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    Resistir al fin del mundo

    “Diccionario de separación. De Amor a Zombie”, de los argentinos Andrés Gallina y Matías Moscardi, es un texto lleno de guiños humorísticos que funciona como un manual de supervivencia en estas fechas en las que todo es alegría y felicidad ajena

    La imagen de la separación podría ser esta: la casa paterna; el cuarto del fondo —el de servicio— mustio y frío; a la derecha, la cama, una parrilla de madera con un acolchado de cuadros azules y rojos comprado en una de esas cadenas que venden todo importado de Asia; a la izquierda una tabla de planchar con una estampa en tonos pastel; un poco más atrás un mueblecito para la tele, sin tele; una ventana pequeña con unas venecianas que dejan entrar toda la luz que no queremos ver. Al fondo: el baño en suite con un calefón de 30 litros y una banderola que no cierra bien.

    “Ahí vas a ser más independiente”, habrá dicho la madre. Y sí. Así luce la independencia a los 32 cuando hay que volver, derrotada, a la casa que te vio crecer después de un hiato de tres años en los que la vida fue en pareja.  

    La separación viene, por supuesto, con todos los lugares comunes esperados. La película hollywoodense que nos daría vergüenza admitir que alguna vez vimos, la canción de melódico internacional que cantamos a escondidas mientras miramos ese videoclip berreta. Todo está ahí: la lluvia, la noche, el llanto infantil, el silencio, él lejos de casa, la no despedida, las dos valijas enormes arrastradas hasta el auto del padre; la madre, el familiar salvador. En fin, el fracaso, los ojos cansados, el cuerpo que pesa. A veces puede haber ingredientes que colaboran con la trama y hacen que el drama se vuelva una tragicomedia. Un hermano, menor, volviendo de Buenos Aires junto a su futura esposa luego de comprar el cotillón. El final perfecto para un día lleno de batallas épicas. Y, nuevamente, la imagen: el living comedor, la felicidad encandilante de la cuñada y, sobre la mesa, un cúmulo de corazones. Rojos, fucsias en vinchitas con lucecitas titilando; en anillos y colgantes; todos los corazones del mundo listos para celebrar. Y el separado, entre tanto amor rebosante, queriendo desaparecer. Así fue el inicio de algo que, para muchos de los que lo han transitado, se parece bastante al fin del mundo. Y hay que sobrevivir a eso.

    Andrés Gallina y Matías Moscardi —argentinos, treintañeros, doctores en artes y letras— son amigos y, casualmente (o no), ambos se separaron de sus parejas en 2007. Allí estuvo el inicio de “Diccionario de separación. De Amor a Zombie” (Eterna Cadencia, 2015). Gallina y Moscardi explican la intención detrás de su libro: “Queríamos escribir un libro que nos sacara del pozo posamoroso. Entonces empezamos a redactar capítulos demenciales para un manual con consejos de supervivencia para el lector, que nosotros jamás pudimos llevar a cabo. Después, con el tiempo, nos dimos cuenta de que no se puede hacer un helicóptero con palitos de helado, como MacGyver, que los consejos y las guías para sobrevivir un apocalipsis zombie no funcionan. Tampoco nos interesaba reírnos de los libros de autoayuda”. Así apareció el formato diccionario y la idea de que cuando nos separamos entramos en una era posamorosa y nos convertimos en una persona distinta, con otra subjetividad.

    “Diccionario de separación” es un texto que habla de la separación en estos tiempos, donde Internet, los celulares y todo lo que funciona alrededor de ellos nos condiciona en tiempos de corazones rotos.A continuación, algunas de las entradas del diccionario que ayudan (desde el humor y la empatía) en estos días en los que parece que la felicidad nos inundara y estar solos es una lucha incesante contra los molinos de viento.

    · AMOR

    Después de una separación, la idea del amor hace tambalear nuestra estantería mental, porque pone en evidencia que del amor no sabemos nada, y aún más: de nada sirve saber del amor. “Querer a alguien —escribe Jean-Paul Sartre en ‘La náusea’— es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera. Hay un momento, al principio mismo, en que es preciso saltar a un precipicio; si uno reflexiona, no lo hace”. Por otro lado, la hazaña amorosa no se termina cuando el vínculo concluye, porque su temporalidad no es cultural (lo son sus ritos, su discurso, no sus duraciones): el tiempo del amor no es el de las convenciones sociales. Basta decir una sola palabra para dar por terminado un vínculo: cortamos. Una vez que es pronunciada de común acuerdo, da inicio a una nueva situación: estamos separados. Pero estas palabras, en realidad, tan solo señalan, como carteles de tránsito en una larga carretera, el final de una relación, pero no del amor que hemos experimentado.

    · ANGUSTIA

    La angustia posamorosa es una experiencia emocional de la falta de espacio: sentimos la opresión en el pecho como si nos desplazáramos, en puntas de pie, por un largo corredor en el que apenas entramos, con paredes que se estrechan como un compresor de chatarra.

    · BAJEZAS

    Llamar a nuestros ex por la madrugada con una borrachera fulminante, encarar novias o novios de otros en idéntico estado, llegar al trabajo en condiciones deplorables, pasar el fin de semana sin asearnos, con las persianas bajas, alimentándonos de la comida en mal estado que rodea la cama, son algunas de las degradaciones típicas que afrontamos como sujetos posamorosos.

    · DEAMBULAR

    Hemos olvidado adónde nos dirigíamos. Somos fantasmas que arrastran la cadena. Como si una fuerza superior nos hubiera teletransportado, aparecemos en lugares sin darnos cuenta y con la misma inercia imperceptible desaparecemos. Erramos, vagamos, deambulamos. La inestabilidad emocional aparece calcada en su deriva territorial.

    · DIFUNDIR

    Difundimos la noticia, la posteamos, la volvemos viral, como si de un spam se tratara. La primera razón que nos mueve es lógica: si los otros no saben que estamos disponibles, nadie se nos acercará. La segunda, psicológica: si los otros saben que estamos separados, esto vuelve más irrevocable el hecho, porque así como resulta embarazoso y molesto contarles por primera vez a todos nuestra desdicha, aún más humillante sería, una vez divulgada la mala nueva, tener que rectificar que volvimos con nuestros ex.

    · DECORACIÓN

    Retiramos los adornos que teníamos en común con nuestros ex, compramos nuevos, cambiamos de lugar una lámpara para darle un giro inesperado al comedor, pintamos las paredes para sentir que son nuestras, colgamos cuadros, cambiamos los muebles de lugar, limpiamos día por medio, atendemos la apariencia del espacio que habitamos para recordar que estamos —seguimos— acá.

    · DOMINGO

    En la Era Posamorosa existe un solo y único día: el domingo. Los otros —los viejos días de la semana, el añorado sábado— se han vuelto irreconocibles, teñidos por el aura crepuscular, deslucida, del domingo, que cíclicamente parece reiniciarse, como la alarma de un despertador, cada veinticuatro horas.

    · FACEBOOK

    Facebook es la muerte. Las relaciones amorosas y su negativo fotográfico, las separaciones, no volvieron a ser lo mismo desde que existe este monstruo grotesco. Nos hacemos los distraídos, y en un movimiento veloz con el scroll del mouse, intentamos ejecutar una barrida salteada, evitar ver lo que el otro posteó. Pero pronto perdemos el control y estamos revisando sus álbumes, para ver si borró las fotos del pasado o para analizar el sentido de alguno de sus estados: si evidencia dolor o qué. Facebook es una espina que se nos atraganta: masticamos seguros y, cuando menos lo esperamos, ahí nos punza una foto donde aparecen etiquetados, en el muro de algún amigo en común, nuestros ex.

    · IDAS (Y VUELTAS)

    Ni infierno ni paraíso, esta etapa tiene la forma de un limbo por donde deambulan las almas en pena. Las idas y vueltas nos someten a la lógica de la indeterminación: ¿qué somos? ¿Volvimos? ¿Seguimos separados? De paso, medimos el estado del rival: ¿ya tuvo sexo con distintas personas? ¿Conoció a alguien? ¿Está bien sin mí? ¿Cómo lleva la crisis? ¿Se mudó? ¿Engordó o bajó de peso? ¿Está más lindo o más feo? ¿Se viste mejor, peor o igual que antes?

    · LIBERTAD

    En un acceso de euforia maníaca damos rienda suelta a todo lo que estaba prohibido por el interdicto de la pareja: volvemos a fumar, a tomar alcohol; vamos a todas las fiestas del universo; nos acostamos a cualquier hora; nos ponemos la ropa que antes el otro sancionaba; tenemos sexo con personas que, por celos, llevaban una orden de restricción según la cual debíamos mantener una distancia prudencial de setecientos mil millones de kilómetros.

    · METABOLIZAR

    El mal trago de la separación no se irá del cuerpo si no lo metabolizamos. Debemos convertir este veneno en un antídoto; no hay exorcismo, no hay demonio por expulsar de este cuerpo poseído, no: algo nos dice que la batalla está adentro, y debemos librarla incluso contra nuestro organismo, a nivel celular. El cuerpo es sabio. Hay que confiar en nuestro sistema inmunológico: él sabrá qué hacer y cuándo. Si estamos tristes, preferimos recibir la tristeza, hacerla sentir como en casa; si estamos felices, descansar ahí: durará poco. Un solo bocado de manzana tarda seis años en desaparecer del cuerpo sin dejar rastros: ¿cuánto tardará un ex?

    · MUDANZA

    Si nos quedamos en el lugar donde vivíamos con nuestros ex seremos testigos de fenómenos tipo poltergeist. En cada rincón, podemos escuchar al fantasma del otro arrastrar sus cadenas, que, a decir verdad, son también las nuestras. Muchos recurren, espantados, a la mudanza: damos de baja el contrato de alquiler a mitad de año, vamos a vivir con alguna amiga, decidimos probar suerte en otra ciudad, otro país, otro mundo.

    · PARANOIA

    Con esta perspectiva afiebrada, vamos a cualquier lado y en todos nos parece reconocer, siempre de espaldas, el microbio omnipresente y escabullido de nuestros ex: prendemos la tele y en una propaganda, al fondo, de extra, lo reconocemos —¿ahora es actor?—; pasan el hit del verano por la radio y en el estribillo escuchamos su voz haciendo coros —¿ahora canta en una banda?—; vemos pasar el Tren de la Alegría por la costa y notamos que el muñeco de Mickey nos escruta con la mirada antes de dedicarnos un familiar saludo.

    · PELIGRO

    Como las plantas trepadoras que crecen en las paredes viejas, los peligros después de una separación cubren todo nuestro muro mental: ¿cómo sigue la vida? ¿Y si no me enamoro nunca más? ¿Y si nunca más nadie gusta de mí? ¿Qué hago si me lo cruzo por la calle? ¿Qué si no me lo cruzo nunca más? ¿Si suena el teléfono y es él? ¿Si no me manda mensajes? ¿Si sube una foto a Facebook y sonríe? ¿Si es feliz sin mí? La inminencia del daño, el riesgo apremiante a que suceda algún mal, creció de manera estrepitosa: somos perros asustados por los fuegos artificiales de fin de año. El peligro nos habita: ¿a quién voy a llamar si me pasa algo? ¿Quién me va a poner paños de agua fría en la frente cuando levante fiebre?

    · RUTINA

    “La rutina es el hábito de renunciar a pensar”, nos dice José Ingenieros. No había, mientras estábamos en pareja, un desgaste mental por saber, una vez despiertos, qué iba a ocurrir el resto del día: hemos perdido esa serenidad del que tiene por cómplice el lento y automático paso del tiempo. Por el contrario, nos asalta la condena de pensar. Sin rutina, somos animales a la intemperie: abiertos al error, a la falla, al vacío del plan.

    · SEÑALES

    Cuando se apaga el fuego del amor, queda solo el humo negro de la separación. Con ese humo pretendemos mandar señales: hacerle llegar al otro nuestro estado. Para eso, compartimos videos de cancionesen Facebook, posteamos frases de duelo en Twitter, subimos fotos a Instagram, copiamos citas literarias revitalizantes y entusiastas en nuestro perfil de WhatsApp. La lógica de la señal es peculiar: decididamente destinada al otro, su lugar de inscripción es, sin embargo, público.

    · SEPARACIÓN

    La separación nos posiciona en la era posamorosa: una mezcla de la hiperbólica oscuridad barroca, la soledad y el aislamiento de los héroes del romanticismo, la depresión suicida del rock alternativo, la motricidad y el hambre del zombie, el sustrato melancólico de la música pop, la condena a la desdicha eterna del tango y los boleros, la independencia salvaje del punk-rock y la relatividad cuántica y puesta en duda de todos, pero absolutamente todos, los valores.

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    Entrevista: Andrés Gallina y Matías Moscardi

    DETRÁS DE LA HERIDA AMOROSA

    El libro tiene una mezcla divertida y desprejuiciada de citas, como una canción de Marta Sánchez después de una frase de “El Aleph” de Borges, o un fragmento de “Alta fidelidad”, y un poema de Idea Vilariño. ¿Decidieron hacerlo así o fue fluyendo? Fue apareciendo de manera orgánica. Con el tiempo, lo fuimos sistematizando porque en definitiva nos interesaba retenerlo y explorarlo al máximo, no solo como una forma de efecto humorístico de los contrastes, sino porque nos gustaba el tipo de comunicación imaginaria que se iba armando entre ciertas zonas de la cultura habitualmente desconectadas. A la vez, el enorme acervo de la música y la “cultura popular” le daba una mayor densidad y espesor al discurso posamoroso. Pensamos que había que abordarlo con la complejidad que demanda un objeto como ese. Digamos que, en términos teóricos, se impone la necesidad de mezclarlo todo: porque la afectividad que se construye ahí es mestiza, heterogénea. Por un lado, hay un acento solemne que es herencia tonal del discurso amoroso. Por otro lado, a la vez encontrábamos relaciones entre Cátulo y Alejandro Sanz, por ejemplo. Es una decisión, entonces, que el libro abra con Ricky Martin y Albert Camus al mismo tiempo, porque a la vez hay algo en ellos que funciona como parte de un mismo combustible.

    También sucede que el libro no funciona como una patada en el piso, porque recurre mucho al humor. ¿Buscaron que el texto no fuera demoledor? El formato tipo diccionario es, por momentos, más neutral: describe, analiza, narra. Por otros, más demencial: trabaja la hipérbole, el desboque, tomando algo del pulso del discurso amoroso que es, por definición, un discurso del exceso. A veces, decimos que el diccionario es un contradiccionario o un libro de antiayuda en ese sentido: no se pretende prescriptivo, no quiere dar consejos, no quiere cristalizar sentidos ni definir nada, sino poner a disposición una escritura, unos materiales (libros, películas, discos, canciones) que se reúnen en torno al amor, o al posamor, y que comienzan a convivir estableciendo diálogos internos que el libro habilita. Todos los autores que aparecen en el “Diccionario” parecen cortados por la misma herida amorosa.

    Parece que hay algo muy generacional en el libro. ¿Funcionaría para un divorciado de 50 o esta manera de vivir las separaciones es propia de los nacidos en los 80 o un poco antes? El libro no se pretende funcional, es decir, no tiene intenciones operativas. La ficción que narra está sostenida, sí, por cierto clima de época, porque la separación sobre la cual insiste es, podríamos decir, una separación del presente, contemporánea, enmarcada en la era de los aparatos. A la vez, hay un universo que, en muchos casos, tiene que ver con referencias a los 90 e incluso más acá, pero también el libro va hacia atrás y recupera (es un poco voraz en este sentido) una serie de textos-manifiesto sobre el amor: Ovidio, Stendhal, Fromm, que vuelven sobre el discurso amoroso. En el libro circulan ya no anclados a una época, sino todos juntos, como una gran voz o como un archivo donde todo puede ser unido en el mismo catálogo. A la vez, como el libro se puede leer y recortar de muchas maneras, también invita y convoca la presencia de distintos lectores, los viajes que haga cada uno, los caminos y las entradas que decida hilar.

    Sobre el lugar que tiene la tecnología en lo que abordan a lo largo del relato, ¿qué tan distinto hubiera sido el libro si no existiera el drama de Internet y las redes sociales? Hubiese sido otro libro, porque creemos que ese drama funda, de alguna manera, el libro. En el diccionario intentamos que se lea algo de la celeridad del presente, la velocidad de las redes, de los hipervínculos, siempre en relación con los tipos de afectividad que producen.

    ¿Cómo se gesta esa idea de que cuando nos separamos la subjetividad cambia? Pensamos que no hay sujeto autónomo, que un sujeto es siempre colectivo. En este sentido, una pareja es un punto de anclaje mutuo para la subjetividad. En el “Diccionario...” queríamos explorar la idea de que cuando el otro ya no está, las coordenadas del Yo cambian necesariamente. Algo de eso decimos en las entradas “Gustos” y “Yo”. En “Gustos” decimos que “una separación es una ametralladora de preguntas contra la pared resquebrajada de nuestros gustos. El deseo propio fue hilvanándose con el deseo del otro hasta llegar a formar una especie de trenza única e indiscernible”. O en “Yo”: “La separación atenta directamente contra quiénes somos, es decir, contra la idea que tenemos de nosotros mismos, suministrada por la agencia del Yo, que es como nuestro propio FBI mental. Sabemos, sin embargo, que definimos nuestros gustos, intereses y referencias en nuestra interacción con los demás. Por lo tanto, nuestras parejas resultan clivajes fundamentales para el Yo: las personas tienen tantas personalidades como parejas”.

    Más allá del libro, me gustaría preguntarles qué aprendieron años después de haberse separado y de haber sobrevivido. No aprendimos nada. En el “Diccionario...” subyace la idea de que no hay saber de la separación o de que el saber no alcanza y que, en definitiva, quedamos solos con nuestra experiencia. Eso.