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    Pongámoslo así

    Editorial

    Si es que necesitaba una prueba más, mientras me disponía a escribir las líneas de esta semana descubrí que, definitivamente, ya soy una señora mayor.

    La noche anterior a este momento de revelación, esto es, el lunes 26 de noche, estuve releyendo a mi amiga Erica Jong (mi amiga porque desde chica quise ser como ella) en “El miedo a los cincuenta”, con el fin de incluir alguno de sus pasajes en un suplemento literario que tenemos proyectado ofrecer en nuestras ediciones de verano. Allí, Erica postula, palabras más, palabras menos, en alrededor de 650 páginas, que si querés pasarte bien la madurez y la vejez y sos mujer tenés que ir preocupándote por tener un alma luminosa y un espíritu cultivado y fortalecido, si no, vas a andar fatal perdiendo el tiempo en estirarte la piel  y creer que tu vida te la va a arreglar un chiquilín de 30 años que vaya a saber por qué se enamorará de vos y te mantendrá la autoestima en su lugar.

    Sin embargo, la revelación no vino por ahí, porque el postulado, además de compartirlo, lo conocía de antes y su lectura, ni siquiera la primera me produjo un impacto así de dramático como el de hoy martes.

    Hoy martes, en realidad, leí con pena la noticia de la muerte de Carrie Fisher, la gran princesa Leia de “La guerra de las galaxias”, a los 60 años.

    No es que la saga me haya fascinado particularmente. Cuando se estrenó en 1977 la primera y única película de la serie que he visto, yo ya estaba fascinada con las maravillas de la realidad y por eso quería ser periodista; además, en la sala de estreno de la entonces calle Ibicuy, adonde fui a verla, estaba demasiado preocupada por el chico que me  gustaba y que mis amigas se habían preocupado de que se sentara a mi lado en un prolegómeno de historia romántica que más tarde se concretaría y duraría unas pocas semanas.

    Comprenderán que en ese momento registré poco a Carrie Fisher. Con los años conocí su historia de celebridad hija de celebridades —la actriz Debbie Reynolds y el cantante Eddie Fisher, que, además, por si ya estaba conflictuada con la competencia, las dejó a ambas por Elizabeth Taylor en la película “Postales desde el paraíso”. El filme está basado en uno de los tantos libros autobiográficos que escribiría Carrie y su personaje, por si hacía falta para que una la admirara, fue interpretado por Meryl Streep, mientras que de su madre hacía Shirley McLaine.

    Carrie fue alcohólica, adicta a las drogas y, como se comprenderá, tuvo varios fracasos sentimentales, y una hija. Sin embargo, siempre buscó la forma de transformar ese dolor en algo bueno para ella y, al contarlo en sus libros (en una época en que las celebridades ocultaban todo los que las pudiera hacer humanas), también para otros.

    Con los años y la toma de conciencia me fui enterando de que aun antes de todo ese dolor que le trajo el superestrellato ganado a los 19 años como Leia, esa misma princesa, lejos de parecerse a Cenicienta o a cualquiera de esos buzones que nos quisieron vender con lo del amor eterno y el Príncipe Azul, para que fuésemos buenitas e hiciéramos méritos para merecer uno, era todo lo que con los años quisimos ser las que veníamos atrás: no esperar a que el héroe nos salvara sino, muchas veces, salvarlo nosotras; bancarse el drama de alguno de ellos por el trono perdido mientras a ella le destruyeron un planeta y ni chilló, etc. Leia es, aún hoy, una princesa muy vigente que, además, en la última entrega de la saga, fue una princesa de casi 60 años, igual de diosa, pero sin posar de nena.

    Pero resulta que el mismo día de la muerte de Carrie leo también sobre el horrible caso de la princesa más contemporánea del imaginario medio de las mujeres jóvenes de hoy en el mundo: Kim Kardashian. Parece que como se llamó a silencio en las redes está perdiendo millones de dólares en contratos. Parece que Kim, por un post diciendo que una crema es maravillosa, ha llegado a cobrar 300.000 dólares, por supuesto que sin aclarar que lo dice porque le pagan no porque necesariamente lo crea ni explicite que está haciendo una publicidad.

    El problema es que a Kim, que se sacaba una selfie hasta cuando estornudaba, le robaron varios millones de dólares en joyas en octubre de este año, mientras participaba en la Semana de la Moda de París. No hubo guardaespaldas ni seguridad de hotel que la protegieran de un horrible copamiento. La situación resulta tan metafórica que no da ni para comentarla.

    Hace pocas semanas, además, a su esposo, el rapero y diseñador Kanye West, lo ingresaron a una clínica por un brote psicótico.

    Ellos eran la pareja modelo y reyes Midas, digamos, del show business global. Todo era oro, brillantes y ropa de diseño. Y selfies, muchas selfies en las redes. Y muchos, muchos paparazzi siempre atrás.No es una ironía: me dan mucha pena.

    Carrie no; a Carrie la voy a extrañar como loca. Quizás estas vacaciones me mire toda la saga de “La guerra de las galaxias” con la libreta de apuntes feminista. O con aquello del alma luminosa que dice Erica.Sin duda, soy una señora mayor.

     

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