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    La viña como arte

    La nueva Bodega Oceánica José Ignacio es una edificación cónica de acero que alberga la última tecnología italiana y se funde en el paisaje como una escultura

    Desde 2011, en el kilómetro 156 de la Ruta 9, a pocos metros de la entrada a José Ignacio, se puede ver un campo con plantación de olivares y viñas, y un jardín de esculturas en crecimiento. Allí, el paisajista Roberto Mulieri dispuso obras de Octavio Podestá, Ricardo Pascale, Pablo Atchugarry, Enrique Broglia y Giorgio Carlevaro. Para Natalia Welker y Marcelo Conserva, almas máter del aceite de oliva extra virgen O’33 y la Bodega Oceánica José Ignacio, la estética es una forma de vida. Es por ello que confiaron en el arquitecto Marcelo Daglio para desarrollar su almazara (fábrica de aceites) y ahora esta nueva bodega, ambas concebidas como piezas de arte funcionales. 

    El proyecto nació en 2008 en Treinta y Tres, y llegó a José Ignacio en 2011 cuando la familia plantó 8.000 olivos —cuyo aceite se comercializa con la marca O’33—, y tres hectáreas de viña, con las que se elabora el vino Bodega Oceánica José Ignacio. Hoy estas superficies escalaron a 23 hectáreas de olivos y ocho de viñedos.

    Desde su nacimiento, asesorado por la especialista mendocina Lourdes Toujas, el aceite de oliva extra virgen 0’33 llamó la atención de la crítica y obtuvo galardones en los principales concursos internacionales. Además, conquistó a los estetas con una etiqueta grabada en botellas de vidrio verdes y blancas. 

    En 2015, el edificio que alberga la almazara concebido por el arquitecto Marcelo Daglio recibió el Premio Nacional de Arquitectura en la categoría Producción, energía y reciclaje en el Festival Mundial de Arquitectura, en Singapur. Este reconocimiento comprende todo el establecimiento, pues allí es primordial el cuidado del ambiente tanto en el trabajo en el campo como en las aguas. 

    Ahora, a solo tres años de presentar su primera etiqueta de vinos, con el expertise de Hans Vinding Diers, reconocido enólogo danés radicado en Argentina que se integró al equipo en 2017, los productos de esta familia vuelven a destacarse. El albariño 2018 fue elegido por el crítico chileno Patricio Tapia como el blanco del año en su guía Descorchados 2019. Este febrero, además, la empresa elaborará por primera vez sus vinos pinot rosé, albariño, chardonnay-, pinot noir, merlot y tannat en su bodega. El nuevo edificio es una estructura cónica de tres alturas hacia abajo, que permite la elaboración del vino por gravedad, en un proceso casi orgánico, alberga la última tecnología italiana en su interior, y se funde en el paisaje como una más de las esculturas dispuestas por Mulieri.

    La bodega completa el jardín de esculturas, la almazara y la casa del visitante de este emprendimiento, que recibe a quienes quieran recorrerlo todos los días de 10 a 19 h. 

     

    Bajo la influencia marina que recibe el campo donde se produce el vino Bodega Oceánica José Ignacio, esta bodega fue concebida como una obra de arquitectura escultórica. Es una “construcción tratada como un gran volumen escultórico y narrativo; la forma, bien asentada en la tierra, se eleva y aliviana con un pequeño esfuerzo cónico sobre el tronco circular”, asegura Daglio. Según explicó Marcelo Conserva a galería, “con sus dibujos, la disposición de las láminas emula escamas que recuerdan las de los peces, y con ellas al cercano océano Atlántico”. Esta estructura se rompe con pequeños volúmenes —cajas sostenidas en el aire— y un balcón-mirador. Más allá del recurso estético, estas rupturas son elementos que introducen valiosa luz natural a la fábrica. 

    A la bodega se ingresa por un puente, que en pocos años estará rodeado de molles, otorgando la sensación de estar caminando por las copas de los árboles. Dentro, en el primer piso hay un mirador panóptico que permite observar la bodega en acción y da una visión total del espacio. A la altura de la vista, justo enfrente, se contempla la obra de Marcelo Legrand. “Es una transparencia en papel, lápiz y tinta, que transmite el proceso de las uvas en la elaboración del vino”, comentó Conserva. A la izquierda se dispone un espacio para la recepción y procesamiento de la uva. Hacia arriba, un lucernario con cruces de hierro muestra el paso del sol reflejado en el suelo. A la derecha, una pasarela recorre en semicírculo la estructura y juega en su dibujo con el repujado de los tanques que se encuentran debajo. A través de ese angosto camino se accede a un balcón donde apreciar la forma levemente ondulada del campo, el paisajismo de Mulieri, y algunas de las obras del jardín. En los tanques, de 5.000, 3.000 y 2.000 litros, se fermentan y conservan gran parte de los 90.000 litros de capacidad total de la bodega. Hans Vinding Diers agradece la “escala humana” en la que trabaja, al referirse al pequeño volumen de vino que allí se elabora. 

    Marcelo Conserva y Natalia Welker.

     

    Recién instalada en la entrada del campo se encuentra una gran obra de Octavio Podestá, una escultura de cinco metros de altura que pasó un día entero en busca de su actual posición. Uvas, tallos y hojas concebidos por el artista, dan la bienvenida al visitante.

     Debajo de los tanques, en el segundo subsuelo, se encuentra la sala de barricas, con recipientes de madera de 600 y 225 litros, de distintos años de uso, que el equipo de enólogos combina a la hora de elaborar los vinos. Allí también hay dos tanques de arenisca, que pronto recibirán sus primeros vinos. El objetivo de Vinding Diers es conseguir vinos frescos, con tensión, nervio, que se puedan beber ahora o guardar en la botella. Como consecuencia, la fruta, las flores, el campo, son las primeras apreciaciones que se tienen al probar estas etiquetas. En la misma planta de las barricas se halla la reserva de la familia, una cava diseñada para albergar las mejores añadas de los vinos a la temperatura y humedad perfectas.