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Rosas azules y petunias rojas. A mediados de la década de los 1980 ese era el objetivo del joven científico Richard Jorgensen, que mientras trabajaba para una empresa que buscaba ampliar sus productos en el mercado de las flores, hizo un descubrimiento que ayudó a cambiar el rumbo de la ciencia.
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Jorgensen halló un mecanismo nuevo para silenciar genes, que no solo le permitió cambiar el color de las petunias sino que hoy hace posible modificar plantas para hacerlas más resistentes a plagas, a virus e incluso a sequías. También abrió la puerta al desarrollo de nuevos tratamientos para el área de la medicina y la salud humana. El ahora considerado “pionero de la biotecnología” estudió ingeniería biomédica, química y se doctoró en bioquímica. Viajó a Uruguay este mes para participar de las XV Jornadas de la Sociedad Uruguaya de Biociencias.
A continuación un resumen de la entrevista con Búsqueda.
—¿Cómo comenzó a interesarse por las plantas y por la genética molecular?
—Estaba estudiando ingeniería en la universidad e hice un gran cambio. Nunca había tomado cursos de biología en el liceo. Fui a un liceo jesuita, estaban interesados en lógica, física, matemática y no les enseñaban biología a los mejores estudiantes. Nos daban física y matemática, a los peores biología y a los intermedios química. Qué locura. En la universidad tomé un curso sobre plantas y otro sobre microorganismos. Estaba en el curso de microbiología y escuché hablar de la regulación de los genes, cómo los genes podían ser encendidos y apagados. Era lo más interesante que había escuchado en mi vida sobre biología. Decidí estudiar genética molecular basado parcialmente en esa experiencia. Había una enorme revolución en la década de los 1970. Todo cambiaba muy rápido, fue descubierta la secuenciación del ADN (conjunto de técnicas que permiten analizar la composición del ácido desoxirribonucleico, que contiene información genética) y el ADN recombinante (formación de moléculas de ADN en el laboratorio hechas con el ADN de distintos organismos; se genera una forma única que no está presente habitualmente en los organismos biológicos).
—Sus grandes aportes llegaron cuando estudiaba petunias. ¿Por qué comenzó a trabajar sobre estas plantas?
—Fui a trabajar a una compañía de biotecnología en la década de 1980 para estudiar la regulación de genes en plantas. Pensamos en cambiar el color de las flores de petunia. Era muy incipiente el tema, muy temprano, solo tratábamos de controlar la expresión de los genes y la compañía parecía un instituto de investigación, nadie sabía muy bien cómo hacer estas cosas. Había pocas plantas susceptibles a la transformación genética, como tabaco, petunia y tomate. Era un paso para luego pasar a desarrollos comerciales de plantas genéticamente modificadas, como rosas —de colores extravagantes—, crisantemos y claveles. Queríamos aprender a introducir genes en ellas y manipular los genes encargados de dar color a la flor. Hicimos un experimento visible en petunia para ir a buscar un inversor y tener algo para mostrarle, poner la planta sobre la mesa, algo visual. Empezamos con petunias rosadas y queríamos obtener colores intensos como el rojo oscuro. Obtuvimos flores con manchas blancas y otras completamente blancas en vez de rojas. Pensamos que nos habíamos equivocado y que había algo mal con el gen que habíamos utilizado. Pero no era un error.
—¿Cuál fue su primera sensación al ver el resultado?
—Metimos la pata, le erramos. Chequeamos todo y nos dimos cuenta de que no. Sobreexpresamos el gen (se produjeron más cantidad de copias del gen relacionado con el color de la flor) tal como habíamos planificado. Interferimos con la expresión de la copia normal de ese gen. Era verdad y sorprendente. Hubo gente que dijo: “Estos ingenieros genéticos no saben lo que hacen”. Es investigación, no sabes exactamente lo que haces hasta que lo pruebas y entiendes lo que ocurrió.
No esperábamos descubrir un mecanismo nuevo para silenciar genes. Llevó un tiempo largo para que la gente entendiera de qué se trataba ese nuevo mecanismo. Luego desde el campo animal, Craig Mello y Andrew Fire trabajaban en gusanos (nemátodos) y lo vieron. Descubrieron la importancia de conocer la estructura de cadena doble del RNA (ácido ribonucleico, clave en la expresión de genes) y cómo usarla. No sabían lo que habíamos visto nosotros diez años antes porque no había mucho intercambio entre el campo de las plantas y los animales. Sabíamos cómo transformar e introducir genes en plantas de manera muy eficiente y todo el campo estaba distraído con eso. Pensaron que el papel clave era el del ADN, pero en realidad era del RNA. La gente no veía la conexión hasta que lo observaron en gusanos.
—Llevó años hasta que se hicieron evidentes sus aportes a la ciencia y los de Mello y Fire (premio Nobel de Medicina en 2006). ¿Cuál es su opinión sobre la evolución en el campo de la biotecnología y sus perspectivas?
—En la década de los 1990 aún no estábamos convencidos de que las plantas y los animales funcionáramos con el mismo mecanismo. Las opiniones eran divididas y de a poco todo fue quedando más claro. Recién en 2001 confirmamos definitivamente que se trataba del mismo mecanismo. La aplicación más importante fue en investigación, queríamos poder apagar los genes uno a uno para estudiar qué función cumplía cada uno. Les permitió a los científicos estudiar los genes en hongos, plantas y animales. Al mismo tiempo se trataba de crear productos farmacéuticos de todo tipo, tratamientos para virus, apagar un gen defectuoso. Hay resultados positivos hoy, pero ha llevado más tiempo de lo que se pensaba. Fue más difícil.
—¿Qué aplicaciones destaca hoy?
—En plantas se está usando para la resistencia a virus. En Hawai la fruta papaya tuvo un problema serio con un virus; ahora un pedazo del virus está expresado en la planta y evita que el virus crezca. También se usa para mejorar la calidad del petróleo y para optimizar las cualidades nutricionales de vitaminas de frutas y vegetales. Está ocurriendo, va a seguir, pero más lento de lo que esperábamos cuando todo esto comenzó en 1980.
—Hizo su descubrimiento cuando trabajaba en una compañía de biotecnología privada. ¿Cuál debería ser el rol del sector privado en investigación?
—La universidad se centra en investigación básica, no busca elaborar productos habitualmente y no tienen experiencia en hacerlo. Pueden encontrar soluciones que luego no pueden aplicar. Hay muchas maneras para trasladar los logros al sector privado. Cuando la tecnología es joven descubres cosas que no esperabas, puede pasar en la academia o en el sector privado, pero en la industria estás limitado porque necesitas enfocarte en el desarrollo de un producto. Luego del descubrimiento con las petunias yo me fui de la empresa a la universidad para poder estudiar mi descubrimiento específicamente. En la empresa solo lo podía hacer de noche, los fines de semana, en mis tiempos libres. Los inversores querían avanzar hasta obtener rosas azules y cosas de esas. Yo decidí no seguir ese camino. No puedes tener a la industria operando sola y a la universidad también sola. La industria crea puestos de trabajo y los jóvenes los necesitan.
“Tema engañoso”
—Fue editor jefe de la prestigiosa revista científica “The Plant Cell”. ¿Cuál es su opinión sobre la forma de evaluar el rendimiento de los científicos, basada en publicar en revistas de renombre, en su impacto y en patentar?
—Es la forma de medirlo hoy. Si no publicas es como si no hubieras hecho la investigación. Debes publicarla y debe ser evaluada por otros científicos. Hay criterios objetivos y subjetivos y ahí se pone engañoso el tema. La gente mira el impacto de la revista y dice “si salió en una revista de alto impacto entonces debe ser buena investigación”. Eso no es necesariamente cierto. Preguntémonos cuán bueno es ese trabajo, no dónde salió. Las revistas de alto impacto publican investigación de alta calidad, pero no todo el tiempo. Hay errores, aclaraciones y retractaciones. Al evaluar a un científico no se debe asumir que es bueno porque publica en “Nature” o “Plant Cell”. Es probable, sí, pero si no hablas con sus colegas no lo sabes realmente. Además, ¿la publicación resiste el paso del tiempo? A veces trabajos importantes son publicados en revistas poco trascendentes con bajo impacto y puede que la gente no lo reconozca. Pasó con nuestro trabajo en petunias. Cuando Fire y Mellon ganaron el Premio Nobel (hacían referencia al trabajo de Jorgensen) todo el mundo empezó a citarme. Llevó años para que se reconociera. Sé por experiencia que un trabajo publicado puede ser muy significativo y no recibir mucha repercusión. Por eso soy muy sensible al tema cuando dicen “solo es un buen trabajo cuando se publica en una buena revista y recibe un gran número de citas durante el primer año”. En “Plant Cell” les dije a mis editores: me interesa publicar ciencia de alta calidad y el factor de impacto llegará solo si es bueno. La revista pasó de enfocarse en el impacto de las citas los dos primeros años luego de la publicación a fijarse en los cinco años. Es una medida mejor, cinco es un número más válido.
—Ahora está a cargo de la revista “Frontiers” con una dinámica de trabajo distinta.
—A diferencia de otras, publicamos los nombres de quiénes son los científicos que se encargaron de evaluar la publicación. Es abierta y el criterio es publicar buena ciencia, sólida. Publicamos incluso si el resultado es negativo, otras revistas no lo hacen. Es un problema sobre todo para la medicina. Decir que una terapia no funciona es importante. ¿No se aprendió nada nuevo con resultados negativos? Da para pensar.