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    No dejes para mañana

    N° 1954 - 25 al 31 de Enero de 2018

    Los lingüistas no estarán de acuerdo con esto y quizá tengan razón desde un punto de vista académico, pero a mí me parece que hay palabras bellas y feas. En estos días de vacaciones y lectura placentera —leo mucho durante el año, pero casi nunca lo que quiero— me he cruzado con algunas de ellas. Sin que esto desmerezca el juicio, hay que aceptar que el grado de belleza es una cuestión subjetiva a tal punto que en cada idiolecto —esto es, la forma particular de expresarse un individuo— hay establecida una suerte de jerarquía que pone en primer nivel de uso algunas palabras y destierra otras. Invito a los lectores a hacer una breve introspección y verán que hay palabras que usan con más frecuencia y otras que les producen un rechazo tal que no emplearían ni bajo amenaza. 

    Incluso en un alcance más extenso —el sociolecto— es sencillo comprobar cómo algunos grupos prefieren unas palabras sobre otras. Así, por ejemplo, los miembros de ese grupo solo dirán marido donde otros dirán esposo, cuarto en lugar de pieza y harán un uso selectísimo de las llamadas malas palabras. Se engaña quien crea que a los segmentos socioculturales altos les corresponde un léxico más refinado siempre. Es cierto que la mayor educación permite una mejor adaptación del registro a cada situación enunciativa y que estos hablantes logran con mayor éxito adecuar su expresión a las circunstancias, pero el sociolecto no es solo un asunto de educación. Mucho menos de dinero. Es una forma de expresarse que se consolida con el uso, y que permite el reconocimiento entre pares así como la sensación de pertenencia a ese grupo determinado. Una marca de origen que no se borra así nomás ni se oculta cambiando el aspecto exterior de las cosas. 

    Me encantaría extenderme en esto tan fascinante que nos llevaría por territorios de lo políticamente incorrecto, pero no quiero apartarme de lo que hoy motiva esta columna. Se trata ni más ni menos de procrastinar, una de esas palabras —para mi gusto— feas. Es el consabido “dejar para mañana”, una actitud que, convertida en hábito, tiene efectos perniciosos para el procrastinador —la palabrita no está en el Diccionario de la Academia, aunque debería, así que me permito el neologismo— y también para su entorno que padece los efectos de la eterna postergación de las tareas. 

    Nadie está libre de procrastinar. Nuestra existencia solo puede darse sobre una línea de tiempo y el manejo que hacemos de él determina en gran parte cómo nos sentimos. El tiempo suele ser un problema. A veces aplazamos aquello que nos angustia. Otras veces, aquello que nos causa un gasto físico desmedido. O lo que no consideramos tan importante y vamos dejando sepultado tras las prioridades cotidianas. O lo que por algún motivo nos disgusta y diferimos con la secreta fantasía de que así desaparezca. Entregar una tesis en la fecha de vencimiento del plazo, hacernos un análisis cuando ya los síntomas se han vuelto evidentes o pagar las cuentas a último momento son casos habituales. 

    En suma, nos guste o no, parece ser que la procrastinación va de la mano de una inmadurez para enfrentar la realidad y sus desafíos. Un quiebre de la voluntad que puede nacer del estrés, la saturación, la ansiedad, el miedo o el simple cansancio. Ante nuestra incapacidad para llevar adelante las acciones que debemos, se genera un pensamiento mágico con el que nos vamos engañando, aunque sabemos que lo inevitable nos espera. Algunos se refugian en placeres más o menos adictivos —el sueño, la televisión y la actual oferta de las nuevas tecnologías son refugios concurridos— y se atontan por un instante durante el que las tareas pendientes se desvanecen de su mente. Pero ni siquiera estos logran apagar del todo la molesta lucecita de la conciencia. 

    El problema surge cuando la realidad golpea con su crudeza, los papeles se amontonan sobre la mesa, los estantes revientan con ropa vieja, las deudas continúan su imparable crecimiento, las oportunidades se pierden, las personas se decepcionan y se alejan. Entonces sobreviene la culpa. El procrastinador sabe que es el único responsable y su autoestima se vulnera. Así, avergonzado y débil, apenas tiene fuerzas para poner al día el atraso que lo abruma, la montaña crece y el círculo vicioso se alimenta. 

    Procrastinar es una reacción humana y, aunque sea causa de profundos dolores, no se combate con gritos ni más exigencia. Antes, pide comprensión y piedad. Cuando se vuelve una auténtica fuente de desgracias, acaso también requiera algún tipo de tratamiento profesional. Los procrastinadores son un lastre, lucen desconsiderados y egoístas, conspiran contra cualquier proyecto, no funcionan bien en equipo y recargan a los que sí cumplen con sus tareas. No es raro que acaben por quedarse solos porque, la verdad sea dicha, cansan a cualquiera. 

    Una solución obvia parece el popular refrán que invita a no dejar para mañana lo que podamos hacer hoy. Suena lindo, sí. Pero la vida no se arregla con refranes, frases ingeniosas ni recetas de autoayuda. Es una obra delicada y minuciosa. Un milagro que exige esfuerzo desde que abrimos los ojos cada mañana y más esfuerzo para sostener nuestros sueños y proyectos. No siempre estamos a la altura. No siempre nos encuentra frescos, saludables y erguidos. No siempre los hombros aguantan el peso. 

    Claro que no hay que dejarse usar por los perezosos, vagos o indolentes. Pero hay que analizar los motivos, temporales o crónicos, que sustentan ese comportamiento. Porque es posible que en algún caso sea bueno tener con los otros la misma paciencia que más tarde necesitaremos.

    ?? Una noche en la Alhambra