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    Pongámoslo así

    Editorial

    El drama por los bajísimos niveles de la educación en el país está instalado hace rato, y eso es muy bueno, quién lo va a negar.

    Sin embargo, como madre de un escolar y un liceal veo, con sorpresa creciente, cómo mientras la tendencia general es a poner el énfasis en las carencias del sistema —innegables—, muy poco hemos planteado acerca de nosotros mismos, los padres en particular y los ciudadanos no educadores, digamos, en general.

    Incluso cuando esto se hace, en los dos casos —el sistema y los padres— da la impresión, quizás no explícita, de referirnos solo al sistema público y solo a los padres que podrían clasificarse como pertenecientes a los estratos socioeconómicos más bajos.

    Pensemos, si no, en quién nos imaginamos cuando decimos que cómo se le va a tener respeto a un maestro si las propias madres han ido a pegarles.

    No nos enteramos generalmente de cuando se arman bataholas generalizadas en reuniones de padres de colegios privados, ni cuando una madre o pareja de padres o un grupo de ellos van a presionar a un director de un colegio por una maestra cuyo trabajo les disgusta, o directamente increpan o amenazan al propio docente. No me refiero solo a colegios de elite, sino privados en general.

    Hay que ver las cosas que escriben y dicen las madres en los grupos de whatsapp, tanto entre sí como de los compañeros de sus hijos o de los docentes para preguntarse cómo esa gente puede tener después el rostro para criticar el nivel de la educación. Para ilustrar a quienes no tienen hijos o no en edad escolar, y a riesgo de expresarme en forma chocante: dicen de un niño que es medio tarado, cuentan de mengana que el fin de semana anduvo a los besos (no es ese el término) con zutano y al rato con otro zutano, que tal profesora es una burra.

    Y no es que me ponga en señorita y niegue la responsabilidad propia: digo malas palabras manejando con mis hijos en el auto, he hecho comentarios sobre las faltas de ortografía de una maestra delante de ellos, critico con cierta grosería a gente que piensa diferente, pierdo la paciencia y me enojo.

    No se trata de ser perfecto, el problema en esto (y en todo) está en la falta de autocrítica y en la tendencia a poner la responsabilidad por las carencias solo en el sistema, en el colegio, en esa escuela, en la gestión de los gobernantes, en un otro en general.

    ¿Por qué nos escandalizamos por el vocabulario de los chicos si hay parejas que delante de sus hijos se insultan como antes no se animaban a hacer en ninguna tribuna de partido de fútbol de la C?

    ¿Qué mensaje les damos a nuestros hijos festejando las ordinarieces que se comentan (casi siempre en el prolijo anonimato) en las redes o en los programas de televisión abierta —y no solo en el de Tinelli, sino también en muchos hechos acá mismo por gente que después en sus cuentas personales hace alegatos pacifistas y se expresa por una mejora en la educación.

    Los más jóvenes, y sobre todo los niños, adoptan los valores que transmiten sus referentes adultos —padres, abuelos, hermanos mayores— y no solo los que se les transmiten con palabras, sino con actitudes y formas de relacionarse con otros: si ellos nos ven leer, leen; si ellos nos ven emborracharnos los fines de semana, se emborracharán; si nos ven comer con la boca abierta, también lo harán; y si nos escuchan putear, menospreciar y criticar a las autoridades (sus docentes, la Policía, los mayores de la familia) lo entenderán como válido y lo incorporarán.

    ¿Por qué mientras llegan las necesarias reformas del sistema no vamos empezando por casa? Quizás hasta nos sorprendamos un día cuando los chiquilines reclamen ellos mismos un mejor nivel a todos nosotros.