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    Inquisidores de la lengua

    NOBLEZA OBLIGA

    No es cierto que nadie lea el diccionario. Sé de algunos que sí lo hacen. No que se tumben en la cama y lo recorran página a página en estricto orden numérico, sino que se lanzan a la aventura de navegar entre las palabras, incluso como un juego. Lejos de lo que cualquier prejuicio indicaría, no son en absoluto aburridos. Al contrario, han encontrado en este libro un instrumento útil para refinar su uso de la lengua. Y a partir de eso han descubierto el poder que ese buen uso les confiere. Su charla suele ser amena y su prosa certera. Saben que quien maneja la lengua está en mejores condiciones para persuadir, manipular y seducir. Y, más importante aún, saben reconocer la diferencia de matiz entre estas tres palabras y sus efectos. Porque junto con el manejo de la lengua, suele afinarse el pensamiento.

    Conocer no los ha vuelto soberbios. La curiosidad inicial los ha llevado por el laberinto inabarcable de la lengua. De una palabra han saltado a otra, sorprendidos por las raras asociaciones que la etimología propone, fascinados ante la constatación siempre renovada de que toda lengua está atada a la historia de su comunidad y es parte de su esencia. En lugar de envanecerse, se llenan de humildad. Dudan más, consultan, aprenden. A veces, cuestionan. No sacralizan el libro que, como toda obra humana, tiene sus incoherencias. Se sienten pequeños ante ese sistema que los supera, que tiene una vitalidad indomable, que los ha precedido y que continuará existiendo cuando ellos sean apenas un recuerdo. Y aun así, conscientes de esa pequeñez, saben que han de dejar alguna huella. La lengua nos hace y entre todos vamos haciéndola.

    Ese usuario experimentado es el más flexible y el primero en reivindicar los neologismos si valen la pena. Jamás se parapeta tras el diccionario para decir que esta o aquella palabra no existe solo porque el libro no la consigna. Defiende la neología como un mecanismo creador cuando la palabra nueva viene a llenar un vacío, cuando es productiva, cuando su morfología se adapta a la de la lengua y encuentra rápida aceptación en los hablantes.

    No dirá nunca “No existe”, sino acaso un delicado “No está en el diccionario”. Y la usará sin mayor escrúpulo si cree conveniente hacerlo. Solo los necios o los que apenas brillan con un barnicito de conocimiento esgrimen fundamentalismos conservadores para criticar la novedad u oponerse a ella, incluso si esta enriquece el acervo de la lengua.

    Son los mismos que llaman a las radios para fustigar a los comunicadores cuando estos se equivocan. Una estirpe de seres autoproclamados superiores que matan el aburrimiento y dan sentido a su existencia corrigiendo a los otros. Van por la vida con el índice en alto, marcando errores ajenos. Más de una vez, este celo exacerbado los nubla tanto que no alcanzan a ver que quienes se equivocan son ellos.

    Conozco a alguien que se eriza cuando sus delicados oídos son rozados por el mal empleado hubieron. Lo he visto dar cátedra si alguien comete el desliz en una reunión o en los medios. Algo le suena mal, pero no conoce el sustento gramatical, así que a los dos minutos se despacha con un habían tres perros, con la impunidad del que poco sabe y aun así se adjudica el derecho de andar corrigiendo.

    Sé de alguno que se revuelca entre convulsiones de espanto cuando alguien omite una s al final de palabra. Ni siquiera considera que pueda tratarse de una marca de idiolecto —es decir, un rasgo propio de la forma de expresarse de ese individuo— ni de sociolecto —la forma de expresarse un grupo. Ese mismo juez severísimo, ya repuesto de la convulsión, no vacila en hipercorregir las conjugaciones verbales y colocar la endiablada s en cuanto vistes, dijistes o trajistes se cruza en su parlamento. Le han dicho que comerse la s es típico de los hablantes de poco prestigio, y allá va por el mundo sembrándolas al voleo en cualquier maceta.

    El uso respetuoso de la lengua no implica rigidez, sino una sabiduría flexible que vaya acompañando su desarrollo sin asfixiarla ni ponerle bridas. Bridas que, de todos modos, resultarán inútiles porque diga lo que diga la Academia, sean cuales sean sus reglas, los hablantes harán lo que puedan y quieran con ellas. El uso adecuado de la lengua trasciende gramáticas y diccionarios. Echa raíces en el alma profunda de las palabras. Se mide por la elección de estas y por la forma en que el hablante las va enlazando en el discurso.

    No hay peor estrategia para transmitir la pasión por la lengua que volverse un Torquemada de las letras. El hablante que se siente humillado, se repliega. Hasta el adulto más descarado sufre cuando su falta de competencia lingüística es puesta en evidencia. No es hostigando, ni burlándose, ni exhibiendo la falta que se logra el tan deseado efecto. Porque no importa tanto el expresarse mal o bien, sino el expresarse de acuerdo con cada circunstancia enunciativa. Y es en esa capacidad de adaptación donde radica la riqueza expresiva de un hablante competente.

    El camino del amor es largo y lento. No se recorre a latigazos ni imponiendo el miedo, sino desde la suave invitación a descubrir un mundo fascinante, complejo, inagotable, bello. La conversación aguda, el diálogo, el debate, la exposición a determinadas formas de cultura que se nutren de la palabra como herramienta —el cine o el teatro, por ejemplo—, son puertas abiertas. Y la lectura, claro. Ese hábito amoroso que va cambiando su modalidad según el signo de los tiempos, pero que se mantiene vigente. Leemos de otra forma, es cierto, pero estamos a salvo si todavía leemos.