansó y conversó. Le dolía cada parte de su cuerpo, estaba acalambrada y estuvo 40 minutos para poder pararse de nuevo. Sin embargo, se sintió bien durante la carrera. Esa noche no hacía mucho frío, pero luego, la madrugada obligó a dormir con campera de abrigo dentro del sobre de dormir, en la carpa, que podía ser individual o compartida.

    La segunda etapa era la que presentaba mayores retos a lo largo de sus 35,5 km. Marianna se anotó en la categoría individual porque le gusta correr sola. “El segundo día no fue bueno para mí. Nunca en mi vida había largado con dos bastones, siempre corrí con uno o ninguno. El desnivel era muchísimo y quise correr con los dos. A los seis kilómetros saqué los bastones y no sabía cómo manejar el de la mano izquierda. De repente me tropecé y caí sobre el bastón. Parecía que tenía botox en la boca. Pensé, ‘me arranqué todo’, porque no sentía la boca. Dije bueno, vamos, no pasa nada. Pasa un corredor y le pregunto ‘¿estoy bien? ¿está todo?’. ‘Sí, sí, estás bien’. Pero tenía que tomar agua de costado. De repente empiezo a sentir mojada la espalda, se me había pinchado la bolsa de agua (que va en la mochila y se toma por un tubito cerca del hombro). Había decidido correr sin bolsa pero era una etapa tan extrema que teníamos que hacer mucho filo de montaña, e íbamos a tener muchos kilómetros sin agua, entonces decidí agarrar una bolsa, que nunca había probado. Consejo para todo el que vaya a hacer una carrera de montaña: nunca estrenes nada. Y yo lo sabía. Pues cometí dos errores: dos bastones y la bolsa. En esos momentos se te cae un poco la cabeza, porque no es solo lo físico, el tema es la cabeza, y se me cayó, un bajón. Llegué al puesto de hidratación, conseguí una botella, tiré la bolsa y encaré lo que quedaba de la etapa. Estaba frita totalmente, dije ‘qué hago acá’. Cuando entro en el bosque de nuevo, me encuentro con un señor que se llamaba Ezequiel, no me olvido más. Seguramente no nos veamos más porque no nos pasamos mail ni nada, solo me acuerdo del nombre. Corrimos 12 km juntos y fue volver a la vida. Estaba muerta, agotada, y de la nada entre los dos nos fuimos tirando. Terminé espectacular. Esas cosas que te pasan en el Cruce son increíbles, y así es la vida. Lo que dicen es que el verdadero compañero de carrera es ese que te encontrás en el camino”.

    Las estrategias para darse impulso y seguir adelante varían. En un momento difícil, Lourdes iba corriendo sola por la montaña, con un corredor delante a 200 metros y nadie atrás. Empezó a sentir mucho cansancio y le quedaban tres kilómetros para llegar al puesto de control donde hay cosas para comer y tomar. Decidió prender su Ipod; escuchar la música en ese lugar fue como un fuerte empujón, y llegó al oasis cantando. Ese día no se acalambró, pero terminó con una fascitis plantar (dolor en la base del talón) y algunas ampollas. Su reloj marcó ocho horas de carrera.

    La tercera etapa eran 28 km con el ascenso al cerro Catedral de 2.200 metros de altura, el punto más alto de la carrera, aunque lo empezaron a subir desde los 800 metros. La subida era muy empinada y con muchas piedras, y la bajada eran ocho kilómetros de balastro. La llegada final en Villa Catedral fue un momento cargado de euforia. Mientras los corredores llegaban con toda la energía de la bajada y la alegría de alcanzar la meta, por los parlantes iban mencionado el número y nombre de cada uno que cruzaba el arco, cuyo nombre también aparece escrito en la parte superior de la llegada. Medalla y foto. Y la emoción hasta las lágrimas de haberlo conseguido.

    Esguinces, piedras y cenizas. Para Agostina Marella, de 32 años, también fue su primera carrera. “Genera muchas emociones correr en montaña, sos vos y la montaña, la naturaleza, y compartirlo con compañeros…”, dice esta corredora que asegura que lo más difícil fueron los ascensos, porque los entrenamientos en Uruguay son en la Sierra de las Ánimas o el Cerro de Montevideo. “Allá la altura es de verdad”.

    Agostina corrió parte de la carrera con Pablo Soroa, de 50 años, también debutante. “Es una emoción terrible porque atrás de El Cruce hay toda una preparación, sábados, domingos, dejando a la familia. Corremos todos los días 10, 12 kilómetros, y los sábados entre 15 y 20, y nos vamos anotando en carreras (como la maratón de Buenos Aires). Para él la parte más difícil  fue la tercera etapa. “Tengo la suerte de que mi señora (Andrea López) también corre. Ella corre mucho más rápido que yo. A los dos kilómetros de la largada pisó un tronquito y se esguinzó, y corrió los tres días esguinzada. Los médicos la dejaron seguir. En la tercera etapa la alcanzamos, y el momento más difícil fue verla correr con mucho dolor. Nunca bajó los brazos, no quería ayuda”.

    Los riesgos y las dificultades de esta carrera son varios. Ampollas, paspaduras, llagas, dolores, uñas caídas, quebraduras, perderse o caerse en la montaña. El dolor físico es parte de la experiencia y hay que aprender a correr con él. Una de las mayores preocupaciones de Pablo era correr mojado. “Pasás por arroyos, te reconfortás porque el agua helada te reanima, pero tenés kilómetros por delante en los que corrés mojado. Yo trato de no hacerlo, porque tengo miedo de que se me lastimen los pies”.

    Troncos tirados, piedra suelta, mucho polvo y ceniza volcánica son otros obstáculos. “Aspirabas la ceniza porque el corredor de adelante te tiraba todo el tiempo, y eso dificultaba la visibilidad y la respiración”, aclara Agostina.

    Pero el apoyo de los otros corredores parece ser uno de los mejores recursos que se intercambian en la carrera. “Fuimos con un entrenamiento acorde a lo que vas a hacer, fuimos bien preparados, pero en algún momento las piernas dicen ‘no puedo más’, pero la mente es la que te lleva. Y siempre hay alguien que te da energía, o una compañera que te da una mano, ‘dale vamos’ y te lleva, o vos llevás”, dice Pablo.

    “Creo que lo más difícil es correr los 35 kilómetros del primer día y saber que al otro día te tenés que correr unos 30 y pico más, y al otro día de nuevo”, agrega Agostina. Los dos, sin dudarlo, dicen que volverán el año que viene, porque sienten que alcanzaron una meta que al principio, cuando empezaron a correr años atrás, estaba lejos y miraban con admiración a quienes lo habían logrado. Hoy son uno de ellos.

    Entrenar la cabeza y el espíritu. Ariel Vázquez, el profesor, quien ya hizo El Cruce cinco veces, y también atravesó el Sahara en una carrera de 119 km, tiene las claves para lograr la meta: templar el espíritu y la cabeza. “Eso es decisivo, porque por más preparado que estés, siempre hay un momento que tu cuerpo, la geografía, el calor y la dificultades te llevan a que tengas que dar ese plus que solo te lo da la cabeza, más allá de todo el entrenamiento”. Las horas de entrenamiento pretenden precisamente eso, además de fortalecer músculos y ganar capacidad aeróbica. Claro que las cuestiones prácticas hacen al buen rendimiento, como llevar agua y bebidas isotónicas, y comida, cosas dulces y saladas (refuerzos de Martín fierro o de jamón y queso, barras de cereales). También llevan geles energizantes que tienen azúcares, sales y minerales que aportan lo que el cuerpo está quemando a un ritmo intenso. Y un gran consejo es llevar analgésicos, “porque siempre estás al borde de que te tuerzas un tobillo o te lastimes, y el dolor te inhabilite”, explica Ariel. Así, el armado de la mochila es decisivo, “porque todo lo que cargues es lo que puede salvarte la vida. La montaña es montaña. Un año llovió los tres días, y tenés deslaves, y tenés camino cornisa que tiene un metro de ancho y a tu costado está el vacío. Y en estas carreras las caídas son muy frecuentes”, dice el profesor.

    “El viaje interior creo que es tratar de lograr la meta”, afirma Marianna, “y para eso se entrena. Entonces hacés un paralelismo con las otras metas de tu vida. El Cruce es eso: entreno, hago lo que me dice el profesor, me alimento como corresponde y voy a tener un Cruce hermoso, voy a poder disfrutar del paisaje, atravesar desniveles y llegar a la meta. El miedo aparece cuando decís puedo o no puedo, cómo hago para volver a seguir corriendo. Siempre te genera incertidumbre el tema de lesionarte, de no atropellarte por esa ansiedad. Esto es una lección de vida, es aprender todos los días a no ser atropellado en otros aspectos de la vida también”, afirma esta corredora amateur.

    “A no ser que tengas una lesión que te saque de la carrera, una vez que estás ahí no te planteás largarla”, opina Lourdes. “Le buscás todas las manera y los medios para seguir. Y también lo relacionás con cómo sos en la vida. Yo en momentos me tomaba mi tiempo, me sentaba en una roca a mirar las montañas y a comer una barra de cereales. Perdía diez minutos, pero ganaba el plus de ver dónde estaba. Es un ejercicio introspectivo porque vas viendo cómo actuás y qué herramientas usás para superar situaciones. El segundo día terminás haciendo algo mucho más difícil que el primero, entonces al tercero sabés que llegás”. 

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