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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAsí titula Claudio Paolillo su columna en la última Búsqueda. De acuerdo con él, pero querría complementar su idea con algo que considero no menor. El Mujica de los hechos (tal vez no el de la retórica partidaria) ya no es antiimperialista. “Con el antiimperialismo no vendemos pulpa” dijo el presidente en el viaje a que alude Paolillo. De allí surge un importante corolario para todos los que concuerden con Mujica: venderle carne a USA es un buen negocio para Uruguay; es algo conveniente para los uruguayos, nos enriquece, nos agrega valor y no nos lo quita. Esta corroboración, da por tierra con la concepción antiimperialista más difundida, la que fundada en la teoría de la dependencia, formó conceptualmente a toda la izquierda uruguaya y sigue estando presente detrás de su visceral odio a todo lo norteamericano. En efecto, el imperialismo según ese contexto teórico, imponía una división internacional del trabajo y establecía relaciones financieras y comerciales en el mundo de tal naturaleza, que condenaba fatalmente a los países de la periferia a la pobreza del subdesarrollo, circunstancia en la que estribaba a su vez, la prosperidad del Norte. En puridad, no existían países desarrollados y subdesarrollados, sino un único desarrollo capitalista, en donde prosperidad y miseria eran dos caras de la misma moneda. La primera fundaba su existencia en la segunda y viceversa. Es en definitiva, un viejo concepto marxista, por el que toda creación de riqueza burguesa tiene su contracara en la pobreza proletaria, llevado al ámbito de la relación económica entre las naciones. Esta percepción ha sido despiadadamente desmentida por el acontecer histórico, tanto en las relaciones sociales que se dan hacia adentro de las naciones, como en las que éstas establecen entre sí. Solo por citar algunos extremos: el crecimiento del salario, el desarrollo del derecho laboral y de la legislación social en el ámbito interno de las naciones; y en lo internacional, el desarrollo asiático y de los países ex comunistas, a partir de la apertura comercial a occidente y de la imposición de la economía de mercado.
Eludiendo el honesto reconocimiento del error, solemos escuchar una disculpa falsa: “lo que pasa es que el mundo cambió”; “los EEUU no son lo que eran antes”. Se evita así recordar que la vía que se proponía para la superar las relaciones internacionales de explotación que el imperialismo imponía, debía transitar necesariamente por fuera del sistema; se nos presentaba de esta forma una única solución: la revolución socialista. En efecto, estando los países periféricos fatalmente condenados al subdesarrollo, no había posibilidad de superación en el seno del capitalismo. Nuestra prosperidad solo podría devenir afuera del sistema y de análoga forma, la riqueza del Norte, no se sostendría a partir de los procesos de liberación nacional que romperían con la lógica de hierro que imponía el imperialismo. Así las cosas, el mero reconocimiento de que el mundo y los EEUU cambiaron, ya implica apearse de las viejas concepciones antiimperialistas: había, siempre hubo y hoy sigue habiendo, una posibilidad de desarrollo capitalista. Y algo más: “la” posibilidad de desarrollo, es capitalista. ¿Acaso se nos presenta otra? Intelectualmente no es algo difícil de entender y de aceptar. Las evidencias nos rodean y muy necio hay que ser para no asumirlo. Lo que nuestra izquierda no termina de digerir y sincerar es el trágico reconocimiento de que la sangre derramada, los hogares destrozados, la nación dividida, el odio sembrado transmutado a resentimiento hacia el empleador y hacia las grandes democracias norteñas fue producto de un enorme error.
La izquierda, a lo largo de las últimas décadas logró cambiar la cultura dominante, instaurando una conciencia antiimperialista y anti mercado que constituye hoy un duro escollo para el desarrollo capitalista. Los que proponen “profundizar el modelo” todavía siguen fieles a ella. Es esa cultura, la que subyace en los sucesivos rechazos al tratado de libre comercio con USA, en un tiempo en el que otras regiones del planeta crecen al amparo del libre intercambio comercial con las otrora metrópolis. Resulta imprescindible desandar el camino errado, más ahora, cuando soplan vientos favorables para el crecimiento y desarrollo de nuestros pueblos. ¿Cómo alinear la fuerza de trabajo y los recursos productivos hacia el intercambio comercial con USA, sin hacer caer los viejos dogmas que aún generan en el ser social el odio anti yanqui? Todavía viven (vivimos) muchos de los formadores de opinión sobre los que recae el peso histórico de tamaña responsabilidad. Ellos tienen la palabra.
Juan Pedro Arocena
CI 1.246.439-7