Foto: Kena Bentancur, AFP
Su hija no
soñaba con ser actriz. Ni siquiera pudo manifestar qué quería ser, ya que con
solo seis años Debra fue quien la llevó a su primer casting para
televisión. Ser actriz era el sueño frustrado de su madre, lo que le hubiera
gustado ser y no pudo porque sus propios padres no se lo permitieron. Ella daba
todo de sí para que su hija menor actuara, y Jennette se sentía obligada a
mostrar que le gustaba hacerlo, aunque esa no fuera la realidad. En ese primer casting,
a sus seis años, no le fue demasiado bien. El director le dijo a su madre que
era importante que la niña realmente quisiera actuar. “Quiere esto más que
nada”, aseguró Debra. Pero, en su libro, la joven confiesa: “Mi madre quería
esto más que nada, no yo”.
La actriz que encarnó a Sam Puckett en iCarly vivía en una casa en
la que reinaba el caos. Su madre padecía síndrome de Diógenes y acumulaba
cualquier tipo de cosas. Incluso cuando alguien rompía una taza, un plato, un
vaso o lo que fuera, ella juntaba las partes y las guardaba en una bolsa
transparente a modo de recuerdo. Cuando era una bebé, Jennette y sus tres
hermanos varones dormían en dormitorios, pero ese “lujo” duró poco. Un día esos
dormitorios se transformaron en depósitos de millones de cosas y los niños
comenzaron a dormir en colchonetas de gimnasia sobre el piso del living.
A pesar del
caos, la familia McCurdy mantenía una tradición: ir al templo mormón a rezar y
practicar su religión. Para Jennette, las tres horas que duraba la ida al
templo eran de felicidad. Eran una vía de escape de su lugar más odiado: su
casa, según cuenta en el libro.
Su casa no
era su lugar más odiado solo por la acumulación de cosas. Ni tampoco lo era
solo porque había perdido su dormitorio y tenía que dormir en una colchoneta en
el living. Además de todo eso, Jennette tenía que cumplir de forma rigurosa las
órdenes de su madre. Y además asegurarse de que sus hermanos hicieran caso. Y
además preocuparse por sus abuelos, que vivían con ellos, y por su padre y por
toda la familia.
Más que su
niña mimada, ella era una obsesión para su madre. Un objeto que poseía y
atesoraba como un diamante. A los ocho años, seguía limpiándole la cola con una
toallita húmeda después de ir al baño, a pesar de que ella trataba de decirle
que podía hacerlo sola. Hasta los 16 años no podía bañarse sola: su madre
también la bañaba. Cuando lo hacía, examinaba sus pechos y su vagina de forma
invasiva, algo que obligaba a la niña a pensar en otra cosa para escapar, al
menos con su mente, de ese momento traumático. La excusa era asegurarse de que
no tuviera ningún bulto o protuberancia que pudiera hacer sospechar de un
cáncer. Con esa excusa, Jennette permitió durante años lo que ahora, con 30
años, reconoce como abuso.
Su padre siempre
fue una figura bastante ausente. Tenía dos trabajos y casi siempre llegaba a
casa por la noche. Iba directo a su cuarto y se acostaba a dormir. Sí, él tenía
cuarto. Aunque también estaba lleno de cosas, aún quedaba lugar para acostarse
en una cama, corriendo de encima otras tantas cosas. No dormía junto con Debra
porque el vínculo no era bueno. Peleaban, discutían de forma constante, la
mujer llegaba incluso a amenazarlo con un cuchillo y a echarlo de la casa en
algunas ocasiones. Ella dormía en el living con sus hijos. A veces en el
sillón, otras en una colchoneta igual a la de los niños.
Jennette no
era feliz. Tampoco tenía espacio para mostrarse triste, era una simple
marioneta de su madre. Como actriz, uno de sus más grandes talentos era el de
llorar de manera forzada cuando quisiera. En un capítulo del libro cuenta que
un día su abuelo le dijo que merecía ser una niña y que no tenía que
preocuparse por toda su familia. Allí lloró de forma natural y en ese momento
no recordaba la última vez que lo había hecho.
Jennette McCurdy con su madre, Debra, en 2009. Foto: Frederick M. Brown, AFP
Nickelodeon
y “el Creador”. La madre de
Jennette, obsesionada con ella y con su cuerpo, quería mantenerla como una
niña. No quería que creciera, ni que le creciera nada. A la vez quería que
fuera una muñeca, perfecta. Teñía su pelo, la maquillaba, le blanqueaba los
dientes y, sobre todo, controlaba su alimentación de forma hiperestricta. De
muy pequeña le enseñó el concepto de “restricción de calorías”, una costumbre
que luego devino en anorexia, bulimia y atracones.
Como la joven
actriz y sus hermanos no iban a la escuela, sino que hacían home schooling
(educación en casa), no mantenían contacto con otros de su edad. A los 15 años,
cuando quedó seleccionada para integrar el elenco de iCarly, conoció a
Miranda Cosgrove, la protagonista del show, y quedó deslumbrada ante su
estilo de vida tan independiente. La actriz que interpretaba a Carly Shay
caminaba sola a comprarse comida a un restaurante distinto cada día y escuchaba
canciones de Gwen Stefani y Avril Lavigne. Jennette conocía a esas artistas,
pero su madre no la dejaba escucharlas porque decía que esa música podía darle
ganas de hacer cosas malas. Miranda decía malas palabras como “mierda” y “culo”
y usaba el nombre de Dios en vano hasta 50 veces por día, según recuerda la
escritora en su libro.
De la
admiración surgió la amistad entre las dos actrices adolescentes. Se llevaban
muy bien en el set y seguían sus charlas por Messenger, otra de las vías de
escape de Jennette para distraerse y reírse. Su amistad siguió incluso después
de que iCarly llegara a su fin.
Pero no todo
era diversión durante aquellos días en los estudios de Nickelodeon. En Me
alegro de que mi madre haya muerto, Jennette introduce a un personaje real
al que llama “el Creador”. Se trata de uno de los productores de iCarly
al que describe como una persona con dos caras. Una de ellas era generosa y
cortés, en exceso. Sabía cómo hacer sentir a alguien importante. Pero su otra
cara era malintencionada, controladora y aterradora. Jennette cuenta que
incluso lo vio hacer llorar a gente adulta, hombres y mujeres, con sus insultos
y degradaciones.
El Creador presentaba también actitudes abusivas hacia la autora del
libro. Durante unas pruebas de vestuario, les hizo sacarse fotos en bikini,
algo que se presume era innecesario. Jennette jamás había usado esa prenda, se
sentía incómoda y sexualizada. El Creador le prometió, durante mucho tiempo,
que si ella seguía actuando como lo hacía, acatando sus órdenes y consejos y
dejándose guiar por él, algún día tendría su propio show: un spin-off
de iCarly.
“Aunque una
parte de mí aprecia al Creador, otra parte de mí le tiene miedo, y la idea de
hacer todo lo que el quiera me intimida”, pensaba Jennette en aquel momento,
según expresa en su libro.
Las actitudes
del Creador fueron creciendo y tornándose más y más abusivas. En ocasiones
incentivaba al elenco de iCarly a tomar alcohol, aunque todos fuesen
menores de edad. Los comparaba con los integrantes del show Victorious,
que, según decía, “se emborrachaban todo el tiempo”. Jennette jamás había
probado alcohol, pero se sentía obligada a hacerlo. En otra ocasión, el Creador
la notó triste y, para consolarla, la abrazó y acarició su rodilla de una forma
que a la adolescente se le puso la piel de gallina. Entonces, le dijo que
estaba muy tensa y comenzó a masajear sus hombros. “Me gustaría decir algo,
decirle que se detenga, pero tengo tanto miedo de ofenderlo”, pensaba ella
entonces.
Jennette con Miranda Cosgrove, protagonista de iCarly. Foto: Jason Merritt, AFP
El
#MeToo de Nickelodeon. El spin-off que el Creador le prometía a Jennette llegó a emitirse.
Se llamó Sam & Cat y la tuvo a ella como protagonista, junto
con la cantante pop Ariana Grande. El hombre redobló su apuesta y le prometió
también que dirigiría algún capítulo de su show, pero, en ese caso, la
oferta nunca se llegó a concretar.
Cuando
Nickelodeon se enteró de que la exprotagonista de iCarly y de Sam
& Cat estaba escribiendo una autobiografía, y que era probable que
incluyera su experiencia en la red televisiva, la joven recibió un llamado. Del
otro lado, varios managers y productores anunciaron que su último show
quedaba cancelado. “El Creador se ha metido en problemas desde la red por las
acusaciones de su abuso emocional. Siento que ha tardado mucho en llegar, y
debería haber sucedido mucho antes”, dice Jennette en su libro.
La actriz
recibió como una buena noticia la de la cancelación, y así lo expresó a quienes
se encontraban del otro lado del teléfono. A continuación, le ofrecieron un
“regalo de gratitud”: 300.000 dólares. Pero ese dinero implicaba una condición:
que ella jamás hablara públicamente sobre su experiencia en Nickelodeon,
específicamente lo relacionado con el Creador.
Aunque
entendía que se trataba de una gran suma de dinero, Jennette lo rechazó.
“¿Qué
carajos? ¿Nickelodeon me está ofreciendo 300.000 dólares a modo de silencio
para que no hable públicamente sobre mi experiencia en el show? ¿Mi
experiencia personal de abuso por parte del Creador? Este es un canal con shows
hechos para niños. ¿No deberían tener cierta orientación moral? ¿No deberían al
menos tratar de alcanzar algún tipo de estándar ético?”, escribe la joven en su
libro.
Las primeras
versiones de prensa que anunciaban la noticia de la cancelación de Sam &
Cat decían que el motivo era que Jennette estaba enojada con el hecho de
que su coprotagonista (Ariana Grande) ganara más que ella. En el libro aclara
que la diferencia de salarios no era mentira, pero la realidad es que su manager
dijo que el show había sido cancelado por una denuncia de acoso sexual
contra uno de los productores.
Aunque
Jennette decidió hacer públicas varias situaciones de abuso por parte de uno de
los productores de Nickelodeon, nunca explicitó su nombre. Tras la publicación
del libro, se supo que se trataba de Dan Schneider, quien también dirigió Zoey
101 y otras tantas series que fueron un éxito en su momento. La
exprotagonista de iCarly formalizó su denuncia y no fue la única. A ella
se unieron actrices que integraron producciones de Nickelodeon como Amanda
Bynes y Erin Sanders. La red de televisión infantil-juvenil cesó su relación laboral
con Sanders en 2018 y, en la actualidad, su caso continúa en manos de la
justicia.
Después
de la muerte. Cuando la
madre falleció, en 2013, Jennette por fin pudo aceptar que no le gustaba
actuar. En cambio, desde hacía tiempo disfrutaba mucho de la escritura. Incluso
una vez escribió un guion de unas 100 páginas y corrió a mostrárselo a su madre
con entusiasmo, pero ella reaccionó de forma negativa. Temía que su hija
prefiriera escribir antes que actuar; Jennette renunció a la escritura y siguió
en la actuación.
En 2017, la autora de Me alegro de que mi madre haya muerto empezó
a perseguir su objetivo de escribir y dirigir. Sus cortometrajes fueron
destacados en festivales; ha escrito ensayos para el HuffPost y el Wall
Street Journal; y su espectáculo unipersonal Me alegro de que mi madre
haya muerto agotó dos funciones en el teatro Lyric Hyperion y Hudson
Theatres en Los Ángeles. Además, conduce un podcast llamado Empty
Inside, que ha alcanzado la cima del ranking de entrevistas que
hablan sobre temas incómodos. Su primer libro fue un éxito en ventas y ya llegó
a Uruguay en su versión en español.

Me alegro de que mi madre haya muerto, de Jennette McCurdy. Editorial Simon & Schuster, 305 páginas, 890 pesos.