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    Pongámoslo así - Editorial

    Hubo un año de mi vida en que recibí casi todas las herramientas necesarias para al menos ponerme a buscar la felicidad. Eso, por supuesto, lo entendí mucho después, pero aun así, desde entonces alguna parte del mecanismo de persona depresiva que aún llevo dentro empezó a quedar prácticamente desactivado. (Es bueno saber que ahí está, para no descuidarse, pero al interruptor que lo enciende cada vez le da más trabajo ponerse en marcha).La mayor de las lecciones de ese año de lecciones me la dio mi abuela.Ella había enviudado hacía poco más de un año de su amor de los últimos 63 de su vida (mi abuelo) y, como habían hecho ellos conmigo y mi hermano más de una vez, la invité a Buenos Aires. Se mandó a hacer un tapado nuevo y, con el portarretratos de su amor bajo el brazo que decoró la mesa de luz durante nuestra corta estadía, se subió al Buquebus con la nieta mayor (yo).Fuimos al teatro una noche y, cuando estábamos en un shopping haciendo la previa de un show musical al que iríamos la segunda, ella se cayó aparatosamente al resbalar de una escalera de mármol luego de preguntarme si allí había un escalón (yo le había dicho que no y sí lo había). Se rompió la cadera, la llevamos al hospital Fernández pero no dejé que la operaran allá. Pasó toda la noche con la cadera rota pidiéndome disculpas por haberme arruinado el viaje y que por favor no molestara a nadie en Montevideo. Mis padres no estaban en el hemisferio sur y su otro hijo había ido al estadio (a mediados de los 90 casi nadie tenía celular, incluido mi tío). Finalmente mi tío se empeñó para alquilar una avioneta sanitaria de cuatro plazas para irnos a buscar. Veníamos el piloto, una doctora, mi tío y yo como en un ómnibus a las 7 de la tarde para hacerle espacio a ella, en una camilla. El avioncito bailaba entre las nubes y los pozos de aire del Río de la Plata con la consiguiente cara de espanto mal disimulada de tres de los pasajeros. Entonces ella (la cuarta), me miró sonriendo y dijo: “¿Viste, nena, la experiencia que vengo a tener a los 80 años?”.(Aclaro, por las dudas, que su cabeza funcionaba perfectamente y los calmantes que recibió eran normales, nada de morfina ni alucinógeno alguno).Fue, seguramente, la mejor lección de salud emocional, optimismo y fortaleza psíquica que recibí en mi vida.  Muchas historias de heroísmo escuché en  los veinte años que nos separan del hecho y en algunos anteriores, en especial gracias a este trabajo en el que uno conoce a tantas personas que desafiaron imposibles. Sin embargo, esta fortaleza emocional aplicada a la vida de almacén siempre me ha maravillado, y desde entonces mucho más.Esa frase no solo te explicaba que el optimismo y la felicidad no tienen nada que ver con no tener problemas, con ser joven y flaco, con estar sano, con tener a tu amor, con ser exitoso sea lo que sea que eso quiera decir (con ser millonario creo que ya sabía que no). Esa frase te explicaba que si no te adaptás a lo que la vida te va dando, ni no dejás de echarle la culpa a otro de tus desgracias, si seguís esperando que llegue eso que esperás de afuera o de otros, estás bien frito, la canilla de ser feliz no se te abre nunca. Te explicaba que la mejor manera de emplear la inteligencia es para ser feliz, pero no buscando un estado ideal al que no vas a llegar nunca, sino aprendiendo a valorar la felicidad que te dé cada estadito donde puedas ver algo bueno y, sobre todo, compartir esa sonrisa del espíritu con otro.A veces a uno lo puede ayudar la farmacia, un buen terapeuta, o una actividad placentera para lograr ver así las cosas. No todos nacen con el privilegio de una biología que te lleva sola hacia el optimismo, pero una gimnasia orientada en ese sentido te lo puede dar. Doy fe.Ahora parece que en Harvard enseña todo esto un profesor israelí que se llama Tal Ben-Shahar. En la facultad de Psicología les asegura a sus alumnos que la felicidad se puede aprender como se aprende a jugar al golf o a patinar. Dice que la propia expectativa de alcanzar una felicidad perfecta es lo que nos lleva al sentimiento de fracaso y a la depresión y da seis claves para ser feliz, que no son muy diferentes que la mayoría de los manuales de autoayuda que fueron best-sellers en los 80 (después, hasta hoy, hubo mucha copia con diferentes variantes): aprenda de sus fracasos, hágase responsable por ellos, no dé lo bueno por obvio, haga ejercicio, simplifique su trabajo, adáptese a lo imperfecto.Mi abuela hubiera descollado en esa cátedra, solo poniéndose a hablar de lo que hizo el día anterior, pero no todos podemos ser el Messi de la felicidad, algunos tenemos que ir a las prácticas durante años para aspirar a un Junior Arias con el 9 de Liverpool (igual no es poca cosa).Igual mi abuela a Messi lo batía por lejos. Ella hubiera celebrado como loca un segundo puesto en cualquier circunstancia.MÓNICA BOTTERO