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Arte y arquitectura en el palacio Acosta y Lara

Con un siglo de antigüedad, este edificio de Ciudad Vieja recuperó su esplendor con una intervención que respetó sus orígenes, pero imprimió aires modernos

La riqueza arquitectónica de Montevideo, especialmente la creada a principios del siglo pasado con inspiración europea, en épocas de efervescencia económica del país, es sin dudas la que alimenta ese ADN ecléctico que caracteriza a la ciudad. Sin embargo, muchos edificios que hacen honor a esa era cruzaron generaciones y distintos estados de conservación o abandono, hasta gozar hoy de una segunda vida gracias a personas que se han puesto al hombro desafíos impensados, y han rescatado no solo muros sino historias y posibilidades de narrativa de la cultura local.

La génesis. La residencia en Montevideo de Manuel Acosta y Lara, un excéntrico escritor vinculado al ocultismo, se construyó en 1924, encomendada a uno de sus hermanos, el renombrado arquitecto Armando Acosta y Lara, quien logró plasmar con maestría las particulares demandas establecidas por el primero. Otro hermano, Horacio, también arquitecto, había sido el primer decano de la Facultad de Arquitectura e intendente de la ciudad.

La casa, ubicada en Ciudad Vieja, fue construida con materiales nobles de la época y decorada por el impecable trabajo de artesanos y artistas. Una obra cumbre de la arquitectura residencial de las primeras décadas del siglo XX en Uruguay.

La transición. Hacia la década de 1950, tras el fallecimiento de su primer propietario, la casa es adquirida por otro singular personaje de la historia local, el médico Víctor Soriano, quien la habita durante medio siglo, hasta el año 2000. Allí, además de su hogar establece su clínica de neurología y agrega el observatorio astronómico. Soriano fallece en 2005, cuando ya llevaba unos años viviendo en el hotel Hermitage de Pocitos. La casa, mientras tanto, cargaba ya con décadas de falta de mantenimiento, a lo que suma 10 años más cerrada, hasta que la compra un extranjero con intenciones de hacer un edificio de apartamentos. Hasta ese momento la casa se mantenía como una cápsula del tiempo, conservando gran parte de su mobiliario original y todas las pertenencias de Soriano, incluida su biblioteca, que abarcaba seis habitaciones en las plantas superiores. Todo termina siendo regalado, vendido o desechado. El proyecto para demoler el interior y hacer apartamentos se frustra. Gracias a esto, se salvan de ser vendidas a un anticuario los frentes de estufa, las columnas de mármol del hall de entrada y la fuente de Carrara con una Venus hincada.

La recuperación. En 2017 comienza un exhaustivo proceso de recuperación. La determinación y la dirección creativa de Gabriel Rodríguez Arnábal, su nuevo propietario, le devolvieron su esplendor, y hoy continúa la historia de esta joya del patrimonio arquitectónico de Montevideo.

Rodríguez Arnábal es el match perfecto como promotor visionario para este tipo de proyectos: amante del patrimonio, con amplia cultura global en sus espaldas y perteneciente a una familia de artistas, que ha absorbido a lo largo de viajes, visitas y vinculaciones las innumerables posibilidades del arte como valor agregado de cualquier proyecto. En este caso, además, el objetivo no está planteado como un hecho aislado, sino como catalizador para inversiones que permitan desarrollar proyectos similares en el área y promover la recuperación de la Ciudad Vieja.

Cuatro años, 2.000 m2 intervenidos y un presupuesto generoso después, el lugar es el resultado de una obra titánica, minuciosa y respetuosa que resalta lo mejor de la arquitectura clásica ecléctica, de los oficios implicados para generarla y, sobre todo, del reflejo de una época montevideana de esplendor que miraba a Europa en varios frentes.

Según Rodríguez, su objetivo al decidir cada terminación e instalación fue que lo agregado pudiera ser revertido si en otro momento el lugar tenía un uso distinto.

Si bien casi todas las intervenciones estuvieron alineadas con el estilo predominante de la casa, el área de baños sociales tomó una línea totalmente moderna, con tabiques espejados, bachas y mesadas de piedra, y alzada de espejo recostada contra un vitral exterior. Otras recuperaciones han requerido creatividad extrema, como la réplica de molduras que ya no hay en el mercado, difíciles de imitar pero que la madre de Gabriel, ceramista y artista plástica, dio con la forma al aplicar moldes de silicona para producir nuevas piezas siguiendo las pautas idénticas a lo existente.

El equipamiento combina piezas encontradas en remates, obras de arte de herencia familiar, mobiliario moderno de líneas italianas, y también óleos de Juan Manuel, hermano de Gabriel, pintor cuyos cuadros asombran en el entorno por el contraste que generan en el conjunto del escenario.

Atracción a primera vista. Desde el momento en que entró por primera vez a la residencia, Rodríguez sintió una atracción magnética con el lugar. A pesar de la imagen decadente que presentaba, fue como si viera la casa ya terminada. Desde el inicio se propuso que la clave del proyecto de rehabilitación debía ser devolver el esplendor original a esta vivienda de características excepcionales. Por lo tanto, se entendió y transmitió a los proveedores y subcontratos que la tarea más noble y respetuosa que se podía llevar adelante sería recuperar tanto como fuese posible, procurando la menor cantidad de modificaciones y alteraciones respecto al proyecto original. Avizorando la necesidad de futuros nuevos usos que excedieran al programa, se decide agregar dos baños en planta baja y crear un jardín abierto sobre el primer nivel.

Hasta entonces el palacio Acosta y Lara había sido una joya escondida del patrimonio arquitectónico de Ciudad Vieja. Ahora la idea era abrir sus puertas para eventos, fomentando la apreciación hacia el patrimonio arquitectónico de la zona.

El proyecto de rehabilitación comenzó en 2017 e insumió dos años. El estado interior del edificio era calamitoso: revoques y molduras cayéndose, sectores inundados, pisos de madera podridos y hasta la escalera secundaria que comunica las cuatro plantas colapsada. Afortunadamente, el inmueble no había sido sometido a reformas, y si bien la instalación eléctrica y sanitaria eran las originales, esto también significó que los baños de planta alta se pudieran conservar con sus revestimientos de mayólica en las paredes y mosaico de Gres en los pisos. Nuevamente todo se conservó, aún contemplando las necesidades de uso actuales. De la misma forma, la cocina se planteó como un híbrido entre el pasado y el presente, conservando sus pisos de terrazzo italiano y sectores de las paredes con antiguo azulejo blanco, que fue retirado y vuelto colocar.?Cada centímetro cuadrado del interior del edificio debía ser hecho de vuelta y el objetivo era que no se percibiera como una intervención disruptiva en cuanto a los valores del inmueble, sino potenciadora. Con el mismo espíritu se llevó adelante la tarea de volver a dotar al palacio de mobiliario. Desde piezas provenientes de anticuarios y remates hasta muebles modernos de alta gama, se buscó recrear el espíritu de 1924, incorporando nuevos elementos que responden a nuevos hábitos.?Consultado acerca de si hay algún tipo de apoyo o estímulo del gobierno por la restauración o puesta en valor de este tipo de propiedades, Rodríguez asegura que “actualmente en Uruguay no existen incentivos específicos para la rehabilitación de inmuebles de valor patrimonial por parte del Estado. No estoy diciendo que el Estado tenga que invertir ni mucho menos hacerse cargo económicamente del patrimonio arquitectónico en toda extensión, para nada. Sería inviable hasta en el primer mundo. Pero de lo que sí necesitamos que se haga cargo es de marcar la pauta y dar las condiciones para que el sector privado perciba un beneficio tangible en la recuperación y conservación de estos inmuebles, que son un recurso muy importante para el país”.

Nueva etapa. La residencia está ahora a la venta, pero servirá como emblema de la iniciativa de salvataje de construcciones similares que seguramente vendrán, bajo el ala de la Fundación Patrimonio Rodríguez Arnábal, dedicada a recuperar edificios relevantes y dotarlos de otra vida y otras posibilidades.

En los últimos meses, se hizo una intervención general en los distintos espacios y actualmente alberga una selección de arte contemporáneo de gran relevancia, de la mano de artistas, muchos de ellos ganadores de premios internacionales, como Juan Burgos, Rita ­Fischer, Margaret Whyte o Juan Manuel Rodríguez ­Arnábal. Esta es la impronta de lo moderno, que conecta con el pasado y se integra a un programa de eventos corporativos de pequeña escala que se están llevando a cabo para darle vida a la casa al tiempo que contribuyen a su mantenimiento y permanencia.