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    Un experimento en el green

    Rodeado de especialistas que trabajan con él para potenciar sus habilidades y pulir los aspectos más débiles dentro y fuera del campo, Juan Álvarez, con 22 años, se consolida como el mejor golfista del país y se prepara para el profesionalismo como una opción para 2017

    El teléfono de Raúl Pérez sonó a última hora de la tarde del lunes 8 de febrero. Del otro lado de la línea escuchó la voz de una mujer que, llorando, le decía que a su hermano lo habían baleado y que iba en camino al Centro de Salud del Cerro. Pérez no dudó un instante: se subió al auto y se dirigió hasta la institución ubicada en Carlos María Ramírez temiendo lo peor.

    El herido era un joven de 22 años que vivía en la zona. Su nombre, Juan Álvarez, sonaba como el de tantos. Sin embargo, para Pérez —gerente de golf del Club de Golf del Uruguay—, se trataba del mejor golfista del país, un chico al que conocía desde hacía mucho tiempo, con el que compartía horas en las instalaciones del club de Punta Carretas.

    Cuando llegó a destino, Pérez se dio cuenta de que el panorama era más alentador de lo que sonó por teléfono. Las balas le habían dado en el hombro derecho y en una pierna, sin demasiada gravedad. El golfista iba en moto por Casabó cuando, al intentar robarle el vehículo, recibió los tiros. Finalmente no le robaron y rápidamente lo llevaron al centro de salud. “Al Negro se la dan porque no toma, no fuma, no se droga”, le dijo uno de los amigos de Juan a Pérez.

    Dos días después, Pérez se sentó con Juan para hablar del episodio. Ahí le propuso que dejara su Cerro natal para trasladarse a la casa que él y su familia comparten en Ciudad de la Costa. Era una forma de estar más contenido y en un entorno más seguro. Juan lo pensó, Pérez habló con el padre del golfista, y todos aceptaron. Así dejó su casa paterna cerca del Club de Golf del Cerro y se trasladó a la casa de Pérez, donde vive con su esposa y sus tres hijos.

    A casi tres meses de aquella tarde calurosa de febrero, el golfista recuerda el incidente como una bisagra en su vida. “Tenía miedo de cómo me iba a quedar el hombro. Ahí te cambia la vida y empezás a pensar de otra forma”, reflexionó a galería una tarde de fines de abril en las instalaciones del Golf de Punta de Carretas.

    Pero el cambio en la vida de Juan fue mucho más allá del lugar de residencia. Hoy está rodeado de un equipo que trabaja con él para mejorar su juego a nivel técnico y mental, consolidarlo como el mejor golfista uruguayo y llevarlo a competir al mundo profesional. A su alrededor hay entrenadores, psicólogos, preparadores físicos y hasta un coach ontológico que se ocupa de trabajar en sus emociones dentro de la cancha. Todos llevan adelante una tarea conjunta que tiene algo de “pulido”, porque ellos mismos reconocen que el objetivo es sacar lo mejor de lo que consideran una joya deportiva. Es algo inédito, un experimento que hasta ahora no se hizo con ningún otro golfista uruguayo, reconocen.

    Pero Juan no es cualquier golfista uruguayo; es más bien una rareza en ese mundo. Para empezar, porque viene de un hogar del Cerro de Montevideo, lo que lo aleja del estereotipo de que los golfistas nacen en familias acomodadas.

    Además es especial porque lidera el ranking nacional; es el número 2 en el ranking latinoamericano; y ocupa el puesto 20 en el ranking mundial amateur, algo inédito para un uruguayo.

    La primera vez que su nombre empezó a sonar en el mundo del golf local fue en 2007, cuando se convirtió en campeón nacional prejuvenil. A partir de ahí todo fue en ascenso.

    Por ejemplo, entre 2012 y 2015 obtuvo algunos de los principales abiertos de la región, como San Pablo, Río de Janeiro; se consagró cinco veces campeón nacional; y salió segundo en el 110 Visa Open de Argentina. En lo que va de este año obtuvo en Lima el Campeonato Sudamericano Amateur y el Abierto del Centro para Aficionados de Argentina en Córdoba.

    Por ahora Juan compite como amateur. Eso, explicó Pérez, tiene sus ventajas porque viaja como invitado, lo que incluye pasajes, alojamiento, traslados y alimentación. La contracara es que no percibe premios económicos; solo trofeos. Juan tiene dos patrocinadores (Titleist y Footjoy) que le dan palos y equipamientos, y está becado en el club. Así son las cosas mientras en el horizonte asoma el profesionalismo.

    LOS INICIOS. Juan se acercó por primera vez a un green del Club de Golf del Cerro siendo un niño. Era vecino del club y su padre era caddie de la institución, al igual que algunos de sus hermanos. Él, que fue el menor de ocho hijos, nunca desempeñó esa tarea, pero desde chico se sintió atraído por el deporte, que de a poco aprendió. Por su desempeño terminó becado en el club de Punta Carretas, para practicar en la escuela para jóvenes que funciona en el lugar a partir de 2007. Al principio iba con alguno de sus hermanos en ómnibus, luego solo, y años después se compró una moto, la misma que intentaron robarle y que ahora tiene su hermana.

    Dice que no sintió el cambio de barrio y que rápidamente se adaptó a la vida y a la gente del Golf de Punta Carretas. “De chiquito no te das cuenta. Yo quería jugar y no me importaba nada, no sabía si era lejos o no, no le das importancia al lugar”, cuenta Juan. Asegura que tampoco le tocó vivir situaciones de discriminación. Y que si bien el golf es un deporte caro, agradece que a él nunca le faltó nada, porque los dos clubes le dieron siempre lo que pedía.

    El cambio de institución también trajo un cambio en su manera de ser. Recuerda que en sus comienzos era muy tímido, pero que con los meses, a medida que las prácticas se hacían cada vez más intensas y que pasaba más horas en el club de Bulevar Artigas, empezó a relacionarse más con los socios y jugadores del lugar.

    En 2010 hubo un hecho que cambió para siempre a Juan y su incipiente carrera: la muerte de su madre. Como hijo menor era muy apegado a ella, así que el golpe fue fuerte. “Ella me hacía todo, yo no hacía nada”, recuerda a seis años de aquella pérdida. La primera vez que viajó luego de su muerte, se enfrentó a una situación hasta ese momento inédita: tendría que ocuparse de hacer la valija. Fue ese detalle tan simple y cotidiano el que casi le hace abandonar todo. “El dolor era muy fuerte, pero seguí jugando”, contó.

    En distintas notas publicadas sobre Juan se hace mención a que en el mundo del golf local muchos le dicen “Bola 8”, un apodo con un cierto toque burlón, que guarda relación con su complexión física y color de su piel. Pero ese sobrenombre, que surgió cuando jugaba en el Cerro, a él no le gusta demasiado. Consultado por galería sobre ese punto, Juan intentó restar importancia al asunto, y lo atribuyó a que le decían así porque él prefería jugar con el palo número 8.

    CONTRA LA TIMIDEZ. Cuando Juan llega a la entrevista es inevitable asociarlo con un futbolista. Primero por cómo está vestido: jean ajustado, canguro deportivo y championes. Y segundo por cómo habla: no utiliza la tercera persona tan habitual en los jugadores de fútbol, pero igual que ellos emplea frases cortas y pocas palabras, aunque diga que ahora es más extrovertido.Antes de comenzar la nota, Pérez le dice que vaya a cambiarse para las fotos. A los pocos minutos vuelve vestido de golfista: pantalón blanco, remera turquesa, zapatos de golf, gorra, guante, y un bolso con los palos. En persona es mucho más bajo de lo que aparenta en fotos y de la idea que se puede tener de un golfista. Mide 1,64 metros; esto es, 21 centímetros menos que Tiger Woods, y seis menos que el futbolista Lionel Messi, un deportista considerado de estatura pequeña.

    También en eso, Juan es un golfista atípico. Él no es esbelto, como muchos golfistas, sino más bien de complexión robusta. Quienes trabajan con él aseguran que ahora está mejor físicamente porque se cuida en las comidas. Como le gusta mucho lo dulce, intenta vigilar su alimentación. Además, a su entrenamiento habitual se sumó hace un tiempo un trabajo físico a cargo del profesor Ricardo Varela.

    Hace ya un tiempo que Juan abandonó el liceo para dedicarse a jugar al golf y dice que la vida fuera de la cancha es muy tranquila. Entrena desde las siete de la mañana hasta el mediodía y después de almorzar practicar nuevamente hasta las siete de la tarde. Luego vuelve a la casa de López. Los fines de semana siempre hay algún torneo en Uruguay o en la región, así que son días intensos. En general, los lunes no entrena y tiene tiempo libre para volver al hogar paterno —al que se refiere como “mi casa”—, visitar a su novia desde hace casi dos años o a sus amigos de toda la vida.

    En sus ratos libres le gusta escuchar reggaeton, ver películas de terror, y seguir a Peñarol. Tiene una cuenta en Facebook en la que sube fotos y resultados de sus competencias, aunque a veces publica cosas personales, como fotos con amigos. Hay ocasiones en las que Pérez u otro integrante del grupo que lo rodea le hace notar que escribió con faltas de ortografía o le recomiendan quitar alguna imagen. Todo forma parte de ese “pulido” que tratan de hacer con él, para mejorarlo dentro y fuera de la cancha.

    GOLPES Y EMOCIONES. Alrededor de Juan trabaja un nutrido grupo de gente que es atípico en un deportista amateur. El equipo está compuesto por tres entrenadores, un profesor de educación física y un coach ontológico. Pronto, además, empezará a ver a un psicólogo deportivo en el Golf del Cerro.

    “Tiene mucho de eso”, responde Pérez cuando se le pregunta si ese trabajo integral se asemeja al que hacen algunos futbolistas que surgen de contextos críticos y se los prepara para alta competencia. Además de alojarlo en su casa, Pérez ayuda a Juan en lo que puede. Fue él quien impulsó la idea de crear un grupo de trabajado en torno al deportista, y por eso es él quien coordina todos los detalles. Nunca antes se había trabajado de esa manera con un jugador, pero tampoco antes se habían encontrado con alguien como Juan.

    Fue Pérez el que propuso sumar al equipo a Marta Penadés, que trabaja desde hace tiempo como coach ontológica. Como exjugadora de golf y vinculada a la dirigencia del club, enseguida se “enamoró del proyecto”. Su tarea es fortalecer la parte emocional de Juan. “El golf como el tenis, es un deporte de carácter individual, tienen una carga emocional muy fuerte porque estás solo en la cancha. No es como en el fútbol, que tiene el consuelo o la palabra de aliento de otros jugadores. Es muy frecuente que un muy buen golfista venga jugando muy bien y en un hoyo cometa un error que le puede costar el campeonato. Hasta los grandes profesionales, faltando cuatro golpes, pueden perder un campeonato. Todo es emocional”, dijo Penadés, que se formó como coach ontológico en Chile.

    Su trabajo tiene que ver con observar el movimiento, el cuerpo y las emociones de Juan. Ella se reúne con él antes y después de las competencias, y le propone ejercicios respiratorios y posiciones corporales. Todo vinculado estrictamente al juego, nada relacionado con su vida personal, aclara.

    Hace poco que Penadés comenzó a trabajar con Juan, pero asegura que ya nota cambios. Por ejemplo, nota que dejó de mirar todo el tiempo para abajo, y que aprendió a respirar de una manera específica en la cancha: siete veces inhala, siete veces exhala. De esa manera, mientras camina entre hoyo y hoyo, no piensa en otra cosa que en la respiración.

    Juan está “muy contento” de contar con un equipo tan amplio a su alrededor. “Creo que me lo gané jugando”, asegura. Sabe que se trata de una situación poco común, pero estima que en un futuro, si las cosas dan resultado, otros podrán correr la misma suerte. No lo siente como una presión.

    DOBLE TURNO. Hace ya algunos años los logros en el deporte uruguayo tienen algo más que garra y esfuerzo. En todas las disciplinas es cada vez más necesario contar con un esquema de trabajo profesional, y lo que ocurre con Juan en el mundo del golf es una prueba más de eso.

    Más allá de la parte emocional y de las prácticas de gimnasio, Juan tiene un intenso entrenamiento que llevan adelante tres personas: el argentino Ruben Llanes y los uruguayos Diego Pérez y Sofía Toccafondi. En general, Llanes plantea un esquema de trabajo, que se ocupan de ejecutar Pérez y Toccafondi. Cuando Llanes empezó a entrenar a Juan hace dos años, lo primero que vio fue la necesidad de mejorar su técnica, para después definir las competencias en las que participaría, y ordenar los objetivos.

    El ritmo diario de entrenamiento es más intenso que el de otros jóvenes que practican en el club. En eso incide que, como dejó el liceo, cuenta con más horas que el resto de los chicos. Esa es la dinámica en Montevideo. Cuando tiene que viajar —solo o acompañado por Toccafondi—, llega un par de días antes a destino para practicar y conocer el campo de juego, luego compite, y vuelve.

    En los próximos meses está previsto que haga dos viajes importantes: uno a Estonia, para competir en el Abierto Amateur Europeo, y otro a Estados Unidos, para disputar el Abierto Amateur de ese país. Juan no se olvida del primer viaje relevante que hizo: fue a Ecuador, en 2007. “Era muy tímido; jugaba y me iba. No hablaba con nadie. Me sentía muy raro”, recuerda. Después, la lista de países se fue ampliando: Japón, Perú, Estados Unidos, Turquía, Argentina y Brasil, entre otros. Dice, sin embargo, que no conoce muchos de esos lugares porque cuando termina el torneo se sube al avión y vuelve a su casa.

    Para cubrir los gastos de esos viajes buscan fondos en el club, la Asociación Uruguaya de Golf, y la colaboración de algunos socios. “Hay apoyo entre todos. Estamos experimentando con él”, dijo Pérez, gerente de golf del club.

    La decisión de “experimentar” con Juan no es caprichosa, sino que responde a que aquellos que conocen de golf aseguran que pocas veces se ha visto a alguien con sus características y proyección, y que por eso vale la pena hacer la apuesta. Por ejemplo, Llanes dijo que lo más destacable del juego de Juan es que toma riesgos y pocas veces tiene miedo dentro de un campo de golf. “Tiene un alto grado de habilidad que le permite hacer cosas diferentes durante la competencia”, dijo el argentino. “Tiene un talento impresionante”, sentenció Pérez.

    También Eduardo Payovich, primer profesional del Club de Golf de Uruguay y columnista de este deporte en Búsqueda, hizo referencia al talento de Juan y dijo a galería que llama la atención lo arriesgado que es para la poca edad que tiene. Payovich fue cauteloso al momento de evaluar si existen antecedentes similares en el golf local, y recordó el caso de Álvaro Canessa, que fue profesional en los 80 y 90, pero indicó que no se pueden comparar las situaciones porque se tratan de épocas diferentes, tanto a nivel de entrenamientos como de equipos.

    Juan considera que su “punto fuerte” está en el juego corto y en la salida. Como elemento más débil, estimó el golfista, observa que a veces le pega “muy derecho”. “Cuando no te salen las cosas bien, tenés que buscarle la vuelta”, explicó.

    OBJETIVO 2017. Además de los viajes y competencias, en los próximos meses a Juan le espera una mudanza. Está previsto que deje la casa de Pérez para instalarse en un apartamento que le alquilará el club, que va a compartir con Esteban Frascheri, un joven golfista de Carmelo que trabaja en la Escuela del Golf.

    Pero lo más importante para el resto del año tiene que ver con los planes que seguirán Juan y su equipo vinculados con su posible pasaje al profesionalismo. Hace unos años el golfista tuvo una fugaz incursión por esa categoría, pero los resultados no fueron los esperados, y luego de cuatro torneos volvió al mundo amateur, donde hoy cosecha éxitos.

    Ahora las cosas son distintas, y se estudia con cuidado cada paso que va dando junto al grupo de trabajo que lo rodea. El objetivo está puesto en el próximo verano, para ver si puede concretarse su llegada definitiva al profesionalismo. Para eso habrá que esperar hasta febrero, justo cuando se cumpla un año de aquella tarde para el olvido en la que Juan recibió los balazos que lo llevaron al hospital y determinaron un cambio radical en su vida.