Detrás de la pintora mexicana está Adriana Do Reis, la actriz que la interpreta en teatro desde hace once años y que durante una hora y diez minutos practica el transformismo: en el escenario ya no es uruguaya, no tiene la tez blanca, sus ojos claros no resaltan y su cuerpo parece reducirse varios centímetros para alcanzar la estatura exacta del personaje. Porque es Frida, camina como ella, habla como ella y repite frases que salieron de su garganta. “Tantas idas y venidas a los hospitales han convertido mis motivos más obstétricos que estéticos”, “Yo tuve dos accidentes graves en mi vida. El primero fue en el choque contra el tranvía. (…) El segundo se llama Diego (Rivera). Si en el choque perdí mi virginidad, con él perdí todo: ¡la decencia, la vergüenza y los golpes de pecho!”, dice.
El texto, titulado “Frida: Viva la vida”, fue escrito por el dramaturgo mexicano Humberto Robles en 1998, y la obra se presentó en más de veinte países de América y Europa. Antes de llegar a manos de Do Reis, fue protagonizada en Uruguay por la boliviana Paula López. Pero cuando el espectáculo se bajó de la programación del Teatro Circular, la uruguaya tomó las riendas y en 2005 comenzó un ciclo que se extendió hasta 2010 e incluyó varias giras por el interior del país tras ganar dos veces los Fondos Concursables del Ministerio de Educación y Cultura.
Después de residir durante seis años entre México y Chile, a mediados de 2016 Do Reis decidió volver y nuevamente rescatar a Frida. Y lo hizo junto al vestuarista y escenógrafo de la obra, ahora director, Gerardo Bugarín. Juntos volvieron a ensayar el texto y solo le hicieron una modificación: la pieza, que se presenta el viernes 14, sábado 15 y domingo 16 en la sala Hugo Balzo del Auditorio del Sodre, ahora se llama “Frida”. Y punto.
Faltan dos semanas para el estreno y en el apartamento de la actriz, en Punta Carretas, la dupla recibe a galería en medio de un ensayo. Do Reis abre la puerta y se dirige hacia la biblioteca en la que abundan ediciones sobre Frida —sobre su biografía, su pintura, su vestuario, sus fotografías, sus recetas, su estética— y ahí espera Bugarín, con una carpeta roja y un listado titulado: “Frida/Temas de vigencia”. “Todos estos temas: la resiliencia ante la adversidad, la reivindicación de lo femenino, el cuerpo como experimentación artística, el manejo consciente de la propia imagen, el discurso estético, lo icónico para el arte y la moda, la no victimización, lo autorreferencial; todo aparece en la obra”, dice.
El texto aborda la vida de Frida Kahlo con un dramatismo ineludible pero también con humor. ¿Qué los sedujo del guion?
Gerardo Bugarín: Que la muerte sobrevuela todo el texto. Me refiero a la pulsión de muerte. Nuestra vida pasa entre dos polos: Eros y Tánatos. Y si bien en esta obra la muerte está siempre y sabemos cómo va a terminar, al mismo tiempo sucede que todo es vida. Lo mismo pasa con el personaje en particular: Frida sabía que le iban a pasar cosas trágicas y terribles, pero seguía para adelante y nunca se aferró a eso, nunca fue víctima. Frida, en la vida y en la obra, es un camión que arrasa.
Adriana Do Reis: A mí me sedujo que la mayor parte del texto está compuesto por la voz de Frida, por frases, dichos, diálogos y cartas que existieron, que fueron expresados en algún momento por ella. Es un guion muy realista, y eso, sumado a la habilidad de Humberto Robles como dramaturgo, hace que la obra sea una montaña rusa. Además, es una biografía con las barajas revueltas. Nada es cronológico, nada es lineal. Si yo viera el monólogo como espectadora, me sentiría libre.
Una silla de ruedas y un atril repleto de elementos es lo único que se ve en el escenario. ¿Cómo definieron la puesta en escena?
GB: Quisimos ensayarla y sobre la marcha ver qué necesitábamos. Pero se fue imponiendo la necesidad de volver a aquello del principio. Los colores están nada más que en el cuerpo de Frida, el resto está ausente, todo blanco. No es un blanco inmaculado sino un blanco de hueso calcinado. El atril, algo tan icónico como ella, la desafía constantemente. Ahí está la muerte, la pintura, su marido, también la cruz y su padre. Ella aparece sola, en el medio de un espacio muy grande. En Frida está el color, sí, pero lo va perdiendo hasta que todo se consume.
El dolor físico y el tormento psicológico que Frida vivió durante casi toda su vida se percibe en sus cuadros, en sus cartas. ¿Cómo sintió su cuerpo al momento de interpretarla?
ADR: El desafío fue integrar y naturalizar el dolor. Sin dudas, en la prenda que se percibe más el paso del tiempo de la obra es en los zapatos. Uso los mismos que hace diez años y ahora son muy distintos entre ellos: la renguera hizo que uno quedara prácticamente deforme.
En 2010 bajaron la obra de cartel. ¿Por qué decidieron volver ahora?
ADR: Coincidimos en los ciclos de entrega a otras cosas que de verdad queríamos hacer. Yo me fui a vivir a México el 21 de octubre de 2010 y la última función fue pocos días antes en la Zavala Muniz. Después viví en Chile y ahora volví. Gerardo dejó el Ballet (Nacional del Sodre, como gerente) a mediados del año pasado. Y ni bien nos reencontramos decidimos homenajear a Frida. Por eso también son pocas funciones.
GB: Recuerdo que dijimos: “Vamos a hacerla una vez y si la obra está muerta, está muerta”. Pero Frida no nos dio otra opción que revivirla y ese mismo día empezamos a ensayar. También decidimos que teníamos que presentarla en una sala nueva como la Hugo Balzo. Porque a los íconos hay que colocarlos en determinados lugares.“A los íconos hay que colocarlos en determinados lugares”, repite Bugarín y cambia la conversación de escenario. Porque menciona la palabra mágica, ícono, y no hay vuelta atrás: la persona le gana al personaje y la biografía al monólogo. Ahora no se habla de guiones, de escenografías ni interpretaciones. Ahora se habla de Frida. De la artista hija de artista —su padre, Guillermo Kahlo, era fotógrafo—; de la militante comunista; de la mexicana que eligió seguir siendo mexicana mientras los ojos de la sociedad apuntaban a Estados Unidos y Europa; de la esposa que no quería ser conocida como esposa; de la pintora que le dijo a André Breton que no, que ella no era surrealista; de la renga y defectuosa que optó por sobresalir, afiliarse a lo étnico cuando esa estética se despreciaba y retratar hasta sus dolores más viscerales; de la latinoamericana que se transformó en un emblema feminista y un símbolo de la moda hasta hoy.
Frida fue nacionalista, mexicana, y nunca se tentó con los convencionalismos europeos tan admirados en su época. ¿Cómo se transformó en un emblema que trasciende generaciones y es reconocido en el mundo?
GB: Es muy interesante ver imágenes de la época de ella. Porque mirás una foto en la que están todas las mujeres en fila, de pronto irrumpe Frida y siguen las demás. Su presencia choca, porque construyó una imagen propia que va a contrapelo de lo que era el orden establecido para una mujer de clase media-alta e intelectual. Imaginate, estaban en período de entre guerras, gris y austero, y todos se vestían de trajecito y chaqueta. Es con ella que aparece el color, vivo, intenso.
Vivo, intenso e identificado con el mundo rural y más tradicionalista.
GB: Exacto. Fijate que México ya era una megalópolis y Frida estaba en contacto con Europa y Estados Unidos, pero sin embargo elegía ser así, diferente. Y lo hace desde joven, porque aun cuando todavía no había ingresado a esto de lo étnico, lo folclórico, ella se vestía como hombre. Hay fotos que la muestran de traje y corbata. También fue una estrategia para sobrevivir: “Yo no voy a ser igual al resto de las mujeres, renga”. Es convertir un defecto en una virtud. Usaba polleras largas que estaban totalmente fuera de moda y se transformó en alguien fácilmente identificable. Construyó un universo que le era propio, porque ni siquiera lo compartía con su marido. Ella caminaba por la calle y era un escándalo. Eso también la volvió inolvidable.
Sin embargo, en vida no fue una artista del todo consagrada y tampoco se convirtió en un ícono estético.
GB: Y eso es muy curioso, porque ella se transformó en ícono a fines de los 60, varios años después de su muerte. Frida era muy irónica cuando hablaba de París, porque se fijaban en cómo era exteriormente pero nunca en su interior y eso la molestaba, aunque por otro lado lo usaba para llamar la atención. Si no se vestía así, todas las miradas iban para su marido. Los reconocidos en ese entonces eran los muralistas mexicanos: Diego Rivera, (José Clemente) Orozco y (David Alfaro) Siqueiros. Y hoy, ¿quién habla de ellos tres?, ¿quién no habla de ella?
Frida también simboliza una ideología, e incluso en su época fue una nueva mujer. ¿Creen que en la actualidad su estética opaca su ética?
GB: ¡Es que hoy sigue siendo una nueva mujer! Y tiene mucha significancia en lo político, no en lo partidario sino en cuanto al compromiso, a la militancia.
ADR: Lo que pasa es que la figura de ella logró trascender eso. Aunque esté muy marcado en su historia, porque incluso en su funeral, arriba de su ataúd, en el Palacio de Bellas Artes, colocaron la bandera del Partido Comunista, nadie te dice “Frida la comunista”. Y eso es parte también de su vigencia.
¿Con qué otra mujer la compararían en cuanto a su valor icónico?
GB: ¿Qué latinoamericanas pueden ser reconocidas por un japonés, un australiano y un francés en todo el siglo XX? Y te van a reconocer siempre a Frida sintetizada en sus cejas y colores, a Carmen Miranda con su sombrero y sus tocados, y a Evita con sus prendas lujosas y su postura en el balcón. Y es interesante que todas son contemporáneas: comparten la primera mitad del siglo XX y mueren en fechas cercanas, entre el 52 y el 55.
¿Son similares en cuanto a su construcción?
GB: Sí. Ellas construyeron una imagen que no les era propia y la supieron manejar. Por tres años, Carmen Miranda, diminuta, fue la actriz mejor paga de Hollywood. Evita era una chica pobre de Junín que aparece vestida de Dior en el Colón. Y en parte fueron modernas porque conocían la fuerza de la imagen y eran conscientes de la importancia que iba a ir adquiriendo con los años. Son como Madonna, una construcción compleja, pero ninguna tenía una oficina por detrás manejando su imagen, lo hacían solas. Además, tanto Carmen como Evita y Frida usaban la moda como discurso político y querían sobresalir, romper con lo previsible.
La moda es cíclica, y cada tanto referencias a Frida, su rostro, sus pinturas, reaparecen como tendencia. ¿Por qué creen que sucede?
ADR: Porque es vida y es la cuota de locura que necesitamos. Porque necesitamos permisos, y ella nos los da. Frida habilita.
GB: Frida habilita, y todo el mundo la quiere poseer, todo el mundo quiere tener un objeto que esté vinculado a ella. Frida no te decía que vos tenías que ser así, no les daba cátedra de reivindicación a las mujeres, solo se mostraba como era, y eso tiene mucho de modernidad. Cada época deposita en Frida lo que tiene, lo que le falta, lo que quiere y lo que puede. Frente a esta mundialización de todo, ella simboliza a un ser humano cualquiera que se para y dice “yo soy así, respétenme y hasta, en una de esas, venérenme”.
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• “Frida”, Sala Hugo Balzo / Auditorio Nacional del Sodre, viernes 14 y sábado 15 a las 21 horas y domingo 16 a las 19. El precio de las entradas es de 300 pesos y se venden en el teatro y en Tickantel.
Modelo: Lía Bidegain • Maquillaje: Ana Inés Estévez a Adriana Do Reis (098 888 974) Natalia Sastre a Lía Bidegain (093 870 144) • Peinados: Henry Gómez (094 955 640) •Direcciones: Fahoma: Joaquín Núñez 2910 • Fez Casa: Miraflores 1353. (2606 2783); Ruta 10 s/n esq. Sarandí (Manantiales)• GAP: Punta Carretas Shopping, Montevideo Shopping. • Indian Emporium: Punta Carretas Shopping, Montevideo Shopping, Tres Cruces Shopping, Nuevo Centro Shopping. • Rapsodia: Arocena 1617, Punta Carretas Shopping. •