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    Oscar 2016: Hollywood distinguió a una película sobre la importancia de las investigaciones periodísticas serias

    La ganadora del Oscar a Mejor Película y Mejor Guión, En primera plana, recrea la investigación realizada por el equipo de periodistas del diario The Boston Globe que reveló varias decenas de abusos sexuales por parte de curas católicos en Estados Unidos. El trabajo sacó a la luz la ocultación de la Iglesia Católica de casos de pedofilia perpetrados por clérigos locales durante décadas. La serie de reportajes y el equipo de la sección Spotlight —tal el título original del filme— recibieron el Premio Pulitzer al servicio público en 2003. La historia de esta impresionante investigación está relatada en el libro Betrayal: The Crisis in the Catholic Church, que es la base sobre la que se construyó el libreto del filme protagonizado por Michael Keaton, Rachel McAdams, Mark Ruffalo, Liev Schreiber y Stanley Tucci.

    Además de los dos galardones de la Academia, la película dirigida por Thomas McCarthy —también coguionista, junto a Josh Singer— fue distinguida con otros 102 premios dentro y fuera de su país de origen. Sin grandes despliegues técnicos, sin golpes bajos, este filme de detectives sin detectives sigue la senda de la rigurosamente realista Todos los hombres del presidente (1976), que recrea “el caso Watergate”, el paradigma de la investigación periodística, para ilustrar con sutileza y lejos de los estereotipos, el difícil, costoso y a veces pesado proceso de investigar. Entre libretas de apuntes, biromes, llamadas, hojas de cálculo, entrevistas con curas, abogados y víctimas, el filme también exhibe los momentos de debilidad y los errores cometidos en el camino.

    La investigación llevada adelante por el staff de cuatro periodistas de Spotlight, Walter “Robby” Robinson —editor—, Mike Rezendes, Sacha Pfeiffer y Matt Carroll, demandó siete meses. El trabajo derivó en más de 20 extensas notas —la primera se publicó el 6 de enero de 2002 y la última el 14 de diciembre de 2002—, con las que se destaparon más de 200 casos de abusos a menores y todo un sistema de encubrimiento de la Arquidiócesis de Boston. Llegaron a publicar hasta 600 noticias durante el primer año de investigación (900 sumando los dos años en los que transcurrió la historia). Los artículos pueden leerse en la web www.bostonglobe.com. Y ahora, después del Oscar, la historia detrás de las historias tiene el aura de la leyenda.

    La mañana del 30 de julio de 2001, en su primera reunión como editor jefe de The Boston Globe, Martin “Marty” Baron se presentó ante sus colegas. Luego de escuchar a cada editor, preguntó si habían leído la columna de Eileen McNamara publicada el día anterior. La columna se refería al caso del sacerdote católico John Geoghan, acusado de abusar sexualmente de 25 menores durante una década —luego se supo que las víctimas fueron más de 100 y en un período más prolongado—. Entre las demandas en contra de Geoghan se mencionaba a Bernard Law, obispo de Boston, responsable de trasladar al sacerdote a las seis parroquias donde habían sucedido los crímenes denunciados. McNamara, presente en la reunión, explicó que las demandas no habían llegado a juicio y que los documentos estaban sellados en la Corte bajo orden de confidencialidad. El público no tenía acceso. Entonces Baron preguntó si alguien del Globe había considerado cuestionar esa orden. En 2001, de las 3,8 millones de personas en la zona urbana de Boston, dos millones se declaraban católicas. A nadie se le había ocurrido realizar ese cuestionamiento. No por temor: simplemente era la configuración del día a día. Para un recién llegado, sin embargo, aquello era, cuanto menos, raro. “No sé cómo es la ley acá, pero en Florida vamos a la Corte y pedimos abrir los documentos”, dijo Baron. Y eso fue lo que hicieron. “Nos encontramos con algo mucho más extenso y aterrador de lo que teníamos derecho a encontrarnos”, comentó Robinson, editor de la sección, la más antigua en la historia de la prensa estadounidense.

    El poder de la investigación.

    El estreno y la consagración de esta producción hollywoodense llegan en un momento adecuado para demostrar el valor de la investigación periodística y el papel vital de la prensa tradicional. La propia textura del mundo está constituida por centenares de estímulos que mezclan la información trivial y efímera con lo vital y esencial, de una forma tan desproporcionada que produce ruido y desconfianza. En la desesperante carrera detrás de los clics, siguiendo las tendencias dictadas por el imperio de lo cool, las redacciones se reducen, los periodistas teclean con desesperación contenidos virales, ligeros, sin alma, y muchos ya no viven las notas, convierten su trabajo en una sucesión de actos mecánicos que día tras mes, tras año, pierde brillo y vigor. Y en este marco, en el que los medios renuncian a los informes de largo aliento, mantener un equipo de tres o cuatro periodistas dedicados a la investigación durante un tiempo prolongado parece un lujo inconcebible y extravagante. Cuando, en realidad, la investigación es esencial e inherente al periodismo. Hay ejemplos. Solo hace falta tiempo, periodistas perseverantes, editores firmes, bienes que hay que saber administrar, porque los resultados están más allá de En primera plana. En el periodismo local y, muy especialmente, en prensa, se hallan ejemplos que merecen ser revisados.

    El caso más reciente es la investigación presentada por el diario “El Observador”. Hasta ahora simplemente se daba por sentado que el vicepresidente Raúl Sendic era licenciado en Genética Humana. Así se había presentado en actos y entrevistas. El miércoles 24 de febrero, el vicepresidente admitió al diario no haber hecho esa licenciatura en la Universidad de La Habana, carrera que, además, no existe en esa casa de estudios. “No lo hice, no lo hice. Yo nunca lo hice”, reconoció. Y esa misma tarde ofreció una declaración a los periodistas, pero no aceptó preguntas: “Estudié cinco años de Medicina en La Habana, revalidé esas materias cuando llegué a Uruguay con la idea de retomar los estudios y no terminé la carrera de Medicina. Y nunca dije que la hubiera concluido, ni que fuera médico. Hice, mientras tanto, una licenciatura en genética que cursé en La Habana, que no traje y no revalidé en nuestro país”.

    Años antes, lo que la prensa reveló sobre la fallida subasta de los siete aviones Bombardier de la ex aerolínea estatal Pluna obligaron a las autoridades a rendir cuentas sobre las negociaciones y a enfrentar a la Justicia. El desvelamiento de aquella puesta en escena, acontecida en octubre de 2012, es modélico. El 3 de octubre, Búsqueda informó sobre el otorgamiento del aval del Banco República para que la aerolínea española Cosmo pudiera comprar los aviones de la liquidada aerolínea Pluna. Según anunciaba la web de Cosmo, los aviones ampliarían el negocio de los vuelos charter en Europa Central y Europa del Este, al que se dedicaba la firma con sede en Madrid. Hasta que apareció BQB Líneas Aéreas anunciando la intención de negociar con Cosmo que los aviones “queden en Uruguay”. El mismo día, “El Observador” publicó en su portada una fotografía en la que se veía al propietario de BQB, el empresario Juan Carlos López Mena, reunido con el entonces ministro de Economía, Fernando Lorenzo, en el restorán Lindolfo. En la mesa también estaban Hernán Antonio Calvo Sánchez, respecto a quien dos días antes, el lunes 1º de octubre, en la Rural del Prado, el rematador se había referido como “el caballero de la derecha” y que, en representación de Cosmo Líneas Aéreas, había ofertado U$S 137 millones por los siete aviones Bombardier de la firma uruguaya. Acompañaban a Calvo, López Mena y Lorenzo, Juan Patricio López, hijo del empresario, y Gabriel Papa, asesor del ministro. La imagen fue fotocopiada, replicada y usada al día siguiente en manifestaciones y protestas del sindicato de Pluna ante las puertas de los ministerios de Transporte y Economía. Luego, la investigación fue retomada por la radio El Espectador, cuyos periodistas descubrieron quién era en realidad Calvo Sánchez.

    Todos estos casos —y muchos más, como la revelación de los archivos de WikiLeaks relacionados con Uruguay por parte del diario “El País”— requirieron semanas o meses de investigación e involucraron equipos de al menos dos periodistas cubriendo los temas —con excepción del de Patricia Madrid, responsable de la investigación sobre el título universitario de Sendic, que trabajó en solitario durante un mes.

    El equipo de Spotlight, en sus distintas fases, se ha movido con autonomía dentro de The Boston Globe. La precisión con la que se recrea en la película el ambiente de aquellos días fue destacada por los verdaderos protagonistas. En una entrevista con galería (Nº 786, 28 de enero, 2016), Sacha Pfeiffer —en el filme, interpretada por McAdams— apuntó los elementos clave de su equipo. “Éramos cuatro personas cercanas, con habilidades complementarias: yo conocía bien la Corte local y el sistema legal, Mike Rezendes conocía bien el sistema político local, Matt Carroll tenía muy buenas habilidades en el manejo de datos y Walter Robinson era un reportero veterano habilidoso en todos los sentidos. Colectivamente, eso nos hacía un equipo poderoso. Al mismo tiempo, el editor del Globe, Marty Baron, estaba dispuesto a darnos el tiempo y los recursos necesarios para encarar un proyecto importante que requeriría varios meses”.

    Siempre se vuelve a Baron. El periodista que muchos aman, el editor con el que una legión quiere trabajar. Desde antes de En primera plana. Quien en la actualidad es director ejecutivo de The Washington Post, en aquellos días de julio de 2001 en The Boston Globe era el primer editor que arribaba desde fuera. Los editores jefe que lo antecedían, católicos descendientes de irlandeses, habían surgido desde dentro de la redacción. Y ambos, oriundos de Boston, “la más católica de las grandes ciudades del país”; sin embargo Baron provenía de una familia judía. Era soltero y no le gustaba el béisbol. Nacido en 1954 en Tampa, Florida, estudió en la Universidad de Lehigh, de donde egresó con un MBA en 1976. Inició su carrera periodística en The Miami Herald. En 1979, con 29, pasó a trabajar en Los Angeles Times, editando la sección Negocios (algunos compañeros lo apodaron “Niño Maravilla”). Se fue a The New York Times en 1996 y al año siguiente era jefe de redacción adjunto, a cargo de noticias de la noche, y estuvo hasta que en 2000 lo convocaron para asumir el cargo de editor ejecutivo de The Miami Herald. Entonces fue nombrado “Editor del Año” por la revista Editor & Publisher por su labor en la elección presidencial. Con The Miami Herald Baron había liderado una cobertura premiada con el Pulitzer: la del niño balsero Elián González.

    “Mis primeros meses en The Boston Globe no fueron fáciles”, escribió recientemente en una columna en The Washington Post. “No conocía a nadie más allá de una pareja que no había visto en años. Era un ‘extraño’ en la ciudad, no un ‘recién llegado’”. Baron confesó que en aquellos años se sentía muy aislado en la redacción y en la comunidad.

    La mirada del recién llegado fue clave. Existía en Boston una excesiva deferencia hacia la Iglesia Católica. En parte por outsider, Baron propuso iniciar las acciones para acceder a los documentos con la intuición de que había una historia oculta. Al comienzo algunos lo veían como “un hombre del Times” —la empresa The New York Times Company había comprado el Globe en 1993— que había llegado para hacer recortes de personal decididos por los nuevos dueños, pero poco a poco descubrieron que el periodista trabajaba en exclusividad para los lectores. En su columna en el Post, Baron también escribió: “Hace trece años recibí una carta del sacerdote Thomas P. Doyle, que había librado una larga batalla en solitario dentro de la Iglesia, en nombre de las víctimas de abusos: ‘El abuso sexual de niños y jóvenes por parte del clero, así como su encubrimiento, ha sido lo peor que ha sucedido en la Iglesia Católica en los últimos siglos. También ha sido la mayor traición de los sacerdotes a aquellos a quienes deberían proteger. Los niños católicos han sido traicionados, así como sus padres y amigos. Los buenos sacerdotes han sido traicionados y el público en general también lo ha sido. Esta pesadilla seguiría ocurriendo una y otra vez si no fuera por usted y el personal del Globe’”.

    Y agregó: “Luego de esto, no recibí ningún premio, pero sentí una recompensa que durará para siempre”.

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