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    Núria Espert: “Soy una persona cobarde que hace cosas valientes”

    Con siete décadas de trayectoria y un vínculo especial con la obra de Federico García Lorca, la actriz española Núria Espert presenta Romancero Gitano junto a Lluís Pasqual en el Teatro Solís

    Núria Espert es una leyenda del teatro español. Con siete décadas sobre los escenarios, más de 30 premios —incluido un Princesa de Asturias de las Artes— y su imagen impresa en folletos de decenas de obras, el nombre de esta actriz y directora es sinónimo de cultura hispana. “Un día de pronto ya no tendré la excitación que todavía tengo por mi trabajo o me fallará la memoria. O no encontraré nada que me conmueva lo suficiente. Hasta entonces el escenario seguirá siendo mi lugar”, dice. Y no tiene pensado alejarse.

    A los 83 años, Espert conserva una capacidad de emocionarse que transmite con su voz rasgada y un poco pausada por el desgaste del tiempo. Con gran facilidad para conmoverse, no tiene miedo de hablar sobre sus frustraciones, las etapas más duras de su vida y de su timidez, que aparece cada vez que es reconocida en las calles. “Me horroriza”, confiesa. Y suena curioso.

    Esta camaleónica actriz, que desafió al franquismo con burlas sobre los militares, abrió una compañía de teatro y dirigió óperas en Europa, dice ser una mujer cobarde, un tanto frágil y fácil de emocionar. “Siempre estuve atraída por cosas que me ponían dificultades. Soy una persona cobarde que hace cosas valientes”, asegura.

    A un año de presentarse con Romancero gitano, el poemario de Federico García Lorca, esta actriz llega con Montevideo para protagonizar la obra junto a Lluís Pasqual el miércoles 3 de abril en el Teatro Solís. Así, vuelve a elegir al poeta y dramaturgo de la Generación del 27 para lucirse sobre el escenario.

    Romancero gitano, su último trabajo, reafirma la influencia del trabajo de Federico García Lorca en su carrera. ¿Mantiene un vínculo especial con su obra?

    Sí, tengo un vínculo especial con él. He recitado sus poemas desde niña y este es un momento precioso porque Romancero gitano corona el trabajo de toda mi carrera. Siempre he creído que tiene mucha teatralidad. Cada poema, sus personajes y las historias —unas emocionantes, otras divertidas, trágicas y oscuras— son emocionantes. Y son un caldo de cultivo para convertirlo en una obra de teatro. En esta pieza, además de los poemas, mostramos cómo habló, explicó y comentó su trabajo mientras lo leía con sus amigos. Está todo lo que Federico pensó. Mi relación con él también está teatralizada, yo soy yo en el recital. Hago un recorrido desde que soy niña con mis padres, que adoraban a Margarita Xirgu.

    Sus padres también fueron aficionados del teatro.

    Sí, ellos eran actores amateurs. Mi padre era carpintero y mi madre trabajaba en una fábrica textil, pero amaban el teatro. Eran aficionados y me inculcaron ese amor que desarrollé de esta forma tan grande e inesperada. Mi nombre, incluso, viene de una obra. Ellos se enamoraron haciendo Tierra Baja y ahí había una niñita que se llamaba Nuri, el diminutivo de Núria.

    Su historia con el teatro, entonces, empezó desde antes de su nacimiento. Y la primera vez que se subió a un escenario fue a los 13 años. ¿Estuvo impulsada por su familia?

    Es una historia curiosa. Yo estaba recitando en un sitio —mis padres me enseñaron poemas desde pequeña—, una persona me oyó y le pidió un permiso para hacerme una prueba para una obra infantil. Mis padres estaban encantados, y me quedé con los adultos haciendo teatro como por tres o cuatro años. Así fue mi formación. Después llegó Medea (su primer papel protagónico) y me casé con 20 años. Ahí creamos nuestra propia compañía con mi esposo, Armando Moreno.

    Fue uno de los mayores desafíos de su carrera.

    Y súper arriesgado. Piensa que te estoy hablando del año 59 con el franquismo en el gobierno. El país estaba atravesando un doloroso momento, pero supimos escurrirlo y, a pesar de que tuvimos las dificultades naturales que la época entrañaba, conseguimos hacer una carrera repleta con los mejores títulos de la historia del teatro. Era un repertorio muy exigente —con muchas obras de García Lorca— y lo hicimos en unas condiciones muy difíciles. Fue un período tan negro: ahí desapareció gente con mucho talento. Unos se marcharon y otros desistieron porque era imposible seguir luchando.

    ¿Fue difícil compatibilizar su trabajo como empresaria y actriz dentro de la compañía?

    Sí, fue duro y feísimo. No era nada agradable. Necesitábamos hacerlo para poder seguir con la compañía, pero era durísimo tener compañeros contratados hablando de salarios y dietas, es muy feo. He tenido la suerte de trabajar con gente maravillosa pero me sentía incómoda en ese papel. Y mi marido también, pero no le tocó más remedio que estar de ese lado. Eso sumado a la época, fue duro.

     

    La carrera de Núria Espert está repleta de piezas clásicas. Desde que fundó la compañía en el teatro Recoletos de Madrid, en 1959, tuvo papeles protagónicos en obras como Gigí y Las criadas, además de Yerma y Divinas Palabras, una pieza de Ramón del Valle Inclán dirigida por Víctor García. La lista de títulos —que van de la comedia hasta el drama y la tragedia— continúan hasta superar la centena. Y en toda su carrera mantuvo una historia de amor con el trabajo del poeta y dramaturgo Federico García Lorca. “Su obra me enamora, tiene un inmenso poder”, dice.

     

    A fines de los 80 fue nombrada directora del Centro Dramático Nacional y, después de dimitir al cargo a los dos años, estuvo de gira por la Unión Soviética para presentar Doña Rosita la soltera, una obra de García Lorca que fue recibida con buena crítica en la prensa rusa. Mientras se consolidaba como la “diva” del teatro, con un paso por la televisión española en El mito del Fausto y El rey y la reina, una coproducción con la televisión británica y más de una decena de participaciones en otros proyectos, sufrió la muerte de su esposo y quedó sola detrás de la compañía. “Fue una época muy dura que reforzó mi dependencia con el teatro”, recuerda.

    En la década del 80, en un momento de plenitud laboral, su marido murió y al otro día estaba en el teatro. ¿Por qué eligió el escenario para transitar su duelo?

    El escenario siempre fue como un refugio. Tener una pérdida enorme, algo que te trastorna muchísimo, y que te hiere profundamente, y al otro día estar sobre el escenario es muy común dentro del teatro. No soy una heroína, sino que es algo que nos da la profesión, algo que tenemos los artistas. Lo tenemos como tatuado en el cerebro. El dolor es ahora y dentro de dos horas es el espectáculo. En mi experiencia, esa función que haces es lo único que tienes para poder respirar. En el minuto en que sales del escenario todo el dolor te cae a toneladas sobre la cabeza otra vez. Pero en el escenario cambia: es como una terapia. Yo estaba actuando cuando mi esposo falleció y mi hija me dijo “debes dejarlo todo, tienes que descansar”. Yo le dije que necesitaba hacer una función por la mañana, otra al mediodía, a media tarde y en la noche porque sino me iba a morir, me iba a tirar por una ventana.

    En una época trabajaba como actriz y a partir de 1990 empezó una carrera como directora de ópera. ¿Alguna vez sintió que la exigencia del teatro era demasiada?

    Sí, comenzó de una manera muy extraña. Recuerdo que en 1990 me llamaron de Londres para dirigir una obra de Lorca, la que yo quisiera, y me dijeron que la actriz de cine Glenda Jackson estaba muy interesada en el proyecto. Yo no había dirigido nunca y no hablaba inglés pero fui persuadida a gritos por mi familia y fui a Londres. Interpretamos La casa de Bernarda Alba y fue un éxito tan rotundo y enorme que me ofrecieron dirigir Madame Butterfly y les dije que sí. Ahí empezaron unos años frenéticos de dirección: era como si fuera una rockera pero tenía 50 años. Acabé con una depresión enorme por soledad. Viajaba sola todo el tiempo y pasaba de teatro en teatro, de país en país. Me puse muy enferma y estaba convencida de que la depresión era producto del estrés, pero ahora sé que fue por soledad. En esos años decidí volver a la compañía y retomar la vida familiar, supe llevarlo bien con la parte artística.

    En casi 70 años de carrera interpretó decenas de títulos, con obras de artistas españoles hasta japoneses. Ahora, ¿es difícil encontrar personajes y textos que la conmuevan?

    Es difícil. Pero más que los personajes lo que necesito es que me emocione el proyecto, que me ponga en pie, me excite. Acabo de interpretar a El rey Lear, que tuvo un éxito extraordinario, he hecho La violación de Lucrecia de Shakespeare y ahora llegó Romancero gitano, el súmum de todo eso.

    ¿Cuánto afecta el paso de los años en la preparación de un papel?

    La memoria es tan importante como el talento y es un regalo que te hace la naturaleza. Tú puedes querer tener muchísima memoria, cuidarte toda la vida y trabajar para tenerla siempre a punto. Pero con el paso de los años tú ya no decides, decide tu ADN. Cuántos actores extraordinarios abandonaron su carrera llenos de facultades, pero con la memoria complicada. Espero que no me ocurra. Hasta ahora mi vida fue serena y muy tranquila. Nunca tuve que sacrificar nada en mi vida ni mi familia. Y pude guardar la locura y la desmesura para el teatro.

    ¿Esa locura y desmesura caracterizan su trabajo?

    Sí, esa falta de miedo y el valor de no tener temor de pasarte de la raya siempre estuvo. Creerme con el derecho de poder pasarme de la raya es un tipo de valentía que no sabes de dónde la sacas. Yo no podía haber tenido otra profesión menos temerosa. Siempre estuve atraída por cosas que me ponían en dificultades. Me jugué entera en cada uno de mis personajes.

    ¿Se imagina fuera de los escenarios?

    No. Pero eso es algo que ocurrirá solo, sabes, no hay nada que decir. Un día de pronto ya no tendré la excitación que todavía tengo o me fallará la memoria o no tendré salud. O no encontraré nada que me conmueva lo suficiente para seguir trabajando. Pero hasta entonces el escenario sigue siendo mi lugar seguro.

    Siempre se mostró como una mujer fuerte, que se anima a decir lo que piensa...

    Pero soy una mujer tímida. No es nada original, tengo tantos compañeros que son tímidos... Si lees las biografías de los grandes que todavía están presentes en el imaginario de la gente, todos hablan de sus timideces. Debe ser una cosa que ayuda. Quizás sin darte cuenta actúas hacia afuera porque adentro no encuentras la fuerza. A mí me horroriza, por ejemplo, entrar en un restaurante y que la gente me mire, me reconozca.

    ¿Todavía le produce malestar? En España la suelen definir como una referente y diva del teatro.

    Me cuesta y preferiría que no hubiera nadie, o comer en casa. No me pasa como las figuras que trabajan en la televisión o incluso en el cine, el teatro tiene un público muy respetuoso. Nos tratan como si fuéramos la aristocracia de la interpretación. El público valora mucho el que estés ahí, tan cerca de ellos, y que seas tan devota. Yo soy una actriz devota de mi público. Y no soy valiente.

    En una entrevista, durante el franquismo, le preguntaron de qué se reía y por qué lloraba y contestó que le daban gracia los militares. ¿No considera que eso fue valiente?

    Me trajo muchos problemas. En verdad he tenido más problemas en otras ocasiones pero nunca tuve tanto miedo. Estaba haciendo la obra La buena persona en Madrid y a mi camerino entraron dos militares que me tomaron de la ropa que llevaba puesta. Tuve mucho miedo. Esos señores me dieron un susto que todavía aparece cuando lo cuento. Soy una persona cobarde que hace cosas valientes. Yo creo que esta frase explica bien mi personalidad.

    Si ahora le pregunto de qué se ríe y por qué llora. ¿Qué me diría?

    Ahora diría que me río —pero con una risa no tan abierta ni de felicidad como en otro momentos— de los políticos que se insultan, se tiran por los suelos y fomentan el que no les respetemos. Los veo tan serios diciendo todo lo contrario de lo que dijeron ayer... Me da risa. También es una risa un poco despectiva. Y me emociona la desigualdad y la brecha cada vez más grande entre los ricos y los pobres. En mi vida, en estos 80 años, ya he visto cómo crece eso. Después del 75 parecía que tomábamos las riendas de la vida y que íbamos a luchar. Pero no cambió. Hemos pasados por una recesión muy dura y los pobres son más pobres y los ricos son más ricos. La gente con poder encontró la manera de enriquecerse más aún. Me entristece profundamente.