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    Y Caperucita mató a la abuela

    N° 1974 - 21 al 27 de Junio de 2018

    Somos lo que leemos, las películas que miramos, lo que consumimos. Los cuentos infantiles en el pasado cumplieron la función de instruir valores morales, rituales, creencias, miedos y supersticiones a una comunidad. Formaban parte de la educación que se deseaba impartir, del adoctrinamiento para la vida que los padres daban a los hijos. Enseñanzas, moralejas.

    La caperucita de Perrault, una niña preciosa, objeto de deseo, es ingenua pero tiene una cuota de atrevimiento, por su caperuza roja, color de la sensualidad. ¿Qué niña que leyera Caperucita roja de Charles Perrault, en el siglo XVII, podría pasar por alto la lección final de que la desobediencia se paga caro? ¿Y qué niña que leyera Caperucita roja de los hermanos Grimm —siglo XIX— podría ignorar que la libertad y la vuelta a la vida la trae un hombre (un cazador, además)?

    Los cuentos de hadas que leímos en nuestra infancia venían escritos por hombres y respondían a un modelo patriarcal. Las mujeres que proponían eran irreales, o por lo menos modelos maniqueos: por un lado bellas, jóvenes, inexpertas y buenísimas; por el otro brujas malvadas y madres postizas competitivas. Los leíamos con ingenuidad. Si no cuestionábamos que los animales hablaran, menos íbamos a cuestionar que la protagonista fuera tonta o pasiva ni íbamos a darnos cuenta —no conscientemente, al menos— de la carga sexual que los cuentos de hadas contenían.

    Bruno Bettelheim en Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1977) afirmó que: “Los cuentos de hadas enfrentan debidamente al niño con los conflictos humanos básicos”. Justifica la polarización (por ejemplo, buenos y malos o bellos y feos bien definidos) asegurando que: “Las ambigüedades no deben plantearse hasta que se haya establecido una personalidad relativamente firme”. El devenir de la literatura infantil —de la cual da cuenta la nota que publicamos en este número­— va por otro camino.  Ya en el siglo XX, aquellos viejos cuentos, Caperucita, Blancanieves, La Bella Durmiente, fueron quedando atrás o sus estructuras fueron movidas por la relectura que de ellos hicieron otros escritores. La inglesa Angela Carter abrió cabezas y mostró que esos cuentos podían escribirse y leerse de otra manera. En La cámara sangrienta (1979) reescribió las historias de Barba Azul, la Bella y la Bestia, el Gato con Botas, Blancanieves, Caperucita. Por ejemplo, en su cuento En compañía de lobos la niña ya no es engañada por el lobo, sino que le tiene lástima, se entrega con placer y finalmente lo conquista sexualmente. Estudia el costo/beneficio: “Puesto que de nada le servía su miedo, cesó de tener miedo”. Carter, transgresora, se mete con el asunto de la negociación entre predador y presa, es decir, con la cuestión del poder.Carter escribió para adultos. Hizo tres versiones de Caperucita, todas con un contenido sexual (asunto que se ha vuelto mainstream: en cualquier juguetería de Montevideo se consigue una muñeca tipo Barbie pero que se llama Cerise Hood, y es la hija de Caperucita y el lobo). La versión de Caperucita más interesante es The werewolf (traducido como El hombre lobo) donde la niña, al encontrar al lobo, con el cuchillo de su padre le arranca la pata derecha: “El lobo tragó saliva y dejó escapar un sonido, casi un sollozo, cuando vio lo que le había pasado; los lobos son menos valientes de lo que parecen”.Ya se ha estudiado que la Abuelita representa lo patriarcal, lo castrador, incluso como una figura que compite con su nieta. Entonces, Carter hace que Caperucita la mate: “De un tirón sacó el paño de su canasta para hacer compresas para la anciana, entonces la pata del lobo cayó al suelo. Pero ya no era una pata de lobo. Era una mano, cortada por la muñeca, una mano curtida por el trabajo y llena de pecas por la edad. Había una sortija de matrimonio en el dedo medio y una verruga en el dedo índice. Por la verruga se dio cuenta de que era la mano de su abuela. La niña retiró la sábana pero, al hacerlo, la vieja se despertó y comenzó a resistirse con violencia, gritando y chillando como si estuviera poseída. Pero la niña era fuerte, y estaba armada con el cuchillo de caza de su padre; logró contener a su abuela lo suficiente para descubrir la causa de su fiebre. Había un muñón sanguinolento en el lugar donde debía estar su mano; ya estaba supurando.La niña se persignó y gritó tan fuerte que los vecinos la escucharon y se apresuraron a llegar. Ellos saben de inmediato que una verruga en la mano es el pezón de una bruja; se llevaron a la vieja en su camisón, la sacaron a la nieve a palos, golpeando su viejo cadáver hasta los límites del bosque, y la apedrearon hasta que cayó muerta”.Junto con el pueblo, la niña mata a su abuela —que representa el machismo, y todos los prejuicios y estereotipos del pasado— y se queda con la casa y prospera. (El final es brillante: Now the child lived in her grandmother's house; she prospered).Los académicos subrayan este final, que nos hace parte a los lectores, que sabremos si valorar o rechazar el mensaje de Carter. Quizá la niña se haya vuelto una bruja ella misma. Como todo cuento de hadas, el de Carter es una proyección de nuestros deseos y miedos. Al tener miedo de nuestra propia capacidad de hacer el mal, creamos monstruos de mentira externos. Carter subvierte todo y su cuento se parece más a la vida.En su momento, la inglesa fue incomprendida y murió joven y con poco éxito. Hoy es la autora más estudiada en las universidades inglesas. Hay que leerla.