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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáBajo el título ¿Crimen de odio?, la última entrega de Búsqueda publica una carta del lector César, a propósito del tercer aniversario del asesinato de David Fremd. El corresponsal plantea dos cuestiones, que por su vigencia nos permitimos retomar. La primera: ¿fue en verdad un crimen de odio? La segunda: ¿por qué proliferan esas demostraciones de odio racial? (el corresponsal no utiliza la palabra, pero todos sabemos de qué está hablando: antisemitismo puro y duro).
Anticipo una respuesta a la primera —sin otras credenciales que mi condición de abogado—: fue un crimen de odio, categóricamente y sin la más mínima duda. Si un individuo sale a la calle invocando el nombre de Alá, vocifera a voz en cuello que su deseo es matar a los judíos, y acto seguido da muerte a uno de ellos, ¿qué otra cosa puede ser eso sino un delito (homicidio) movido por el odio racial? Si esto no fuera un crimen de odio, ¿qué homicidios sí lo son?
La segunda pregunta —mucho más general pero no por ello menos actual— plantea otra clase de dificultades: lisa y llanamente, implica tanto como hurgar en las profundidades del alma humana y comprenderla en su vasta y compleja inmensidad. ¿Es que acaso sabemos con claridad y certeza cómo funciona la mecánica mental del prejuicio? ¿Conocemos las raíces irracionales del rechazo hacia el otro? ¿Por qué la culpa debe ser siempre ajena? Por eso, y sin perjuicio de reafirmar la plena validez de la pregunta, creo que no menos constructivo es pensar sobre aquello respecto de lo cual no solamente podemos reflexionar sino también actuar: me refiero a la prevención (y represión), a estar atentos a las expresiones de esa lacra humana para mitigar sus efectos y actuar en consecuencia. Hago mías las palabras de Fernando Butazoni, pues las considero casi insuperables (justo es recordar que ellas fueron expuestas precisamente en el acto que días pasados —y con singular tino— organizaran la Bnai Brith y la NCI a propósito de estos temas y de la infausta efemérides): “Debemos protegernos unos a otros de la tentación de la indiferencia, esa dejadez moral que nos coloca al margen, sin ningún tipo de compromiso, con el destino de nuestros semejantes, y, al final, con nuestro propio destino”.
Jonás Bergstein
CI 1.316.079-4