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    Leonor de Aquitania: una mujer influyente

    N° 2015 - 04 al 10 de Abril de 2019

    En un lejano abril europeo, cuando despuntaba el siglo XIII, moría Leonor de Aquitania. Tenía ochenta y dos años. Su longevidad?inusual para la época? no debe llamar la atención por cuanto todo fue excepcional en ella. Noble de cuna y duquesa por derecho propio, muy joven se casó con quien sería Luis VII de Francia. Participó en la Segunda Cruzada, una aventura nada habitual para una mujer. Tuvo dos hijas y logró la anulación de su matrimonio sin perder ni un metro cuadrado de sus dominios. Ese mismo año volvió a casarse, esta vez con Enrique de Inglaterra, quien ascendería al trono como Enrique II, primer monarca inglés de la dinastía Plantagenet. Así, Leonor llegó a ser reina consorte de Francia e Inglaterra. 

    De su segundo matrimonio nacieron ocho hijos. Entre ellos, los más famosos: Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra. Ejerció con firmeza la maternidad de tan numerosa prole y se preocupó por que cada uno alcanzara posiciones relevantes en el panorama político del momento. Tales desvelos no le impidieron desarrollarse en otras áreas. Leonor ?que fue encarcelada tras apoyar una rebelión de sus hijos contra su marido? se destacó por su especial atención a las artes, de las que fue mecenas. Favoreció el florecimiento de las bellas letras y fue protectora de los  trovadores que poblaban de amor cortés las noches galantes de la Edad Media. En nada la disminuye decir que, además de este refinamiento cultural y de su activa  participación en el quehacer político, estaba dotada de una admirable belleza. 

    Quien visite la abadía de Fontevrault se sorprenderá al ver la tumba policromada de Leonor. La escultura representativa la muestra yacente con un libro abierto entre las manos. El peculiar atributo ?que parece acompañarla en su plácido ingreso a la eternidad y librarla, a la vez, de las garras de la muerte? está ligado a la pasión que mostró hacia la literatura. Lúcida, audaz, poderosa, Leonor de Aquitania fue una de las mujeres más influyentes ?si no la más? de la Edad Media.  

    En algunas referencias se la cita como una precursora del feminismo. Y, en cierto modo, lo fue en tanto inspiración para generaciones venideras. Pero ¿cómo se consideraría ella? ¿Es posible hablar de feminismo en el siglo XII? Me refiero a un movimiento social fundado en una intención racional y planificada que procurara cambiar las costumbres de la época. La última pregunta no es retórica ni contiene un no anticipado. Es una pregunta que me hago y que dejo a quienes sepan más que yo de esto. 

    Tengo para mí que Leonor de Aquitania y otras mujeres que reclamaron sus derechos no siempre estaban haciendo un pedido general que beneficiara a todas. No, al menos, al estilo de Mary Wollstonecraft o de Simone de Beauvoir, solo por citar a dos activistas de la causa que transformaron sus días en una militancia sostenida. Es cierto que en el siglo XV Christine de Pizan escribió textos con el fin de esgrimir una defensa de las mujeres ante algunos agravios y que logró la impensable proeza de ganarse la vida escribiendo, pero aun este caso se parece más a un reflejo feminista excepcional e incipiente que a una tendencia organizada con miras reivindicativas a largo plazo. El corsé cultural y religioso aún constreñía demasiado y esos primeros destellos, importantes en su esencia, estaban lejos de tomar un cauce definido. 

    Aunque cabe preguntarse si tenían un proyecto transformador y comunitario o si sus actos eran parte de una estrategia de supervivencia personal, mujeres como Leonor hicieron de su vida un modelo y establecieron un patrón revolucionario de comportamiento. Probaron que, con tesón y coraje, era posible desafiar mandatos culturales, imponerse a las costumbres y alcanzar algunos de sus sueños. Al abrir ese camino propio, mostraron a las generaciones venideras dónde estaba la senda. Aunque no pudieron eludir del todo los rigores patriarcales y debieron aceptar ciertas restricciones, fueron, en su espacio y en su tiempo, inspiradoras para otras mujeres. Y continúan siéndolo. 

    Tengo para mí que ningún plan de acción es tan poderoso, motivador y persuasivo como cuando el discurso y el comportamiento se complementan. Es decir, cuando, además de la intelectualización e incluso de la protesta, acompañamos los reclamos con acciones consecuentes. Por más que hablemos, escribamos y marchemos, al pasar raya al final de la jornada, nada resulta más eficaz para empujar el horizonte hacia delante que predicar con el propio ejemplo. 

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