Matilde Campodónico: “Soy adicta al latido del corazón”

Nombre: Matilde Campodónico • Edad: 54 • Ocupación: fotógrafa • Señas particulares: Lleva su cámara a todos lados, se crió en Ciudad de México, tiene charlas filosóficas con su marido

¿Es cierto que es inquieta y curiosa? Soy adicta al latido del corazón. Me encanta conocer gente que no tiene nada que ver conmigo, ir a lugares insólitos, moverme de un lugar a otro. Siempre me levanté a las seis de la mañana. 

Dicen que es entusiasta y poco sociable. ¿Se identifica con eso? Puedo socializar con mucha gente si no estoy siendo yo. La cámara me ayuda, cuando estoy con ella sé que estoy cumpliendo una misión y estoy cómoda donde sea. Si no la tengo, la historia es otra. Me acompaña a todos lados, como ahora mismo. 

Se crio en Ciudad de México. ¿Qué recuerdos tiene? Muchísima felicidad. Era un lugar lleno de posibilidades. Siempre estuve contenida en un núcleo familiar amoroso, mis padres se sentían tranquilos en México. Conocimos personas increíbles, se sentía como un mundo lleno de riquezas y emociones. Me siento afortunada de haber vivido allá, tiene una cultura impresionante.

¿Cómo son las charlas con su esposo, Carlos Casacuberta (músico)? Tenemos conversaciones netamente filosóficas. No podría estar con alguien a quien a las cuatro de la mañana no le puedo plantear temas de esa índole.  

¿Tiene hijos? Sí, Irene (16). Quiere estudiar algo de biología. Le interesa el arte visual, ahora es alumna de Rita Fischer. 

¿Cuál es su primer recuerdo relacionado con la fotografía? A mi padre le gustaba mucho sacar fotos, pero a mí no me movía. No tengo recuerdos románticos de la infancia asociados al tema. Me metí en eso a los 25, cuando me enamoré de un fotógrafo. Aprendí rápido la técnica, mientras estudiaba la Licenciatura en Historia. Me di cuenta de que la vida de él era más divertida, según mis términos, que la mía. Soy una persona movediza, Historia no era algo que me divirtiera, a pesar de que aprobé varios años. 

¿Cuándo decidió dedicarse a la fotografía? A los 28 años fui a ver un concierto de Café Tacvba en Solymar­ y me volví a Montevideo con Carlos, mi esposo, Gustavo Santaolalla y Pepe Canedo. Gustavo se bajó antes que todos y al rato chocamos. Ese accidente me señaló que podía morir en cualquier momento. Dejé mi trabajo administrativo en una empresa y decidí irme a Los Ángeles con ellos, que estaban grabando un disco. Le ofrecí a Rolling Stone una nota de la producción del disco allá y me dijeron que sí. Tenía una energía increíble porque había estado a punto de morir. Me tenía que ganar la vida; volví a Uruguay y empecé a trabajar en El Observador

Su trabajo en prensa convive con la fotografía desde una perspectiva artística. ¿Cuándo cree que se comenzó a desarrollar la segunda? La fotografía es un incidente, no creo que tenga una mirada artística. Fue lo que aprendí a hacer. Crecí en un hogar en donde se practicaba el arte y creo que tengo una vida cotidiana atravesada por una forma de reflexión artística.

¿Se considera artista? Me considero artista antes que fotógrafa. Soy artista visual, incluso cuando escribo. Tengo facilidad para escribir lo que veo. Me parece que lo que hay detrás de mi gusto por la fotografía es otra cosa, lo que tengo es facilidad para que algo sea representado a través de esa disciplina.

¿Publicó algo de lo que escribió? Publiqué Campo blanco (2019), con Sergio Blanco. Se publicó solo en Argentina. Cuando estaba en busca de editorial conocí a una chica en un ascensor que me dijo que tenía una editorial (Asunción Casa Editora) allá y se dio. 

¿Cuándo incursionará en el cine? Siempre me gustó como espectadora y hace un tiempo que me interesa cada vez más. Tengo en mente un proyecto, no puedo contar mucho todavía. 

La rambla es protagonista de su fotografía. ¿Qué le atrae tanto de ella? Cuando volví de México, a los 15 años, Uruguay era un lugar sufrido por la dictadura. Era gris. Había mala onda, las personas tenían el alma apagada. El discurso visual que veía tenía que ver con esa energía, todo era en blanco y negro. Pasé muchísimos años peleada con el país, sentía que había caído acá porque no tenía otra que vivir con mi familia. De grande empecé a pensar en que todas esas cosas que uno ve son una construcción, contribuyen a un discurso y hacen que una sienta que vive en esa construcción. Entonces pensé que si yo construía un discurso distinto, lograría que la gente viviera en un lugar diferente. Construir la idea de un lugar es algo que se hace de a poco y entre muchos. Las cosas no existen a priori, sino que se construyen. Todos contribuimos a esa construcción. La línea costera es eso para mí, una manera de ayudarme a aceptar que el mar no es celeste, es marrón, que hay viento, y encontrar belleza en eso. Desarrollé­ una paleta de colores que, creo, es característica de Montevideo. Apastelada, no es estridente, no es triste tampoco.

¿A qué lugares de Montevideo llevaría a un extranjero? A los lugares correctos a la hora correcta. Los lugares son correctos e incorrectos de acuerdo con la hora. Me gusta invitar a casa a las personas que quiero.

Si pudiera tener una cena con cualquier persona, ¿con quién sería? No elegiría a un famoso, como Mick Jagger. En este momento específico elegiría a papá. 

¿Qué está leyendo actualmente? Cuarenta cosas en simultáneo. Lo que más me gusta leer son novelas, la última fue de Murakami. 

¿Qué canción elegiría para hacer karaoke? Mind Games, de John­ Lennon. Si bien soy más punk que hippie, creo que está buena para cantar. 

FUENTE: nota.texto7