Para la familia de los jóvenes que viajan el costo ronda entre los 6.500 y los 12.500 dólares e incluye pasajes de ida y vuelta al destino elegido, ubicación en una familia anfitriona y voluntaria previamente seleccionada y entrevistada, matrículas de inscripción en las instituciones secundarias en el extranjero, seguro de salud, orientación y materiales de apoyo antes, durante y después de la experiencia de intercambio, costos administrativos, apoyo psicológico (en caso de ser necesario), servicio de emergencia de YFU las 24 horas e información y guía para el proceso de adquisición de visas. Por otra parte, recibir extranjeros no supone una recompensa económica: el anfitrión es quien ofrece comida y alojamiento, a cambio de enriquecer cultural y socialmente a su familia con la presencia del invitado en casa.
Entrevistadas por galería, tres familias uruguayas contaron su experiencia de alojar jóvenes extranjeros en sus casas y, como Parrado, Carolina Anastasiadis; el contador y empresario Carlos Lecueder; el productor cinematográfico Sandino Saravia; Agustina Escardó, estudiante de la Facultad de Medicina, y Paola Cid, maquilladora, cosmetóloga y licenciada en diseño de modas, compartieron los recuerdos y vivencias de cuando vivieron en el exterior gracias a YFU.
Independencia express. Para Parrado, vivir en Saginaw, Michigan, fue algo decisivo, aunque él lo supo a cabalidad seis años después, cuando enfrentó quizás la más extrema de las vivencias humanas. En Saginaw, “estuve nueve meses solo, decidiendo por mí, si bien estaba protegido por una familia, estaba solo, a 10.000 kilómetros. Te tenés que hacer cargo de cada uno de tus actos y de tu conducta. Porque podés patinar fácilmente en un país con otra cultura y otras libertades”, reflexiona hoy, y piensa que esa experiencia lo ayudó a afrontar el accidente en los Andes.
La idea de hacer este intercambio se la sugirió su madre, Xenia Dolgay, que nació en Ucrania y se mudó al Uruguay a los 16 años. Parrado se postuló para un intercambio de seis meses —con baile de graduación incluido, al que recuerda haber asistido con un smoking verde—, pero luego se quedó más tiempo, debido a que la familia anfitriona (que tenía dos hijos varones) decidió aprovechar su presencia para hacer un road trip de más de dos meses por el país. Si bien este intercambio significó atrasarse un año en el liceo, Parrado ganó mucho más.
Carlos Lecueder, que también estudió durante seis meses en un High School del estado de Michigan —en la ciudad de Grand Rapids—, se desafió a lograr las dos cosas: viajó a los 15 años, entre diciembre de 1966 y julio de 1967, y luego rindió los exámenes libre, para reengancharse con su generación.
“Este viaje fue muy importante en mi vida. Me hizo aprender una cultura diferente, sobreponerme al sufrimiento de sentirme solo, tener que valerme por mí mismo, vencer la timidez y perfeccionar mi inglés. Yo era muy tímido, incapaz de hablar en público. Allá tuve que enfrentar un mundo nuevo, solo, y no había lugar para timideces”, dijo el contador y empresario.Su familia anfitriona tenía seis hijos pero solo los dos menores seguían viviendo en casa. La gran diferencia con la actualidad era la falta de comunicación, destacó Lecueder. “Cuando salí de Montevideo no tenía idea de qué familia me tocaría, solo sabía que iba a la casa de William Carroll y Sra. Ni siquiera sabía si había hermanos. Entonces pactamos con mis padres que, al llegar, preguntaría cuántos hermanos tenía y mandaría un telegrama (que eran muy caros y se pagaban por palabra), con un número de 2 dígitos, donde el primero significaba la cantidad de hermanos varones y el segundo, la cantidad de hermanas mujeres. Así, al llegar, mandé el telegrama: Espléndidamente GrandRapids 4 2”.
Culturas distintas. La comunicadora Carolina Anastasiadis (34 años), tuvo a los 17 años una experiencia de seis meses en Woodsville, al noroeste de Estados Unidos, en la frontera con Canadá.
Entre las experiencias que vivió en su viaje, destacó “comer tallarines a las cinco de la tarde como cena, incluso en verano (y morirse de hambre a las 22 horas, claro está), entender que el deporte es igual de importante que otras materias tradicionalmente relevantes como la matemática o la historia; esquiar hasta cansarse; jugar al fútbol sin tantos prejuicios (por suerte ahora está cambiando un poco la cosa acá); soñar en inglés y sin subtítulos; entender que todas las familias no son como la mía y que hay millones de maneras de vivir la vida”.
“En ese viaje aprendí lo que es ser y, sobre todo, sentirse 'la distinta'. En Uruguay siempre había tenido varios grupos de pertenencia, y ahí sentí que de buenas a primeras empezaba de cero. No fue fácil. Creo que los primeros tres meses, si me daban un pasaje, me volvía; pero tenía la convicción —racional— de que era la experiencia que valía mil veces la pena y que había que aguantar”, reconoció.
“Otra de las cosas que comprendí en ese viaje fue que cualquier uruguayo que sale al exterior es un poco embajador de su país. Nadie en Woodsville tenía la más remota idea de dónde quedaba Uruguay, ni de que existía una capital al sur del sur llamada Montevideo. ¡Aún no estaba Suárez! Lo sentí una linda responsabilidad, porque me hice una amiga turca (Derya) y otra de Moldovia (Aline) a través de las cuales conocí esas culturas, totalmente distintas a la mía y también a la de EEUU”, agregó.
Por su parte, para Agustina Escardó, la experiencia tuvo un ingrediente extra, porque en su caso vivió en Hungría, entre agosto del 2009 y julio del 2010. Su destino, por eso, era bastante más desconocido que EEUU, y no hablaba ni una palabra en húngaro. “Como la gran mayoría de estudiantes que llegan a YFU yo no tenía Hungría en mente, pero sabía que quería ir a un país en Europa y aprender un idioma nuevo; así que cuando en YFU me lo dieron como una opción decidí averiguar sobre el país. En seguida quedé enamorada de las fotos que vi. Hungría es un país más chico que Uruguay en superficie pero tiene tres veces la población. No tiene salida al mar pero tiene el lago más grande de Europa, el Balaton, que es hermoso. Su capital, Budapest, está dividida por el Danubio en Buda y Pest: Buda es más verde y montañosa, mientras que Pest es más ciudad. Quedé enamorada de los distintos paisajes que hay y de su arquitectura impresionante. El clima allá va de más de 30ºC en verano a -10°C o menos en invierno, entonces también tuve la experiencia de vivir con nieve y tener una Navidad como la de las películas”, dijo.
Agustina, que tiene 24 años, cursa sexto de Facultad de Medicina y cuando viajó tenía 17. Vivió en Várpalota, a 60 kilómetros de Budapest. “Las diferencias culturales más grandes se ven en el día a día; en la comida —más que nada guisos, poca verdura, siempre platos muy calientes en cualquier época del año— o la hora a la que cenan, que es entre las 16 y las 18 horas, y que cuando entran a las casas se sacan los zapatos y los dejan junto a la puerta. Otros cambios era en las fiestas: ellos tienen fechas propias del país, y cada pueblo a su vez celebra su aniversario; y las clásicas fiestas como Navidad también hay diferencias. Comenzamos el 24 cenando en la casa de la abuela, de ahí fuimos a comer a la casa de unos amigos y por último también comimos nosotros seis solos en la casa. ¡O sea que cenamos tres veces! Luego vinieron los regalos, los intercambiamos y a la medianoche yo esperaba fuegos artificiales, pero allá solo están permitidos el 31 de diciembre, así que me saludaron y se fueron a acostar. ¡Quedé como que me faltaba algo!”, dijo.
De papas y abrazos. El productor cinematográfico Sandino Saravia, que lleva tres años radicado en México, realizó un intercambio de un año en Holanda entre 1996 y 1997, al volver decidió ser voluntario de YFU. Cuatro años después comenzó a trabajar en las oficinas de la institución en Montevideo, hasta 2004.
“Mi idea era ir a EEUU, pero estaba por cumplir 18 años y las secundarias allí eran más estrictas en cuanto a la edad, cosa que no sucedía en Europa: Dinamarca, Suecia, Noruega y Holanda sí me aceptaban. Así que elegí Holanda porque me pareció que estaba más cerca del 'centro' de Europa”, contó.
Entre las cosas que más le llamaron la atención fue “el uso masivo de la bicicleta, incluso para salir a la noche con amigos. Y siempre papas en la cena. Eso ha cambiado con los años, lo pude notar con mis posteriores visitas”, dijo. “Otra cosa muy fuerte para un uruguayo fue la carga horaria de estudio, que hacía casi imposible ver amigos durante la semana. Los holandeses se toman muy en serio la escuela. Recuerdo que uno de mis hermanitos de 12 años anotaba, en su agenda, ir a visitar a su mejor amigo la próxima semana. ¡Que vivía en la otra cuadra!”, recordó.
¿Por qué decidió, al volver, ser voluntario? “Haber vivido un año en Holanda me sirvió para ver con otros ojos a otras culturas, y adaptarme rápido y fácilmente a otros ambientes. Creo que esta experiencia nos ha cambiado a todos lo que la vivimos. También se crea una cierta conexión entre quienes vivieron la experiencia, y el voluntariado en YFU es esa posibilidad de seguir disfrutándola, compartirla con otros que pasaron por lo mismo y ayudar a los que llegan a tu país. Fueron años de sentir una especie de hermandad”, explicó.
Paola Cid, maquilladora, cosmetóloga y licenciada en diseño de modas, vivió seis meses en el estado de Washington en 2008. Llegó con 18 años recién cumplidos y para ella su viaje supuso “desarrollar una capacidad de resolver problemas o tomar decisiones por mí misma, cosa que hasta ese entonces no sentía la necesidad de hacer”. También aprendió que no todas las culturas son tan cálidas como la latina: “Cuando me fui del aeropuerto de Carrasco rumbo a Washington toda mi familia estaba acompañándome. Hubo lágrimas, cartas, abrazos y un montón de cosas que hicieron de ese momento uno superemotivo. Sin embargo, cuando llegué a destino me esperaba mi host dad (como le dicen al padre anfitrión) con un cartel que decía ‘CID’. En el momento que lo visualizo voy hacia él y lo saludo con un beso, pero él me saca el cuerpo y me da la mano muy serio, poniendo distancia. ¿Qué hago acá?, me pregunté. Pero en el transcurso de los meses se generó un lindo intercambio, donde yo me adaptaba a su modalidad de demostrar cariño y ellos, a mi calidez”. “El último día mucha gente quería acompañarme al aeropuerto pero mi host dad insistió en ir él. Al llegar a la zona de embarque me dio un abrazo único, y muy emocionado me agradeció por haber conocido a alguien tan cariñoso. En lo personal, ese momento marcó mi intercambio porque sentí que fui capaz de devolverle a mi host family un poquito de todo lo que me dieron y apoyaron durante mi estadía. Años después volví a verlos y fue como si nada hubiera cambiado, un cariño inmenso y la gratitud por haberme ayudado a crecer, madurar y ser la persona que soy hoy”, dijo.
Ser anfitrión. Con una altura superior al promedio uruguayo y sus colores de rubio nórdico, el finlandés Luukas Tuori seguramente no pasa inadvertido en los pasillos del Christian, el liceo al que asiste durante su intercambio en Uruguay.
La casa que lo hospeda también es atípica: generalmente, los “padres” son parejas grandes con hijos adolescentes —se busca esto pensando en que el huésped extranjero tenga compañía de edad similar—, pero Herman Wiedemann y María Campiotti son dos jóvenes recién casados que quisieron vivir la experiencia en su propio hogar antes de que, quizás, la llegada de un hijo los llevara a postergarla por varios años.
De todas formas, Wiedemann, que desde hace tres años es el director de YFU en Uruguay, había realizado un intercambio en 2001 a través de la organización —estuvo en Olinda, en el estado de California— y al volver alojó a extranjeros durante dos períodos en su casa paterna, además de colaborar como voluntario activo de YFU.
“Mi principal miedo era cómo se iba a adaptar Luukas a nuestra rutina, porque trabajamos mucho y tenemos distintos grupos de amigos, no sabía cómo iba a ser tener a un adolescente en casa”, contó Campiotti. “Para mí era un desafío porque estamos más cerca en edad de ser sus primos o tíos que de ser sus padres o referentes adultos”, agregó.
“Somos jóvenes y podemos ser más cancheros de cierta forma, pero también tenemos que ser firmes y marcar límites; es una responsabilidad. Y con el tema del estudio, por ejemplo, marcar que es importante”, agregó Wiedemann. Luukas va a clases como oyente pero algunas materias que son en inglés se acordó que a fin del curso rindiera el examen correspondiente, sobre todo para que tenga un estímulo.
Oriunda de Suiza, Shana Frank (17) vive en la casa de Walter Ferjancih y Adriana Laca, junto a sus hijos Natasha (16) y Yevgeng (13). Ferjancih —que trabaja en la edición periodística del noticiero de Canal 10 y coordina los móviles en vivo— se enteró de la existencia de este tipo de intercambios y enseguida se convenció de que sería una experiencia enriquecedora para la familia. Además, confesó, también lo hizo pensando un poco en la posibilidad de que sus hijos lo hagan en un futuro.
Shana, que cursa 5ª Humanístico en el Colegio Santa Teresa de Jesús, explicó que la institución permite elegir el país pero no qué ciudad o pueblo será el destino, entonces entre las opciones que manejaba —Chile, Argentina, Paraguay y Uruguay— destacó las primeras dos por el peligro de ser enviada a las frías zonas patagónicas; de Uruguay la tentó que tuviera costa oceánica. Su ciudad natal, Olten, está al norte de Suiza, muy cerca de Alemania —de hecho, allí se habla alemán— y aquí se comunica con un español que mejora día a día, y con el inglés, que ayuda. Eso es algo que comparte con la mayoría de los jóvenes que van o vienen: que este idioma sirva como puente.
Carmen Barquero, una alemana de 16 años, también buscaba la cercanía con el mar y dice estar sumamente agradecida de que le haya tocado vivir en El Pinar por la playa y la tranquilidad. De la posibilidad de coordinar su intercambio a través de YFU se enteró por una hermana, que lo hizo previamente con Ecuador; décadas atrás lo hizo también la madre de ambas. Si bien su padre es español —eso explica su nombre y apellido— aún debía mejorar el manejo del idioma. ¿Y por qué Uruguay? “Porque dicen en general que es muy amigable, pequeño, con bajo índice de criminalidad para ser América Latina. Según Internet, el país es el más friendly de Sudamérica”. Carmen cursa cuarto año en el Liceo Nº 1 de El Pinar, y estará en Uruguay por 11 meses. Parte de su intercambio está pago por una beca del gobierno de su país, que recibió por tener un alto promedio de calificaciones.
La nueva “hermana” de Carmen es Brisa, una chica de 13 años que descubrió el año pasado la existencia de YFU durante sus clases de inglés y le insistió a sus padres, Marcos Decia y Patricia Espinosa, hasta que este año logró el sí. Patricia trabaja como enfermera en un hospital pero antes lo hizo como guía turística y está fascinada por el interés de su hija en los idiomas, intercambios, viajes y asuntos internacionales.