Transferencia erótica, ese es el término que usan los entendidos. Enamorarse del terapeuta, ese es el término que usamos los demás, y es bastante frecuente. Las propias circunstancias en que se basa este vínculo asimétrico, las condiciones en que nace, el escenario en el que se cultiva y los roles tan impares de sus integrantes, hacen que se preste a confusiones. “La relación con el terapeuta es muy especial, se trata de alguien que te conoce y te espera, que te escucha siempre y con mucha atención tratando de comprenderte y ayudarte, en un clima de intimidad”, dice la psicóloga y psicoterapeuta Delfina Miller a galería sobre este vínculo. La fantasía en el paciente se alimenta aun más porque suele no saber nada personal acerca del terapeuta, por lo que la imaginación vuela. Eso y el saber al otro un prospecto imposible, se vuelven puro combustible para el fuego del enamoramiento.
El sentimiento
Laura ve a Paul todos los lunes de mañana. Llega sin dormir, con la máscara de pestañas corrida, y le cuenta detalles de la noche anterior, cuando casi tiene sexo con un desconocido, sin mostrar demasiado remordimiento por su novio, Andrew. Otras mañanas llega más compuesta, peinada; con su ropa de anestesista recién salida del quirófano y el pelo sujeto; o con un jean y buzo holgado, con aspecto relajado. Laura le declara su amor a Paul, su psicólogo, abiertamente. Es una mujer aparentemente segura y parece no sentir terror de que aquel pueda ser un paso en falso, de exponerse a que él le recuerde lo inapropiado de su revelación. Lo suelta con la impunidad del vulnerable que busca quitarse un peso, con la confianza del que no conoce demasiados rechazos. A Paul, este hombre con años y años de morder la patilla de los anteojos mientras escucha historias desde su sillón, se le sacuden los principios. Ella es capaz de leer esos microsegundos de más que tarda la respuesta de él, de ver la oscilación casi imperceptible, y se convence de que es recíproco. Su comportamiento empieza a cambiar de una sesión a la otra. Algunos días se muestra fuerte, determinada. Otros, más sensible, descreída, resignada, optimista. Antes de dejar el consultorio, en algún momento, con alguna pregunta, Paul derriba esos personajes y Laura vuelve a ser Laura. Pero la fachada vuelve a levantarse para la semana siguiente.
Esto es ficción
Laura (Melissa George) y Paul (Gabriel Byrne) son dos personajes construidos por el guionista y realizador colombiano Rodrigo García para In Treatment, la serie que HBO estrenó en 2008. Pero esta mujer, que solo sabe vincularse con los hombres a través del sexo, y este terapeuta, que se cuestiona su ética profesional y hasta su matrimonio a raíz de los 50 minutos semanales que comparte con ella, están inspirados en hechos reales.
El capítulo que la comunicadora uruguaya Valeria Tanco dedicó en su libro Miss Terapias al enamoramiento con el psicólogo que la atendió a sus 21 años se titula We Transfer. “En lugar de aplicarme a mi cura personal, me dispuse a mover los cimientos de mi psicólogo estructurado. Ir presentable al psicólogo no es algo que me haya ocupado nunca. Por lo general, voy como esté. (…) Con El Transfer tenía un montón de cuidados. Obviamente, me lavaba la cabeza. Elegía la ropa que me ponía teniendo en cuenta cómo me quedaría estando sentada. Pero la parte más importante es que me armé un personaje que sostuve durante la mayoría del tiempo que duró mi psicoterapia. Tenía varias aristas, pero ningún vértice puntiagudo. Era casi loco, casi estrafalario, casi normal, casi yo”.
Pasaron 20 años desde esa terapia y Valeria tiene claro que fue una mala idea empezar a atenderse con él. “Uno eso lo puede controlar, te podés dar cuenta si te va a interesar tu terapeuta desde otro lugar —contó a galería. El respeto intelectual rápidamente se convierte en otra cosa, por lo menos para mí”. Hubo otro aspecto que llevó a que las intenciones de Valeria hacia El Transfer excedieran la psicoterapia: él le dijo que “no tenía claro” si quería que ella fuera su paciente. Y ahí, en ese suelo de incertidumbre y de sentir que tendría que volverse elegible para él, creció el sentimiento equivocado. Después, con el paso de las sesiones, confirmó su sospecha, cuando el vínculo con ese hombre que la deslumbraba intelectualmente se volvió demasiado confuso.
El psicoanalista Jorge Bafico analizó en su libro Restos de historias (2014) un relato del psiquiatra, psicoterapeuta y escritor Irvin Yalom. En ese texto de ficción, una treintañera atractiva, Belle, llega por primera vez al consultorio de su terapeuta Seymour Trotter; ella está casada pero sin hijos, con una propensión a la bebida y un comportamiento sexual “peligroso”. La paciente, que interrumpía sistemáticamente todas sus terapias, opta por una actitud de “mostración” —acting out, en la jerga de los analistas—, una especie de personaje montado que hace imposible avanzar en la terapia: Belle “fracasaba en las tareas tradicionales de la terapia: autoexamen y discernimiento”, escribe Bafico, que parte de esa ficción para reflexionar sobre por qué un analista no debe responder a las demandas amorosas de sus pacientes. “No traía algo para analizar, ya que no le interesaba”. La tarea del terapeuta en estos casos es sacar al paciente de ese lugar y “resituarlo de otro modo en relación con su sufrimiento”, escribe. Pero con Belle, la protagonista del relato, era imposible.
La transferencia erótica suele oponerse como una resistencia al tratamiento, explica Miller. “Es una forma negativa de transferencia y es una forma del paciente de no avanzar en su tratamiento centrándose en el atractivo que le genera el terapeuta como una forma de no profundizar en su propia conflictiva”.
.
El dilema. Intentando correr a Belle, su paciente, del personaje que había construido, Trotter, el terapeuta, recurre a otro abordaje y empieza a basarse en su “intuición”, una estrategia riesgosa que puede confundir al psicólogo. “Suena inocente, ¿verdad? Pero yo sabía, inclusive al comienzo, que había un peligro latente. (…) Iba a permitir una transferencia positiva para construir sobre ella una base y combatir su autodestrucción”, escribe el autor del relato que cita Bafico. De alguna manera, el peligro se puede anticipar en la mayoría de lo casos, pero a veces la pulsión es demasiado poderosa. “A todos nos metes en la misma bolsa, como si todos los pacientes fueran iguales y tuvieran que ser tratados igual… ¿Qué es más importante? ¿Obedecer las reglas? ¿Quedarte en la zona de comodidad de tu sillón? ¿O hacer lo que es mejor para tu paciente...? Me estás salvando la vida. ¡Y te amo!”, le dice Belle a Trotter. Para entonces, ya era tarde: lo tenía a su disposición. “Para el vigesimosegundo mes, sentí pánico. Perdí toda compostura y empecé a halagarla, a emplear subterfugios, a rogarle. Le di una conferencia sobre el amor. ‘Tú dices que me amas, pero el amor es una relación, el amor es preocuparse por el otro, preocuparse por el crecimiento y la existencia del otro. ¿Te importo yo, acaso? ¿Te importa cómo me siento? ¿Piensas alguna vez en mi culpa, mis temores, el impacto que tiene esto sobre el respeto hacia mí mismo, el saber que he hecho algo no ético?”, le dice él, ya completamente perdido, transgredidas todas sus convicciones.
El vínculo entre el paciente y el terapeuta tiene sus características y sus reglas que se deben salvaguardar sin excepciones. Desde el psicoanálisis, advierte Miller, se habla fundamentalmente de abstinencia y neutralidad, es decir, que el terapeuta se debe de ofrecer como alguien cuidadoso y atento, poniendo este vínculo al servicio de la comprensión del paciente y de sus problemas, pero no debe de traspasar ciertos límites y, por supuesto, no debe convertirse en un amigo. “Es muy importante que no dé información acerca de sí mismo, porque con eso condiciona y limita al paciente. No debe ser un consejero porque eso genera dependencia, debiendo en cambio ayudar al paciente a encontrar, con sus propias herramientas, las alternativas para mejorar su malestar. Tampoco debe de ser un juez, porque no es el poseedor de la verdad”.
Aunque el dilema ético siempre está presente, todos hemos oído de casos en que el paciente se enamora del terapeuta, y es correspondido. Entonces el vínculo, tal y como existía, se corta, para que comience uno nuevo. Tanto la literatura como el cine y la televisión han retratado diferentes versiones de lo que sucede cuando el psicólogo intenta disuadir al otro o poner fin a la terapia, y también cuando el vínculo se desdibuja y muta. En el caso de In Treatment, la frontera se va moviendo lentamente, y Paul parece no darse cuenta, o no poder (o querer) hacer nada el respecto. No toma ninguna decisión, deja que Laura siga avanzando, hasta que es ella quien dice que dejará la terapia, y él empieza a pensar que tal vez no la vea nunca más. Entonces la llama no una, varias veces, y le deja mensajes en la contestadora de su casa (era el año 2008), hasta que ella finalmente lo atiende y él queda en ir a verla. Por primera vez él conoce los espacios cotidianos de Laura. Él, que sabía tanto de ella, no conocía su gusto por los ambientes amplios y despojados, y ella, sabiendo tan poco de él, estaba en cambio tan familiarizada con sus libros, con su forma de disponer los adornos. Y ahí están ambos, dispuestos a todo. Después, él le cuenta a Gina, su propia terapeuta, con la que habla de sus casos y de sus problemas, que no pudo seguir adelante.
—Sufrí un ataque de ansiedad, como si fuera un adolescente. (…) Ni siquiera pude tocarla. Estaba tan cerca que sentía el calor de su cuerpo. ¿Sabes cuántas veces lo imaginé?
—Ese ataque de ansiedad no fue algo algo externo. Lo causaste tú. Lo que te contuvo fue lo mejor de ti. Tus valores personales, profesionales y morales. Decidiste evitar algo de lo que sabías que te arrepentirías. ¿Crees que las decisiones morales se toman en la ausencia de tentaciones? ¿Que se toman fácilmente? Date algo de crédito. La deseabas tanto que sufriste un ataque de ansiedad para alejarte de ella. Tú ganaste al final. Venciste.
—Gracias por tratar de consolarme, Gina. Ella pudo ser el último amor de mi vida... y la dejé ir. ¿Qué me queda ahora?
Evitar las tentaciones
Valeria Tanco, que ha pasado por el consultorio de más de diez terapeutas, ya se conoce a sí misma y toma ciertos recaudos. “En algunos momentos de mi vida he pensado: ‘Prefiero elegir una terapeuta mujer porque estoy vulnerable desde el lugar emocional, para no mezclar los tantos y no exponerme a algo que no va a aportar’”, admite. “Ahora estoy yendo a terapia con un hombre y es totalmente profesional, no se me pasa nada por la cabeza, pero cuando uno está vulnerable o muy necesitado, enseguida el terapeuta toma ese lugar”.
Eventualmente —después de casi un año—, la comunicadora dejó de atenderse con El Transfer. Conoció a alguien que su psicólogo no aprobaba; no porque tuviera sentimientos hacia su paciente, sino porque esa relación en particular no le parecía una buena idea. “Mirá si mi cabeza estaría distorsionada, que dejé la terapia con él por eso. Fue como elegir entre el terapeuta y la relación”, dice, y bromea: “Viéndolo a la distancia, me hubiera sido más provechoso seguir con el terapeuta y no empezar esa relación”.
Valeria no se sinceró con él, nunca le habló de ese sentimiento unilateral que crecía con las sesiones. Ambos jugadores conocían las reglas, y ninguno las quebrantó.
“El saber del analista implica un lugar de poder y este poder se funda en la prohibición de ejercerlo. No obstante, algunas veces, esta prohibición puede ceder”, dice Bafico. Y a veces, cede.