N° 1989 - 04 al 10 de Octubre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa palabra del momento es rage, anger (ira, rabia). Por ejemplo, esta semana, una importante escritora y periodista estadounidense, Rebecca Traister, publica Good and Mad: The Revolutionary Power of Women’s Anger, poniendo de manifiesto que la furia está arraigada en la fundación de su país. Hay, en este momento, muchos libros, artículos y ensayos que acompañan esa línea. Están enojadas las mujeres. Por los abusos de hombres en posiciones de poder; porque, a mismo cargo, las mujeres ganamos menos que los hombres; porque seguimos soportando ordinarieces que no deberíamos. Y, sin embargo, la rabia femenina, el estar enojada, es tabú. Nos educaron en que había que refrenar la ira. Pero la ira es energía.
Los hashtags son las nuevas manifestaciones; en podcasts, en blogs, en YouTube o en una frase en una remera, las nuevas generaciones muestran su feminismo. Las que hoy tienen 20 y 30 años están usando su humor, inteligencia y rabia. Están yendo a bucear respuestas a un lugar muy asociado a la mujer: la literatura. Los 150 años de Mujercitas pusieron en el foco a Jo; la cantante y poeta Patti Smith dijo que ese personaje la inspiró a ser quien es. La cuota de rebeldía de la “distinta” Jo —la que prefiere las cosas de varones— fue crucial para ella. “Como muchas chicas antes que yo, encontré un modelo en alguien que no era como todo el mundo, que tenía un alma revolucionaria pero también un sentido de la responsabilidad”.
Este lunes, que fue 1º de octubre, Matilda, el personaje de Roald Dahl, cumplió 30 años. Como Inglaterra es un país extraordinario y las letras son parte de la agenda periodística, la prensa le dedicó amplia cobertura. El dibujante original, sir Quentin Blake, de 85 años y amigo de Dahl, publicó dibujos de en qué se habría convertido Matilda a sus 30. Entre los aspectos más interesantes de Matilda está su capacidad de transformar la energía de su ira en algo positivo.
“La telequinética niña, ratón de biblioteca, les enseñó a las niñas que estaba OK sentirse enojada”, escribió Daisy Buchanan en The Independent. “No siempre podemos confiar en gente que tiene autoridad sobre nosotras para que nos cuide. Los bullies quieren poder y toman ese poder haciendo que sus víctimas sientan miedo”. Dice Buchanan que ella, como muchas niñas, fue criada en que el enojo era un emoción inapropiada y le prohibían expresarla. “Sin embargo, la rabia de Matilda le da fuerza extra, y se convierte en una fuente de combustible extra que nutre su cerebro y le permite buscar revancha y que se haga justicia”.
La historia de Matilda es de empoderamiento, Matilda tiene “such belief in herself” (algo así como “tanta confianza en ella misma”). “Como Jo en Mujercitas y Pippi Longstocking, Matilda es un personaje increíblemente moderno. Te podés conectar con ella. No se queda sentada esperando. Pelea”. Eso explica que Matilda, uno de los libros más exitosos de Dahl, haya disparado aún más sus ventas en los últimos dos años, superando otros títulos del autor inglés.
En esta revisión se mezclan escritoras, personas de carne y hueso, con los personajes literarios. Tienen el mismo peso en el análisis sobre la huella que dejaron y eso me parece fascinante.
Y ahí aparece Jane Austen, otra figura que crece y que también se está viendo como una referencia para las feministas. Austen buscó ganar dinero y asegurarse su pasar, y también reconocía ser ambiciosa respecto a su carrera literaria.
El libro Una hermandad secreta, que demuestra cuánto se ayudaban y apoyaban escritoras del pasado, se ocupa de la autora de Orgullo y prejuicio. Tuvo gestos como elogiar públicamente una novela de Maria Edgeworth, novelista de su tiempo. “Este acto de hermandad demuestra la importancia de mujeres talentosas amplificando los logros de cada una”, escribió The Washington Post en una nota titulada Jane Austen, modelo para la generación #MeToo. Austen tenía una amiga que trabajaba como ama de llaves y era muy común para esas mujeres que los señores de la casa en la que trabajaban, señores de clase alta, quisieran tener sexo con ellas. Austen siempre creyó en lo que su amiga le decía y la apoyó como pudo, consiguiéndole trabajos.
Todo está siendo revisitado. En Inglaterra los estudiantes de la Universidad de Manchester borraron un poema de Rudyard Kipling que estaba pintado en un mural porque consideran que Kipling era racista. La serie Sex and the City también está siendo revisada, y las conclusiones no son felices. La semana pasada, a 23 años de su creación, el personaje de Bridget Jones también pasó por el tamiz del #MeToo. Hoy, su autora Helen Fielding hizo que su heroína, este personaje que nos pareció tan gracioso en los 90, releyera sus diarios, en donde Bridget se quejaba de cómo era bancar a sus jefes hombres.
“¿Por qué soporté, en los días de estos diarios, sin siquiera saber que tenía derecho a no soportar eso?”. Bridget ataca al Mr. Fitzherbert, el director de la editorial en la que trabaja, a quien se refiere en su diario como “Tits Pervert”, y al productor de televisión Richard Finch, para quien trabaja después, cuyo principal objetivo era verle la ropa interior y los pechos. De hecho, hasta Daniel Cleaver, el personaje de Hugh Grant, jefe anterior de Bridget y amante, se dirige a ella como “pollerita” y se ríe de las “bombachas enormes” que usa. “Simplemente acepté que parte de tener un trabajo era que mi jefe se quedara mirando libremente mis pechos, no saber ni siquiera mi nombre y pedirme que me pusiera un vestido ajustado para decir un discurso estúpido”, escribe. También es cierto que, sin llegar a acosarlo, Bridget lo buscaba. Pero ella estaba enamorada y él era Hugh Grant. Es complicado.