—¿Cómo vivió, desde la primera fila, la crisis que atravesó Uruguay en 2001-2002? ¿Cómo hacía el seguimiento de la situación?
—¿Cómo vivió, desde la primera fila, la crisis que atravesó Uruguay en 2001-2002? ¿Cómo hacía el seguimiento de la situación?
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá—Está claro que los momentos de mayor tensión en la relación de Uruguay con el FMI fueron aquellos vinculados a la férrea negativa del organismo a prestarle al país; la negativa incluía pésimas y lamentables soluciones recomendadas por la institución. Y, una vez que el Fondo accedió a prestar, porque su accionista principal, Estados Unidos, se había convencido de la viabilidad de la solución que proponía Uruguay, el otro momento complejo fue la siguiente propuesta de la institución, que consistía en el default de la deuda. Esa recomendación se basaba en un profundo error de diagnóstico y desconocimiento de la realidad.
—¿Por qué predominaba dentro del FMI la idea de que Uruguay debía seguir el camino de un Plan Bonex o “corralito” al estilo argentino, así como un default de su deuda?
—Por desconocer la realidad del país, de su historia, de cuáles eran los problemas y por tanto cuáles deberían ser sus soluciones. Deberíamos también observar el contexto: era una época de mucha inflexibilidad en la institución, en lo que respecta a sus recomendaciones e iniciativas. A mediados del 2000 había llegado al FMI como número uno Horst Köhler, y Anne Krueger, como número dos, lo hizo un año después. Me parece que, más allá de las idiosincrasias de las instituciones, sus jerarquías van imprimiendo rasgos propios. Köhler y Krueger añadieron una mayor dosis de inflexibilidad a la ya existente, que no era poca. Otro dato importante para entender el contexto es que, apenas llegada a la institución, Krueger comenzó a desarrollar la denominada Sovereign Debt Restructuring Mechanism, una especie de Chapter 11 de Estados Unidos para resolver bancarrotas corporativas; esta solución, que finalmente no prosperó, se oponía a las propuestas mucho más constructivas que, por entonces, impulsaba John Taylor, consistentes en la inclusión de las Collective Action Clauses en los títulos de deuda soberana. Obviamente, esa batalla fue ganada por Taylor.
—“No se vayan. Taylor es de Peñarol”, le dijo el embajador Hugo Fernández Faingold a los jerarcas uruguayos que estaban a punto de volver desde Washington a Montevideo sin lograr convencer al FMI de que diera más apoyo financiero al país, según consignó Claudio Paolillo en su libro Con los días contados. ¿Qué papel jugó ese funcionario estadounidense? ¿Qué llevó al gobierno de George W. Bush a concederle a Uruguay un “crédito puente” de US$ 1.500 millones, torciéndole el brazo al Fondo?
—Taylor desempeñó un papel fundamental, lo cual posteriormente —con mucha justicia— fue reconocido por todo nuestro país en distintas ocasiones. Creo que el factor clave del apoyo de Estados Unidos fue el convencimiento de sus autoridades, en particular las del Tesoro, de que el diagnóstico y las soluciones que proponía el gobierno uruguayo a través de sus jerarcas eran los adecuados.
—Una vez superada la crisis, ¿habló con el chileno Eduardo Aninat, en aquellos años número tres del FMI y quien instaba al gobierno de Jorge Batlle buscar una salida “a la argentina”?
—El Fondo es una institución vertical y no dudo demasiado en que él seguía instrucciones de Köhler y Krueger, lo cual, si ese hubiese sido el caso, no sería ninguna disculpa. Entiendo que si alguien sigue y recomienda con insistencia e inflexibilidad —al nivel que estamos hablando, y con la responsabilidad que conlleva por los efectos sobre los países y sus sociedades— una solución errónea ignorando que está mal, es gravísimo; si las sigue, siendo consciente de que están mal, es incalificable. La literatura sobre estos episodios históricos y los relatos son contundentes.
—Pasadas casi dos décadas, ¿qué lección deja aquella crisis?
—Hubo gente que hizo excelentes desarrollos sobre las lecciones de aquella crisis. En términos muy generales, me parece trascendente haber tenido, en el evento de la crisis, una conducción y rumbo claros, así como una incesante búsqueda de diálogo y consenso en la sociedad.
Otra lección guarda relación con algunas condiciones que imperaron (por bastantes años) con anterioridad a la crisis. Los shocks externos son especialmente complicados para economías pequeñas y abiertas como la uruguaya, pero estos shocks se amplifican cuando los países presentan vulnerabilidades domésticas, como sin duda las tenía Uruguay. Aquí hago especial referencia a las fragilidades que ofrecía el sistema financiero uruguayo.
—¿Hubo un cambio en el enfoque y la acción del FMI y los otros organismos surgidos de Bretton Woods en los años recientes? ¿Son instituciones adecuadas para atender los problemas actuales de la economía mundial?
—Es interesante observar, al repasar algunas minutas de reuniones del Directorio Ejecutivo de la institución por las décadas del 50 o 60, cómo algunas formalidades se mantienen. Sin embargo, el Fondo ha reaccionado a tiempo para cambiar algunas cuestiones esenciales; especialmente luego de un período complejo como lo fue el de 2005-2008. Algunos analistas, en esa época, poco menos que le extendieron su partida de defunción. En términos figurados, a fines de 2007 y principios de 2008, la institución estaba al borde del knockout. Muchos funcionarios —especialmente los de mayor experiencia— se estaban yendo, estimulados por los incentivos para el retiro impulsados por la Gerencia y los países más grandes —básicamente los del G7—, que creían en la necesidad de achicar el organismo, adaptándolo a “su nueva realidad”. Entonces llegó la crisis de 2008 y la institución tomó la oportunidad para procesar cambios en sus roles de prestamista, supervisor global y asesor de los países. Las líneas de crédito se ampliaron o se modernizaron y los enfoques cambiaron; cayeron algunos tabúes y se erigió el pragmatismo; la institución se hizo más transparente con sus dueños (que son los países), con las sociedades, con las organizaciones civiles y con la prensa. ¿Hay que avanzar mucho más? Sí, sin duda, falta bastante. Si vamos a la crisis actual provocada por la pandemia, se está procurando atender razonablemente bien a los países miembros, con un financiamiento adecuado y con análisis enfocados en las necesidades de los países, sin desconocer sus restricciones.