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    Pongámoslo así - Editorial

    Autocitarse cuando uno es columnista —o lo que sea— queda bien feo, la verdad.

    Tampoco agrega mucho reiterar a modo de advertencia casi todos los años, por estas fechas, que los Oscar no son sinónimo de calidad, pero que la ceremonia de entrega de esos premios la ven casi cien millones de personas en el mundo y la tendencia de sus actores y películas favorecidos marca a la industria en buena medida. Y que no solo a la industria del cine, sino, y con mucho dinero, también, al menos, a la de la moda.

    No obstante, corro el riesgo con los lectores y lo hago por motivos que considero válidos.

    Resulta que hace tres números, en este espacio comenté la película “Spotlight” para resaltar cómo en la cinta se mostraba esa forma de hacer periodismo que durante todo el siglo XX hizo que quienes terminamos por elegir esta profesión como fin último nos hayamos enamorado de ella. Incluso expresé un deseo en condición de veterana: ojalá no tengamos que sentir nostalgia por esa forma de hacer periodismo; esa que sigue requiriendo de cultivar fuentes, zambullirse en documentos de aridez insoportable, discutir con pasión sobre cómo buscar o presentar una noticia.

    También resulta que, en forma sorpresiva, “Spotlight” ganó este lunes el Oscar como mejor película, y por eso regreso al tema. No es por haberle embocado al ganador: realmente no creo que ese premio te dé la razón en nada ni demuestre clarividencia alguna porque, justamente, como decía al principio, la calidad no necesariamente está en juego aquí, aunque sí seguramente una mezcla de ella con razones de corrección política, de momento histórico, de solvencia de lobbies realizados y vaya a saber de cuántas cosas más.

    Lo que me parece justificable de volver al tema es que el hecho de que la película haya ganado el Oscar como la mejor del año de habla inglesa, de alguna manera respondió afirmativamente a los deseos expresados en este espacio: afortunadamente, esa forma de hacer periodismo no tiene motivos para hacernos poner nostálgicos. Está bien viva. Con Internet, con redes sociales, con civilización del espectáculo contaminando un poco, con todo eso. Y no es que la estatuita del señor ese trajera la respuesta oculta en algún lado. Es que a partir del premio reaparecieron y se profundizaron informaciones referidas a los artífices reales de la historia que allí se cuenta y que nos dicen que desde 2002 —cuando los casos de pederastia sistemáticos por parte de miles de sacerdotes de la Iglesia Católica (en Boston y luego develados en todo el mundo)— hasta hoy esa gente siguió haciendo su trabajo con brillantez y compromiso sin ostensibles aspiraciones heroicas ni nada por el estilo. Lo cual, por cierta transitividad, nos hace pensar que también hay otros.

    Leía por estos días la historia reciente del trabajo de quien dio lugar a toda esta gesta del Boston Globe, el entonces director ejecutivo del diario, que en la ficción y la realidad se llama Marty Baron y en la película fue interpretado por el actor Liev Schreiber. A su pesar, Baron ha cobrado una notoriedad internacional de la que ya gozaba en los ambientes más enterados de Estados Unidos y en todas las redacciones del primer mundo. Por lejos se trata del personaje más inteligente, admirable y enamorable de la película (siempre que no te gusten los soñadores, defensores de causas perdidas y apasionados como el personaje de Mark Ruffalo, que en la realidad se llama Michael Rezendes y que hace perder la cabeza, en general, a las que biológica o afectivamente están en los 20). El actor que interpreta a Baron, Schreiber, también me resultó el más enamorable de la película: no es de las súper estrellas, aunque sí de los que puede permitirse hacer Shakespeare en un pequeño teatro de Londres porque cada tanto acepta papeles en una película de la saga Scream o X-men. Además, es el marido de Naomi Watts, que no parece del tipo de las que se enamoran de caras (o cuerpos) bonitas sin nada más que ofrecer. Pero para este caso la estrella es Baron, hoy de 61 años, un judío nacido en Tampa, Florida, que llegó muy joven al “Miami Herald”, luego trabajó para “Los Ángeles Times”, y luego hizo una labor destacada en “The New York Times” desde donde volvió al “Herald” de Miami para liderar un equipo que ganó el Pulitzer por la cobertura del caso del niño cubano sobreviviente de una balsa en 2000, Elián González. Ese premio llamó la atención de los responsables del “Boston Globe”, que lo convocaron para dirigir su redacción (allí ganó el Pulitzer por el caso relatado en la película en 2003). Pero la carrera de Baron no quedó allí: en 2012 la familia Graham, tradicional propietaria de “The Washington Post”, lo contrató para dirigir el diario de los sueños de cualquier periodista del perfil de Baron; el problema fue que a los pocos meses el “Post” se vendió nada menos que al dueño de Amazon, Jeff Bezos, y Baron cayó en la incertidumbre. Pues Bezos no habrá nacido periodista pero se ve que entendió o se asesoró bien: el negocio de un medio escrito es ofrecer buena información, la mejor posible, más allá de encandilarse o no con las proezas cibernéticas, por tanto mantuvo a Baron en la dirección. Otra vez Baron les llevó el Pulitzer a sus periodistas: en 2014 por revelar las filtraciones en la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos y en 2015 por la cobertura de los fallos de los servicios secretos. Además, en 2015 el “Post ”pasó al primer lugar en las visitas a su sitio de Internet al pasar en número a las del “The New York Times”, ventaja que amplió luego y aún mantiene.

    Baron, cuenta una nota de “El País” de Madrid, sigue yendo a pie a la redacción del “Post” con su mochila al hombro y va de vacaciones a Colombia, Ecuador o España, donde se mueve con soltura debido a su cercanía con los mundos latinos de la Florida, su estado de origen.

    Hace algunas semanas se murió de vergüenza cuando el “Esquire” lo designó como el mejor director de diarios de la Historia (¡en ese país!), aunque, aclaró, “no iba a escribir una carta a la revista pidiendo que se rectificara”.

    Ese es el retrato perfecto del mejor periodista de prensa escrita posible. El cine solo reflejó unos días de su vida. Él —y seguramente tantos otros— existe de verdad.

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