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    Izquierdas regionales en crisis: ¿transformación o estancamiento?

    N° 2067 - 16 al 22 de Abril de 2020

    Los últimos años estuvieron marcados por el giro conservador de la región, como consecuencia del desgaste y de los errores de la izquierda. La rotación de partidos en el poder debería considerarse como natural en cualquier democracia, inclusive como una opción sana para las sociedades. Debido a las peculiaridades económicas y sociales de nuestro vecindario, de sus singulares estructuras políticas y de ciertas pautas culturales expresadas por sus partidos, las sucesiones de signo distinto son vividas casi dramáticamente. En realidad, para los países de esta comarca, con graves retrasos que afectan la calidad de vida de manera fundamental, esos cambios instalan opciones que involucran a millones. Izquierdas y derechas en el Río de la Plata representan programas y propuestas socialmente diferentes, pero son también la expresión de culturas políticas, de formas de ver la realidad distintas y, a veces, contrapuestas. Y las izquierdas regionales, hoy en baja, ofrecen un panorama variopinto, diverso, que se apresta a construir nuevas estrategias.

    De la victoria a la derrota

    Cuando Néstor Kirchner ganó las elecciones argentinas con apenas el 24% de los votos, la incertidumbre fue la primera reacción de todos los actores de su país y de la región. El día de su asunción, 25 de mayo de 2003, fue el primer y único presidente argentino que recordó la victoria de Héctor Cámpora, esa breve primavera progresista de 53 días, tan denostada por el peronismo tradicional. La referencia llamó la atención de varios. ¿Kirchner giraría a la izquierda? Con el peronismo todo es posible. Las políticas sociales del kirchnerismo, su intervención en la economía, el armado de acuerdos políticos “horizontales” para conformar un frente progresista y sus alianzas internacionales con Venezuela y Cuba fueron asombrosas para unos, pero poco creíbles para otros. El Partido Comunista Argentino adhirió a la propuesta, junto con otros sectores menores y minúsculos, como el Partido Solidario y los despojos del Frente Grande, pero el Partido Socialista Argentino, Libres del Sur y los que luego serían Generación para un Encuentro Nacional (GEN) descreyeron del giro kirchnerista. Poco después, el cordobés Luis Juez y su Partido Nuevo se sumó a la oposición por izquierda. En 2007 todos ellos crearon el Frente Amplio Progresista (FAP) apoyando la candidatura del socialista Hermes Binner a la presidencia. El FAP quedó en segundo lugar en las elecciones de ese año, obteniendo el 17% de los votos, muy lejos de un kirchnerismo que arrasó en todo el país.

    El FAP tuvo corta vida. La inestabilidad habitual del sistema de partidos argentino, las ambivalencias perennes de sus élites, sumadas a la debilidad de los poderes centrales, además de cierto hábito inmediatista de su cultura política, dieron por tierra con este intento frentista, y la izquierda, de nuevo, quedó atomizada y dividida, para terminar, de una u otra forma, en la órbita del peronismo K. La posibilidad de la derrota llevó a algunos a apoyar a Mauricio Macri, como el caso de Luis Juez. Otros encararon sus propios caminos, como el GEN de Margarita Stolbizer, que, asociado con el Partido Socialista, crearon Progresistas, con un magro resultado. En 2019 el socialismo perdió Santa Fe, la única provincia gobernada por un partido de izquierda en la historia argentina, culminando su crisis. Mientras tanto el kirchnerismo y sus aliados “transversales” perdían contra Macri a escala nacional y en la provincia de Buenos Aires. La fragmentación general de la izquierda argentina, con el agregado de los cuestionamientos al kirchnerismo, sembraron los surcos de la derrota. Los enriquecimientos inexplicables, los viajes de maletas con dólares, las denuncias de corrupción y la muerte del fiscal Alberto Nisman desgastaron las propuestas y las personas. Macri no supo y no pudo instalar un proyecto alternativo, y su desbarranco fue la oportunidad que el kirchnerismo aprovechó de manera inteligente. La unión del peronismo, o por lo menos de su mayoría, era la clave y Cristina Fernández dio ese paso al costado que la desplazó a un lado del escenario, pero sin dejar la escena. Así, mientras la izquierda (el GEN y el PSA) se desesperan para sobrevivir, los restos del FAP terminaron oscilando entre su ingreso al macrismo o su rendición ante el kirchnerismo, como el caso de Libres del Sur, integrado a la alianza de sus antiguos enemigos. Mientras el kirchnerismo recuperaba el poder, la suerte de la izquierda regional recorría otros rumbos.

    Las izquierdas en el llano

    La caída de Fernando Lugo por un golpe destituyente fue la primera señal de alarma en la región. Su victoria, que asombró y llenó de esperanzas a la izquierda, fue endeble. Una coalición centrada en pequeños partidos progresistas tenía por aliado principal al Partido Liberal, más preocupado por ocupar espacios que por cambiar la realidad paraguaya. Desde el día de la victoria sus socios no se mostraban muy consecuentes. El vicepresidente Federico Franco se mostró muy pronto dispuesto a la sucesión, y los supuestos aliados internos que Lugo creía tener en el liberalismo, cedieron a diversas tentaciones que engrosaron sus cuentas bancarias. Las presiones de los “carperos”, campesinos que acampaban en reclamo de tierras, fueron manejadas por el presidente y su ministro del Interior, Carlos Filizzola, siguiendo un protocolo estricto de actuación, hasta el episodio de Curuguaty, tan burdamente preparado que solamente los golpistas creyeron en él. Fernando Lugo fue, también, víctima de sus ambivalencias. Llegó al gobierno sin una organización que lo respaldara. La creación del Frente Guasú fue tardía, realizada sin una preparación internacional que la respaldara, y huérfana de representación parlamentaria. Luego, el jaqueo permanente de la oposición, atrincherada en un Parlamento ideado para mantener el poder del Partido Colorado, horadaron las bases del gobierno. Fernando Lugo se aisló, tanto a escala nacional como mundial, no buscó respaldos ni en el vecindario ni globalmente, y su caída no pudo ser revertida. Desde ese momento la izquierda paraguaya vive un proceso de dispersión.

    El fracaso del gobierno de Lugo fracturó a la izquierda con la creación de Alianza País, una propuesta de centroizquierda liderada por Mario Ferreiro, que ganó la intendencia de Asunción. El partido de Carlos Filizzola, País Solidario, debatió mantenerse en el Frente Guasú, leal a Lugo, o volcarse a Avanza País. Finalmente, País Solidario quedó con Lugo, pero su militancia apoyó la candidatura de Ferreiro, un hecho insólito. Ferreiro buscó alianzas con todos, incluyendo los liberales, pero no pudo estabilizar su situación, a pesar de las bondades de su gestión. Acusado de armar una “caja paralela” en la intendencia para financiar su campaña, renunció en diciembre de 2019.

    La izquierda brasileña sufrió una caída similar. El Partido de los Trabajadores (PT) quedó entrampado en el desgaste y en la corrupción. Sus alianzas se resintieron. En 2015 el Partido Socialista Brasileño rompió con el PT y condenó los sobornos y los delitos. Poco antes, la ecologista Marina Silva se proyectó como candidata presidencial. El PT quedó aislado, tan solo con el PCdoB, su aliado más importante, y pequeños sectores y personalidades, donde el expresidente del PSB, Roberto Amaral, fue el más destacado. Su acuerdo con el PMDB sería, a la postre, un salvavidas de plomo. El vicepresidente Michel Temer no era de fiar. Dilma Rousseff ganó su segundo mandato sin el mismo impulso, ni el mismo respaldo, ni las mismas alianzas. Carente de mayorías parlamentarias, obligada a pactar constantemente, la crisis económica y social desgastó su imagen y su gobierno. Un país que había recibido los beneficios de la distribución, ahora exigía servicios de calidad, acceso a mejores oportunidades y, principalmente, honradez. Las clases medias le dieron la espalda en gran medida y el PT no tuvo capacidad de respuesta. Cuando la derecha se sintió lo suficientemente fuerte, activó un golpe destituyente. La izquierda brasileña quedó dispersa y grogui. Su única reacción fue una nueva candidatura de Lula, neutralizada por un proceso judicial tan vidrioso como político.

    La esperanza regional del Frente Amplio de Uruguay también terminó. Su tercer gobierno fue una meseta, donde no se produjeron grandes transformaciones y donde Tabaré Vázquez repitió casi el mismo elenco de su anterior gobierno. A la falta de iniciativa, a la vejez de actores y propuestas, se sumó el escándalo que provocó la caída del vicepresidente, un hecho devastador que aún no ha sido debidamente calibrado. Así, segmentos de las capas medias se resintieron y aplicaron el “voto castigo” en primera vuelta. Sumemos a eso la crisis de seguridad pública, el manejo mediático del tema y de las carencias del gobierno, los efectos del estancamiento económico, el incremento de la desocupación, la amplificación de dificultades en diversas áreas donde se cometieron excesos y corrupciones, y una oposición que debió sumar cinco sectores, tan variados como contradictorios, para ganar en segunda vuelta por un uno por ciento. Además, el candidato presidencial no dio la talla en ninguno de los momentos claves de la campaña, más preocupado por prevenir su autonomía respecto de la izquierda “tradicional” en su futuro gobierno que por armar una estrategia sensata que le permitiera ganar. Quizá esto último sea un síntoma final del largo proceso de burocratización que invadió al Frente Amplio y que estancó a su último gobierno, llevando ese atasco a la manera en que se realizó su campaña electoral, tan poco atractiva y tan fuera del estilo habitual del Frente. La “remontada” final, esa increíble recuperación de ocho puntos en un mes, fue más producto de la militancia silvestre que de un plan de sus dirigentes.

    Las izquierdas en el futuro

    Si bien en Paraguay y Brasil se vivieron golpes destituyentes, en Argentina y Uruguay las izquierdas perdieron en elecciones. Pero los partidos vencedores tienen en común que no han sido mejores que las izquierdas que desplazaron. Esto ayudó al regreso del kirchnerismo y al hundimiento de la izquierda independiente en Argentina, mientras que en Brasil la incertidumbre causada por Jair Bolsonaro identifica la permanencia de la democracia con el regreso del PT. La izquierda paraguaya, golpeada impiadosamente por una derecha atrincherada desde siempre en el poder económico y político y sin muchas credenciales democráticas, sufre la fractura y la desorientación, donde la búsqueda de alianzas de todo tipo, especialmente con un Partido Liberal poco confiable, profundizan su estancamiento y el desánimo. Paraguay, en realidad, necesita reformas políticas mucho más profundas que una rotación de partidos. En Uruguay, y en estas circunstancias singulares, es muy pronto para prever el futuro, pero la marcha de una coalición de gobierno tan vasta y contradictoria no ofrece muchas esperanzas de tranquilidad. Mientras tanto el Frente Amplio, que es el ejemplo de las izquierdas latinoamericanas, todavía no asimila el golpe de la derrota, ni el reto de ser oposición.

    Las izquierdas regionales enfrentan el desafío de los cambios. Por un lado, desdramatizar las derrotas; es normal en democracia que los partidos roten, a pesar de que las derechas vean las continuidades como antidemocráticas, en una lectura tan simplista como contradictoria, teniendo en cuenta que son ellas las que apelaron a los golpes destituyentes. Pero también las izquierdas se enfrentan a la necesidad de cambios en sus discursos, muchas de sus ideas y de sus cuadros dirigentes. El kirchnerismo, hasta ahora, ha dado un buen ejemplo, a su manera, con el corrimiento de Cristina Fernández, el ascenso de Axel Kicillof ?a la gobernación de Buenos Aires –un marxista con perspectiva de futuro– y la presidencia de Alberto Fernández. Mientras tanto las opciones socialdemócratas quedan al margen, tal como estuvieron siempre en la era peronista. Brasil apelará a Lula, mientras pueda o lo permitan, en una nueva etapa de acumulación de fuerzas, donde deberá limpiar su casa y su imagen, mientras que la izquierda uruguaya se debería preparar para un análisis de las causas de la derrota. Pero Uruguay, tan institucional, tan orgánico, impone otros requisitos, donde la transformación de la estructura del Frente Amplio y sus renovaciones ideológicas y directrices serán probablemente inevitables si pretende volver a administrar el país.

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