Me alegro de que mi madre haya muerto, el libro que revela los abusos que sufrió la actriz de iCarly

Jennette McCurdy cuenta cómo fue obligada a actuar, a lucir como una muñeca, a reducir la cantidad diaria de calorías y a soportar contactos físicos excesivos

Tiene la piel lisa y brillante. Sus ojos azules enmarcados por pestañas largas, encorvadas y pintadas de negro. Labios rosados con brillo en una sonrisa pícara, que no deja entrever los dientes. Su pelo rubio está recogido en una cola de caballo prolija, sin mechones librados al azar. Viste un conjunto sastrero en color rosado. Sostiene con sus manos un objeto también rosado: un jarrón de esos típicos en los que se guardan las cenizas de los muertos. El jarrón está semitapado y deja asomar pedacitos de papel tipo serpentinas, también rosadas, que simulan esas cenizas. Simulan las cenizas de su madre. El fondo de la imagen es también rosado, porque ese era su color favorito.

Esa es la descripción de la portada del nuevo libro de la actriz y escritora estadounidense Jennette McCurdy, de 30 años, conocida, entre otras cosas, por interpretar el papel de Sam Puckett en la serie juvenil iCarly de Nickelodeon. El título del libro es Me alegro de que mi madre haya muerto. Así, duro, directo. Y para ofrecer un pequeño adelanto del tono de humor e ironía que caracterizan al libro es que ese título se acompaña de la foto con el jarrón de cenizas.

“Quería algo que fuera realmente audaz. Que llamara la atención y que, con suerte, las personas con sentido del humor lo entendieran. También creí que cualquiera que hubiera sufrido abuso por parte de sus padres lo entendería. No me sentía tan preocupada porque sabía que habría algunas personas que dirían ‘no entiendo ese título’, pero pensé que eso estaría bien”, dijo Jennette en entrevista con la actriz Drew Barrymore para su programa televisivo The Drew Barrymore Show en octubre de 2022.

Me alegro de que mi madre haya muerto es una autobiografía de Jennette McCurdy y, en cierto modo, también una biografía de su madre. Y es que la joven actriz vivió para ella. Vivió su sueño, estuvo siempre a la merced de sus requerimientos y deseos.

Jennette era la hija favorita de Debra McCurdy, quien falleció de cáncer de mama en 2013. Años antes, ya había contraído la enfermedad, pero había logrado curarse tras sesiones de quimioterapia, radiación, un trasplante de médula ósea y una mastectomía. Antes de que el cáncer volviera a aparecer y terminara causándole la muerte, Debra disfrutaba de contar su historia de supervivencia y la usaba para ganar privilegios en distintos entornos.

<em> Foto: Kena Bentancur, AFP</em>Foto: Kena Bentancur, AFP

Su hija no soñaba con ser actriz. Ni siquiera pudo manifestar qué quería ser, ya que con solo seis años Debra fue quien la llevó a su primer casting para televisión. Ser actriz era el sueño frustrado de su madre, lo que le hubiera gustado ser y no pudo porque sus propios padres no se lo permitieron. Ella daba todo de sí para que su hija menor actuara, y Jennette se sentía obligada a mostrar que le gustaba hacerlo, aunque esa no fuera la realidad. En ese primer casting, a sus seis años, no le fue demasiado bien. El director le dijo a su madre que era importante que la niña realmente quisiera actuar. “Quiere esto más que nada”, aseguró Debra. Pero, en su libro, la joven confiesa: “Mi madre quería esto más que nada, no yo”.

La actriz que encarnó a Sam Puckett en iCarly vivía en una casa en la que reinaba el caos. Su madre padecía síndrome de Diógenes y acumulaba cualquier tipo de cosas. Incluso cuando alguien rompía una taza, un plato, un vaso o lo que fuera, ella juntaba las partes y las guardaba en una bolsa transparente a modo de recuerdo. Cuando era una bebé, Jennette y sus tres hermanos varones dormían en dormitorios, pero ese “lujo” duró poco. Un día esos dormitorios se transformaron en depósitos de millones de cosas y los niños comenzaron a dormir en colchonetas de gimnasia sobre el piso del living.

A pesar del caos, la familia McCurdy mantenía una tradición: ir al templo mormón a rezar y practicar su religión. Para Jennette, las tres horas que duraba la ida al templo eran de felicidad. Eran una vía de escape de su lugar más odiado: su casa, según cuenta en el libro.

Su casa no era su lugar más odiado solo por la acumulación de cosas. Ni tampoco lo era solo porque había perdido su dormitorio y tenía que dormir en una colchoneta en el living. Además de todo eso, Jennette tenía que cumplir de forma rigurosa las órdenes de su madre. Y además asegurarse de que sus hermanos hicieran caso. Y además preocuparse por sus abuelos, que vivían con ellos, y por su padre y por toda la familia.

Más que su niña mimada, ella era una obsesión para su madre. Un objeto que poseía y atesoraba como un diamante. A los ocho años, seguía limpiándole la cola con una toallita húmeda después de ir al baño, a pesar de que ella trataba de decirle que podía hacerlo sola. Hasta los 16 años no podía bañarse sola: su madre también la bañaba. Cuando lo hacía, examinaba sus pechos y su vagina de forma invasiva, algo que obligaba a la niña a pensar en otra cosa para escapar, al menos con su mente, de ese momento traumático. La excusa era asegurarse de que no tuviera ningún bulto o protuberancia que pudiera hacer sospechar de un cáncer. Con esa excusa, Jennette permitió durante años lo que ahora, con 30 años, reconoce como abuso.

Su padre siempre fue una figura bastante ausente. Tenía dos trabajos y casi siempre llegaba a casa por la noche. Iba directo a su cuarto y se acostaba a dormir. Sí, él tenía cuarto. Aunque también estaba lleno de cosas, aún quedaba lugar para acostarse en una cama, corriendo de encima otras tantas cosas. No dormía junto con Debra porque el vínculo no era bueno. Peleaban, discutían de forma constante, la mujer llegaba incluso a amenazarlo con un cuchillo y a echarlo de la casa en algunas ocasiones. Ella dormía en el living con sus hijos. A veces en el sillón, otras en una colchoneta igual a la de los niños.

Jennette no era feliz. Tampoco tenía espacio para mostrarse triste, era una simple marioneta de su madre. Como actriz, uno de sus más grandes talentos era el de llorar de manera forzada cuando quisiera. En un capítulo del libro cuenta que un día su abuelo le dijo que merecía ser una niña y que no tenía que preocuparse por toda su familia. Allí lloró de forma natural y en ese momento no recordaba la última vez que lo había hecho.

<em> Jennette McCurdy con su madre, Debra, en 2009. Foto: Frederick M. Brown, AFP</em>Jennette McCurdy con su madre, Debra, en 2009. Foto: Frederick M. Brown, AFP

Nickelodeon y “el Creador”. La madre de Jennette, obsesionada con ella y con su cuerpo, quería mantenerla como una niña. No quería que creciera, ni que le creciera nada. A la vez quería que fuera una muñeca, perfecta. Teñía su pelo, la maquillaba, le blanqueaba los dientes y, sobre todo, controlaba su alimentación de forma hiperestricta. De muy pequeña le enseñó el concepto de “restricción de calorías”, una costumbre que luego devino en anorexia, bulimia y atracones.

Como la joven actriz y sus hermanos no iban a la escuela, sino que hacían home schooling (educación en casa), no mantenían contacto con otros de su edad. A los 15 años, cuando quedó seleccionada para integrar el elenco de iCarly, conoció a Miranda Cosgrove, la protagonista del show, y quedó deslumbrada ante su estilo de vida tan independiente. La actriz que interpretaba a Carly Shay caminaba sola a comprarse comida a un restaurante distinto cada día y escuchaba canciones de Gwen Stefani y Avril Lavigne. Jennette conocía a esas artistas, pero su madre no la dejaba escucharlas porque decía que esa música podía darle ganas de hacer cosas malas. Miranda decía malas palabras como “mierda” y “culo” y usaba el nombre de Dios en vano hasta 50 veces por día, según recuerda la escritora en su libro.

De la admiración surgió la amistad entre las dos actrices adolescentes. Se llevaban muy bien en el set y seguían sus charlas por Messenger, otra de las vías de escape de Jennette para distraerse y reírse. Su amistad siguió incluso después de que iCarly llegara a su fin.

Pero no todo era diversión durante aquellos días en los estudios de Nickelodeon. En Me alegro de que mi madre haya muerto, Jennette introduce a un personaje real al que llama “el Creador”. Se trata de uno de los productores de iCarly al que describe como una persona con dos caras. Una de ellas era generosa y cortés, en exceso. Sabía cómo hacer sentir a alguien importante. Pero su otra cara era malintencionada, controladora y aterradora. Jennette cuenta que incluso lo vio hacer llorar a gente adulta, hombres y mujeres, con sus insultos y degradaciones.

El Creador presentaba también actitudes abusivas hacia la autora del libro. Durante unas pruebas de vestuario, les hizo sacarse fotos en bikini, algo que se presume era innecesario. Jennette jamás había usado esa prenda, se sentía incómoda y sexualizada. El Creador le prometió, durante mucho tiempo, que si ella seguía actuando como lo hacía, acatando sus órdenes y consejos y dejándose guiar por él, algún día tendría su propio show: un spin-off de iCarly.

“Aunque una parte de mí aprecia al Creador, otra parte de mí le tiene miedo, y la idea de hacer todo lo que el quiera me intimida”, pensaba Jennette en aquel momento, según expresa en su libro.

Las actitudes del Creador fueron creciendo y tornándose más y más abusivas. En ocasiones incentivaba al elenco de iCarly a tomar alcohol, aunque todos fuesen menores de edad. Los comparaba con los integrantes del show Victorious, que, según decía, “se emborrachaban todo el tiempo”. Jennette jamás había probado alcohol, pero se sentía obligada a hacerlo. En otra ocasión, el Creador la notó triste y, para consolarla, la abrazó y acarició su rodilla de una forma que a la adolescente se le puso la piel de gallina. Entonces, le dijo que estaba muy tensa y comenzó a masajear sus hombros. “Me gustaría decir algo, decirle que se detenga, pero tengo tanto miedo de ofenderlo”, pensaba ella entonces.

<em> Jennette con Miranda Cosgrove, protagonista de iCarly. Foto: Jason Merritt, AFP</em>Jennette con Miranda Cosgrove, protagonista de iCarly. Foto: Jason Merritt, AFP

El #MeToo de Nickelodeon. El spin-off que el Creador le prometía a Jennette llegó a emitirse. Se llamó Sam & Cat y la tuvo a ella como protagonista, junto con la cantante pop Ariana Grande. El hombre redobló su apuesta y le prometió también que dirigiría algún capítulo de su show, pero, en ese caso, la oferta nunca se llegó a concretar.

Cuando Nickelodeon se enteró de que la exprotagonista de iCarly y de Sam & Cat estaba escribiendo una autobiografía, y que era probable que incluyera su experiencia en la red televisiva, la joven recibió un llamado. Del otro lado, varios managers y productores anunciaron que su último show quedaba cancelado. “El Creador se ha metido en problemas desde la red por las acusaciones de su abuso emocional. Siento que ha tardado mucho en llegar, y debería haber sucedido mucho antes”, dice Jennette en su libro.

La actriz recibió como una buena noticia la de la cancelación, y así lo expresó a quienes se encontraban del otro lado del teléfono. A continuación, le ofrecieron un “regalo de gratitud”: 300.000 dólares. Pero ese dinero implicaba una condición: que ella jamás hablara públicamente sobre su experiencia en Nickelodeon, específicamente lo relacionado con el Creador.

Aunque entendía que se trataba de una gran suma de dinero, Jennette lo rechazó.

“¿Qué carajos? ¿Nickelodeon me está ofreciendo 300.000 dólares a modo de silencio para que no hable públicamente sobre mi experiencia en el show? ¿Mi experiencia personal de abuso por parte del Creador? Este es un canal con shows hechos para niños. ¿No deberían tener cierta orientación moral? ¿No deberían al menos tratar de alcanzar algún tipo de estándar ético?”, escribe la joven en su libro.

Las primeras versiones de prensa que anunciaban la noticia de la cancelación de Sam & Cat decían que el motivo era que Jennette estaba enojada con el hecho de que su coprotagonista (Ariana Grande) ganara más que ella. En el libro aclara que la diferencia de salarios no era mentira, pero la realidad es que su manager dijo que el show había sido cancelado por una denuncia de acoso sexual contra uno de los productores.

Aunque Jennette decidió hacer públicas varias situaciones de abuso por parte de uno de los productores de Nickelodeon, nunca explicitó su nombre. Tras la publicación del libro, se supo que se trataba de Dan Schneider, quien también dirigió Zoey 101 y otras tantas series que fueron un éxito en su momento. La exprotagonista de iCarly formalizó su denuncia y no fue la única. A ella se unieron actrices que integraron producciones de Nickelodeon como Amanda Bynes y Erin Sanders. La red de televisión infantil-juvenil cesó su relación laboral con Sanders en 2018 y, en la actualidad, su caso continúa en manos de la justicia.

Después de la muerte. Cuando la madre falleció, en 2013, Jennette por fin pudo aceptar que no le gustaba actuar. En cambio, desde hacía tiempo disfrutaba mucho de la escritura. Incluso una vez escribió un guion de unas 100 páginas y corrió a mostrárselo a su madre con entusiasmo, pero ella reaccionó de forma negativa. Temía que su hija prefiriera escribir antes que actuar; Jennette renunció a la escritura y siguió en la actuación.

En 2017, la autora de Me alegro de que mi madre haya muerto empezó a perseguir su objetivo de escribir y dirigir. Sus cortometrajes fueron destacados en festivales; ha escrito ensayos para el HuffPost y el Wall Street Journal; y su espectáculo unipersonal Me alegro de que mi madre haya muerto agotó dos funciones en el teatro Lyric Hyperion y Hudson Theatres en Los Ángeles. Además, conduce un podcast llamado Empty Inside, que ha alcanzado la cima del ranking de entrevistas que hablan sobre temas incómodos. Su primer libro fue un éxito en ventas y ya llegó a Uruguay en su versión en español.

Me alegro de que mi madre haya muerto, de Jennette McCurdy. Editorial Simon & Schuster, 305 páginas, 890 pesos.

Me alegro de que mi madre haya muerto, de Jennette McCurdy. Editorial Simon & Schuster, 305 páginas, 890 pesos.