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    ¿De verdad murió Osama bin Laden?

    N° 1717 - 13 al 19 de Junio de 2013

    Osama bin Laden cayó muerto hace dos años. Y eso fue visto como una gran victoria para Estados Unidos, que había sentido su mortífero asedio con el derrumbe de las Torres Gemelas en setiembre de 2001. Sin embargo, desde el más allá, quien fuera líder del grupo terrorista Al Qaeda parece estar ganando algunas batallas.

    El escándalo desatado esta semana al conocerse detalles sobre cómo los organismos de seguridad norteamericanos realizan su espionaje a llamadas y mensajes en Internet muestra que, en su afán de derrotar al terrorismo, Washington se empantanó en una trampa que podría ser fatal: la de violar derechos ciudadanos básicos para lograr ese objetivo, con lo cual corre el riesgo de destrozar, desde adentro y no por un enemigo externo, los pilares institucionales que definen a esa nación desde su misma creación.

    Ante cada bomba puesta por el terrorismo, la población norteamericana reacciona con enorme entereza, como se vio no solo en el fatídico setiembre de 2001 sino también en el reciente atentado de Boston. Pero para vencer esa amenaza terrorista, el gobierno norteamericano, con George W. Bush antes y con Barack Obama ahora, recurre a medidas que, inequívocamente, recortan libertades y derechos, y que por ley permiten el espionaje a millones de norteamericanos. Eso horada la naturaleza misma los EEUU mucho más que los atentados perpetrados por los terroristas.

    Todo país recurre a medidas de emergencia ante una situación extrema, con la suspensión de derechos ciudadanos básicos. Discutibles como son, se entiende que al menos deben ser instrumentos transitorios. Aprobadas como leyes por congresos o parlamentos legítimamente elegidos, tales medidas deben tener un plazo claro y definido. Por eso cuentan con cláusulas de “puesta de sol” (“sunset clauses”) para que no se prolonguen en el tiempo y se conviertan en una realidad irreversible. Pero algunas de estas leyes han sobrevivido en EEUU una larga década, como esta que permite un espionaje tan amplio.

    Calificado como el gran héroe del siglo (más que otros que en los últimos 60 años filtraron datos claves a la prensa), el joven Edward Snowden no lo es tanto, ya que en realidad no revela la existencia de un funcionamiento perverso sino sus mecanismos y algunos de sus víctimas. Que esto existía ya era conocido porque se trata de una ley que, además, fue renovada por el Congreso en 2012, por otros cinco años más, por amplia mayoría de legisladores de ambos partidos que, a su vez, son informados (aunque con estricta reserva) acerca de cómo ella se aplica, incluso con autorización judicial, también secreta.

    Tal vez la población no se informa debidamente de lo que hacen sus representantes, lo cual muestra una grave omisión en sus responsabilidades cívicas, aunque también es un dato llamativo que, según una reciente encuesta de “The Washington Post” y el Pew Centre, 56% está de acuerdo con estos seguimientos a millones y millones de norteamericanos.

    El trauma del 11 de setiembre de 2001 puede explicar esta actitud. A ello debe sumarse el reciente episodio en Boston. Explica también la resignación de los pasajeros que antes de abordar su avión se someten a incómodas revisaciones. Las prefieren si así se impiden nuevos ataques donde ellos mismos morirían.

    Pero la prolongación en el tiempo genera efectos nocivos. ¿Este espionaje realmente se usa para detener con eficacia el terrorismo? ¿O es para evitar filtraciones que perjudican al gobierno? Las recientes revelaciones indican que en realidad procuran identificar a quienes pasan información sensible (para el gobierno) a la prensa. Obama ha dicho que el espionaje no va hacia el contenido de las comunicaciones sino para determinar quién se conectó con quién. Si así fuera, tras la publicación de una noticia incómoda basta rastrear en esas fecha los contactos del periodista para identificar al filtrador.

    El gobierno podrá argumentar que eso no afecta la libertad de prensa ya que no impide la publicación de noticias. Pero el freno lo pone antes. Las fuentes, asustadas ante tanto espionaje, evitarán todo contacto con los periodistas. Se dirá que un jerarca que filtra noticias es un funcionario desleal o que rompió algún juramento de reserva. Pero a lo largo de la historia y en muchos lugares del mundo, este ha sido el más eficiente instrumento de transparencia, les guste o no a los gobiernos.

    Utilizar herramientas que limitan derechos básicos, justificándolas por motivos de emergencia terrorista pero usadas para castigar a presuntos funcionarios infieles, es doblemente grave.

    Los periodistas siempre encuentran recursos para sortear las barreras limitadoras. Tendrán que volver a los viejos tiempos artesanales donde los documentos no navegaban por la red sino que se entregaban en cerrados sobres manila. O donde las fuentes se encontraban con el periodista en el subsuelo de un gran estacionamiento. Eso hizo el famoso “Garganta Profunda” en el caso Watergate y su identidad fue un misterio durante décadas.

    Obama ha dicho, en defensa del espionaje que ejecuta su gobierno, que no se puede tener seguridad y privacidad a la vez. El dilema en realidad no es ese. No es una cuestión de intimidad sino de libertad, de derechos y garantías básicas. Sobre esos principios se construyó un país como EEUU y sobre ellos surgieron luego las democracias modernas. Por esos principios hubo guerras y millones de individuos que murieron en su defensa. Si para sobrevivir hay que conculcar esas libertades y derechos, entonces los pilares sobre los cuales se apoyan estas naciones también terminarán cayendo. Y, en ese caso, Osama bin Laden habrá conseguido lo que quería.

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