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    Maravilla

    N° 2022 - 30 de Mayo al 05 de Junio de 2019

    Cuando cumplí seis años mi tío tuvo la feliz idea de regalarme una colección de libros que afianzaron mi amor por la lectura y que aún conservo. Se trata de una enciclopedia para niños que en sus varios tomos propone viajar por el mundo, asombrarse con los más fabulosos inventos, conocer biografías excepcionales y revivir hechos históricos relevantes. 

    Entre esos tomos desportillados está Dime cuál será mi profesión, un catálogo de actividades con sus respectivas descripciones pensado para ser guía de niños y jóvenes en el trance de plantearse su futuro laboral. Supe que podía ser vendedora de flores, genealogista o detective, locutora, ingeniera, astronauta o manicura. El universo del trabajo se abría ante mí y durante años aquellas referencias se convirtieron en parte de mi orientación vocacional. Al final, opté por una actividad que no aparecía en esas páginas y aquí estoy, escribiendo. 

    En la sección destinada a los deportes está la entrada correspondiente a boxeador. Siempre me ha disgustado el boxeo, así que es probable que en aquel momento no le haya prestado atención a lo que el libro decía al respecto. “Para triunfar hay que ser fuerte, resistente, rápido, honesto e inteligente. También se debe tener gran fuerza de voluntad para someterse a los entrenamientos y valor para vencer el miedo, el desaliento y el dolor. (…) Es una profesión peligrosa y agotadora. Los golpes dejan a menudo huellas en el organismo. Además, la hora de retirarse llega muy pronto. El boxeador debe preparar un segundo trabajo que le ahorrará pagar algunas horas de gloria con una vida en la miseria”. 

    El asunto de que me guste o no el boxeo es irrelevante a los efectos de esta columna. Sin embargo, quisiera recalar en otro aspecto que me ha hecho reflexionar y que, en algún punto, me avergüenza. Tiene que ver con el concepto de estereotipo que anida en nosotros y crece en su peor versión, el prejuicio. Dice el Diccionario de la Real Academia que un estereotipo es “una imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”. Supongo que es posible ampliar la definición y agregar que esas ideas o imágenes  pasan luego a los individuos y van moldeando sus preferencias. 

    Sea colectivo o individual, el estereotipo se nutre no solo de conocimiento, sino también de ignorancia. Cuando esto sucede, construimos ideas o imágenes sólidas a partir de información falsa o parcial y las dejamos crecer hasta transformarlas en convicciones. Luego cimentamos nuestra identidad sobre ellas. Nos cuesta, por tanto, cuestionarlas por miedo a desmoronarnos como individuos, y las defendemos a cualquier precio. Todo esto me parece peligrosísimo. 

    Algunos de los estereotipos están ligados a la actividad que las personas realizan. Solemos creer, por ejemplo, que quien ha pasado por la universidad será informado, culto y educado. Pero la realidad indica que eso no siempre es así y que no es raro cruzarse con un profesional universitario que no demuestra interés en los buenos modales, mucho menos en cultivarse o ponerse a tono con las últimas noticias. Cuando tiene tiempo libre, duerme o se atonta con cualquier banalidad. Quiero decir, lo profesional no quita lo bruto, a veces. 

    En la otra orilla están aquellos cuya formación permanece alejada de lo intelectual y cuya actividad cotidiana los acerca más al trabajo manual o al empleo de la fuerza. Construimos un estereotipo que los vincula con lo tosco y no esperamos de ellos más que acciones simples carentes de refinamiento. Una vez consolidado el estereotipo, ponemos la etiqueta y queda instalado el prejuicio. Entonces irrumpe la vida y nos recuerda qué torpes somos cuando generalizamos o cuando juzgamos sin conocimiento previo. 

    Un cachetazo así de revelador me dio hace unos días Sergio Maravilla Martínez, el boxeador argentino, campeón del mundo, que reparte sus horas entre el stand up, las charlas motivacionales y la preparación de su próxima pelea. Lo escuché durante una entrevista que le hizo Marcelo Longobardi para CNN y descubrí a un hombre moderado e inteligente, dueño de un léxico rico en matices, elegante en su decir pausado y en sus gestos suaves, apasionado en sus ideas, cálido en su sonrisa, educadísimo en la forma respetuosa de dirigirse a su interlocutor, esto es, un caballero. 

    Comencé a escucharlo sin interés y terminé lamentando que la entrevista hubiera sido tan breve. Durante esos minutos en que me tuvo fascinada por el fondo y la forma de su discurso, no logró cambiar mi percepción acerca del boxeo, pero me dio una preciosa lección de vida. Hay personas tocadas por esa luz que las vuelve excepcionales y las eleva por encima de cualquier mediocridad. Rompen la barrera invisible de los prejuicios y desbordan todas las expectativas. Por insólitas, causan admiración y se transforman en auténticas maravillas. 

    Volví a abrir aquel libro de mi infancia. Las mismas palabras de antes sonaron ahora distintas. 

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