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Verdadera o no, resulta fascinante aquella máxima atribuida a Miguel Ángel según la cual, interrogado acerca de su magnífico David, respondió que la escultura ya estaba dentro del mármol y que solo se había limitado a quitar el sobrante. En la creación literaria sucede algo parecido. El gran desafío del autor no es tanto qué incluir en el relato, sino qué omitir. En esa decisión se va gestando el estilo. Supone, además, una lucha con el ego, porque ha de estar preparado para dejar fuera fragmentos enteros que quizá lo satisfagan y que, aun así, debe eliminar en beneficio de la obra completa. No es infrecuente que un libro nos deje la sensación de que le sobran páginas y que más le hubiera valido al autor resistir la tentación de contarlo todo, de florearse con una retórica que solo contribuye a su lucimiento pero diluye la calidad del texto. Con ese espíritu de que menos puede ser más, el editor Gordon Lish se permitió recortar algunos cuentos deRaymond Carver. Y, aunque el procedimiento admita algunas objeciones éticas, hay que aceptar que mejoró ciertos finales que el autor había estirado con exceso de palabras.
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Cada día me convenzo más de que la sencillez es, en todos los órdenes de la vida, indicio de elegancia, precisión y belleza. Y que sencillo nada tiene que ver con simple. Al contrario, lo sencillo condensa lo complejo, lo destila, desecha lo innecesario y se acerca bastante a la perfección. Para privilegiar lo esencial hay que eliminar lo superfluo.
Llegado este fin de año —demasiado pronto, como si el tiempo fluyera a mayor velocidad o así lo percibiéramos— es inevitable algún balance y la renovación de los sueños. Podemos rebelarnos, fingir que no importa y nadar a contracorriente con indiferencia. Pero no podemos escapar a la certeza de que una etapa se está cerrando y que, si tenemos suerte, otra empieza. Nos guste o no, nuestra matriz biológica y cultural nos ha preparado para responder física y emocionalmente a los ciclos. El cierre de un año, tan unido a la naturaleza y al cambio de las estaciones, es uno de ellos.
A esta altura de diciembre suelo revisar la lista que confeccioné en diciembre pasado. Marco los logros con una estrella y con una cruz aquello que dejé pendiente. Luego valoro en cantidad y en calidad las metas alcanzadas y los proyectos truncos. Desde hace varios años la salud y los afectos están primero. Después vienen lo laboral, lo profesional y los gustos vinculados a aquello que me da placer, como los viajes, por ejemplo. Hoy me detuve a revisar las listas de los últimos años y fue revelador, como trazar un mapa de quien fui y de quien voy siendo. Me di cuenta de que algunas cosas que me resultaban importantes hace una década, ya no lo son tanto o ni siquiera se cuentan entre mis prioridades. También me di cuenta de que algunas metas se habían cumplido más tarde de lo esperado, es decir que aquello que fue una frustración solo debía esperar su momento. Y, sobre todo, noté —primero con sorpresa y al cabo de unos minutos con alegría— que mis listas son cada vez más breves.
¿Significa esto que he rebajado mis expectativas, que renuncio a mis aspiraciones, que me conformo con menos? En alguna medida, sí. Y significa que empiezo a conocerme, a priorizar lo que me vale la pena, a dejar de lado lo que me distrae y desorienta. Apenas empiezo; voy aprendiendo. Aún estoy lejos de ser la persona que quiero.
Aunque tuviera el coraje y la sabiduría suficientes, no podría salirme del mundo en que vivo. Soy el cruce de infinidad de caminos y no puedo evitarlo. Hay factores externos, independientes de mi voluntad o deseo, que ejercen su influencia: la familia en la que nací, mi lugar, mi tiempo. Nada de eso fue elegido por mí. En esa encrucijada que me define es donde me muevo. Pero además de lo que no elijo, está el proyecto, el norte hacia el que marcho, el camino en el que dejo huella. Esa sí es mi elección. Cada día, a cada minuto tomo decisiones y es en ese instante cuando debería ejercer mi libertad, es decir, la fidelidad hacia mi proyecto. Allí está la tensión más fuerte en la que navego. Saber que no siempre ejerzo esa libertad, que muchas veces me dejo ganar por la estupidez, la frivolidad o el miedo.
Por eso me gusta constatar que mi lista es año a año más breve. Hay cosas que ya no me interesan e intento pasar sin ellas. Lo intento. Quizá el ejercicio espiritual e intelectual consista en pensar no en aquello que deseamos hacer u obtener, sino en aquello de lo que podemos prescindir o colocar en segundo término. ¿Qué no necesito? ¿Qué no es esencial? ¿Qué puedo dejar de hacer, de comprar, de tener? ¿Qué sobra a mi bloque de mármol? ¿Cuántas páginas de más hay en mi historia?
Nos han dicho que ir por menos es ser mediocres. Y es posible que en cierto punto lo sea. Pero cuando nos hemos llenado de metas superfluas, trazadas por otros, legitimadas siempre desde afuera, quizá ir por menos no sea un indicio de mediocridad sino de inteligencia. Liberar espacio y energía para trabajar por lo que de verdad nos importa. Soltar el lastre de lo innecesario, arder en la pasión que elegimos en lugar de quemarnos en la futilidad de lo que otros nos eligieron. Ser porque somos y no porque tenemos. Obviar las luces que encandilan y brillar más hacia adentro. Un paso hacia atrás, pero solo en apariencia. Quizá para ser más haya que ir por menos. ¿Y si en lugar de decidir qué vamos a hacer, decidimos qué no vamos a hacer en 2017?
Fernando Savater dice en su autobiografía que “el hombre ha venido al mundo para ser feliz. El resto es silencio… y quizá corolario”. Es cierto. ¿Qué otro sentido tendría, si no, este milagro de la vida?