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    Raúl Garcés

    El pasado domingo 22, familiares, colegas y amigos de toda la vida despedimos en el cementerio del Buceo los restos mortales de Raúl Garcés, periodista reconocido, apreciado y respetado por una dignísima trayectoria profesional de más de medio siglo. Había fallecido el día anterior a causa de un infarto masivo a la edad de 73 años. Le sobreviven su madre, su esposa, su hija, su yerno y sus tres nietos.

    Raúl solía recordar que había ingresado a trabajar en la oficina de la agencia de noticias The Associated Press (AP) de pantalón corto, como cadete. Corría el año 1956 y tenía 17 años.

    El fuego de la vocación periodística lo abrazó muy pronto y rápidamente aprendió y dominó el oficio de periodista. Aprendió de la experiencia de sus mayores. Pero como todo autodidacta, lo hizo a partir de sus aciertos y de sus errores. Ejerció el periodismo con responsabilidad, con solvencia en todos los temas que debió abordar, pero sobre todo con gran honestidad intelectual.

    Le tocó trabajar en tiempos borrascosos del país y de la región, en sociedades radicalizadas en las que muchos perdieron los puntos de referencia. Debió cubrir los episodios de violencia que vivió el país a partir de los años 60: las acciones de la guerrilla, la represión de los servicios de seguridad, el golpe de Estado y la dictadura sobreviniente. Lo hizo sin tomar parte, sin activismos políticos o sociales. Con rigor y con valentía.

    Instalada la dictadura, al igual que otros periodistas y corresponsales extranjeros fue citado a dependencias estatales y detenido varias veces por informaciones que transmitió al exterior. Nunca hizo caudal de ello ni para asumir la condición de víctima ni para ganar protagonismo.

    A mediados de 1977, hallándose detenido debido a una información transmitida, el gobierno militar hizo saber a la AP que no garantizaba que Raúl pudiera seguir ejerciendo libremente en el país su tarea de corresponsal.

    Fue traslado a la oficina de Buenos Aires, donde se desempeñó durante tres lustros. Trabajó allí con igual responsabilidad en la cobertura de la etapa más sangrienta del terrorismo de Estado, de la guerra de las Malvinas, del fin de la dictadura y del restablecimiento democrático. Recién pudo regresar a la oficina de AP en Montevideo en 1991 y trabajó con la misma dedicación, entusiasmo y responsabilidad de sus años juveniles.

    Dedicó su vida a su trabajo periodístico y a su familia, de la que siempre se sintió muy orgulloso. Era un personaje entrañable que hizo amigos en la profesión y fuera de ella. Actuó siempre con una franqueza y una lealtad a toda prueba. Quienes trabajamos en Búsqueda lo sabíamos bien.

    En abril, en el marco de una reestructura, la AP cerró su oficina en Montevideo y prescindió de su trabajo. Aunque era consciente de que su retiro estaba próximo, la forma poco amigable como ocurrió resultó un golpe anímico muy fuerte del que no logró reponerse.

    El cariño de su familia y de sus amigos, el respeto de quienes fuimos sus colegas, mantendrá vivo su recuerdo por mucho tiempo.