Ya no caben dudas: el mundo occidental está en guerra con el fascislamismo. Es una guerra a muerte y sin cuartel.
Ya no caben dudas: el mundo occidental está en guerra con el fascislamismo. Es una guerra a muerte y sin cuartel.
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPero seamos cuidadosos con las palabras y aclaremos que “el mundo occidental” es un concepto que exige ciertas consideraciones. No se trata, en primer lugar, de la parte del mundo al oeste de determinado punto o referencia geográfica. Tampoco se trata de una parte del mundo que solo se encuentra al oeste de dichos parámetros.
El mundo occidental es menos y, al mismo tiempo, más que esa parte del mundo físico, pues incluye sociedades orientales (por ejemplo Japón, parte de China y Taiwan, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda) y excluye amplios sectores de las propias sociedades occidentales.
La guerra con el terrorismo islamista no es por un territorio determinado, sino que por un modo de vida específico a nivel global.
Luego de varios años de atentados y masacres sabemos a ciencia cierta que los objetivos del terrorismo islamista son las escuelas, las universidades y todos los centros de educación. Es decir, allí donde la gente aprende a pensar y a crear por cuenta propia. Molestan, en especial, las mujeres que quieren estudiar.
Otros objetivos de los ataques son los teatros, los estadios de fútbol, los bares, las plazas, los shoppings y todos aquellos lugares en donde la gente se encuentra para disfrutar de la vida.
La existencia en los territorios controlados por el extremismo islamista es un infierno terrenal, plagado de prohibiciones, de duros castigos y de limitaciones materiales y espirituales. Al que no está de acuerdo le separan la cabeza del cuerpo de un sablazo. O le prenden fuego dentro de una jaula.
Todos aquellos ilusos que una vez adhirieron al Estado Islámico engañados con la idea de un supuesto paraíso, y que luego, al descubrir de lo que se trataba pretendieron abandonarlo, han sido degollados, ahogados o incendiados.
La sociedad occidental es la contracara de ese infierno terrenal.
Por eso, la guerra entre el mundo occidental y el fascislamismo no es otra cosa que una guerra a muerte entre una sociedad abierta, tolerante, democrática y liberal basada en la economía de mercado, y una sociedad cerrada, intolerante y fanatizada, basada en el terror y el miedo.
Viven entre nosotros cientos de miles de energúmenos que simpatizan con ese modelo de sociedad fanatizada e intolerante. Para no ir más lejos, en el propio Uruguay habitan miles de personas que justifican el accionar criminal del terrorismo islamista y que, incluso, sienten alegría por la muerte de inocentes “occidentales”.
Hace seis años publiqué en este espacio una columna titulada Lágrimas flechadas. Me refería en ella a la actitud de una opinión pública siempre dispuesta a llorar las muertes de civiles palestinos y a celebrar (o ignorar) las de civiles israelíes.
Se trataba —señalé en el texto— de especímenes humanos que no mueven un dedo ni se alteran cuando los palestinos masacran al primer civil israelí que se les cruza por la calle, pero que se enervan contra un país democrático (Israel) ni bien el ejército de ese Estado defiende a sus nacionales de la barbarie palestina.
Son los mismos —agrego hoy— que condenan a Estados Unidos por su presencia en Afganistán pero que nunca se enteraron de la invasión soviética a ese país. Son los mismos que salen a la calle a protestar contra la falta de libertades en América pero aplauden la dictadura cubana. Son los mismos que tienen como ídolo a un sicópata asesino como el Che Guevara, el que confesó por escrito que le fascinaba matar y que “el hombre nuevo” debía ser “una máquina de matar”.
Son los mismos, en definitiva, que ayer apoyaron al terrorismo vasco y hoy simpatizan con el totalitarismo chavista, con el fascismo indigenista de Evo Morales o con la mafia kirchnerista.
En Uruguay, la cantidad de energúmenos que están en guerra contra la sociedad abierta, democrática y liberal son muchos. Muchísimos. Suficientes como para impedir que el país logre revertir su esperpéntico cuesta abajo.
Me refiero, concretamente, a los votantes y simpatizantes del MPP, del PC y de otros grupos con las mismas preferencias autoritarias. Pero debo hacer una aclaración, pues al igual que en el clásico chiste sobre la población del Vilardebó, “no son todos los que están ni están todos los que son”.
Toda esa gente forma en última instancia la quinta columna del terrorismo islamista. Toda esa gente es aliada incondicional del terrorismo islamista. Toda esa gente está dispuesta a apelar a cualquier argumento con tal de justificar la barbarie del terrorismo islamista.
La sociedad abierta, democrática y liberal está en guerra. Y en esa guerra participamos todos, armados o desarmados, luchando en la medida de nuestras posibilidades contra nuestro enemigo común: la bestia negra que pretende quitarnos la vida y darnos la muerte.
Es la hora de Churchill, no la de Chamberlain.
¡Aux armes citoyens. Formez vos bataillons!