Casi sobre la medianoche, cuando se dispersó el foco de conflicto en el Consejo Directivo Central (Codicen), muchos de los estudiantes se concentraron en la Facultad de Ciencias Sociales. El hall estaba repleto. En algunos sectores parecía la emergencia de un hospital, con jóvenes sosteniendo bolsas de hielo en sus cabezas y papeles con sangre en el piso. Los heridos eran el centro de atención. Contaban una y otra vez cómo habían soportado algún palo de la Guardia Republicana y de qué manera habían logrado zafar de pasar la noche en la seccional. Habían sido más rápidos que el resto. Un joven se paseaba entre todos con un papel y una lapicera recabando información sobre el destino de sus compañeros tras los minutos de caos luego del desalojo. Anotaba quiénes estaban internados en tal hospital o mutualista, quiénes habían quedado detenidos. Un dirigente del Sindicato Único de Taxistas y Telefonistas (Suatt) iba y venía nervioso entre los estudiantes preguntando si ya había ambiente para sacar un comunicado para repudiar los incidentes y organizar una marcha en protesta. Varios militantes de la agrupación Plenaria Memoria y Justicia acompañaban a los jóvenes en la facultad. Irma Leites, líder de este movimiento radical, llegó al centro educativo sobre la una de la mañana. Enfundada en una larga gabardina negra, Leites hizo notar su presencia cuando llegó. Se bajaron los volúmenes de las decenas de conversaciones en grupos. A los pocos minutos, luego de buscar infructuosamente un lugar donde cargar su celular, la líder de Plenaria reclamó la atención de todos. “Siempre quisiste ser maestra vos, Irma”, le dijo alguien al oído mientras los jóvenes se iban sentando y formando un círculo para escucharla. “Nooo, yo quería ser poeta”, le respondió Leites. Lo que pretendía era informarles sobre el estado de situación. Un reporte de daños. Leites recién llegaba de la Seccional Tercera. Dijo que uno de los “compañeros” tenía la pierna quebrada, que a otro se le había dislocado el hombro. También dijo que había “varios familiares” de los estudiantes que estaban “desestabilizados” frente a la seccional. “Hicimos lo que pudimos ahí con respecto a preguntar. Había un milico que nos informaba en la puerta, pero el comisario que encabezó la operativa no nos dirigió la palabra. Esa es la situación al momento. Sabremos dentro de un rato qué es lo que pasa, si los dejan detenidos a todos, que es lo más probable”. Los estudiantes le preguntaban sobre la suerte de algunos de sus compañeros y ella iba respondiendo. “Hay uno que no atiende el teléfono y no sabemos qué pasó con él”, dijo uno de los muchachos. Leites anotó su nombre en un papel y prometió averiguar. Luego de ese intercambio, el hall de la facultad fue quedando vacío. Leites organizó la salida. “De acá no nos vamos solos, cada uno se va adonde tenga que ir acompañado por alguien y avisa cuando llega al colectivo que corresponde”. “En serio, que la gente se vaya junta y no se regale”, acotó alguien más. Y se fueron de la facultad.

