A menudo en los filmes un ser humano cae redondo y un corro desesperado clama por un médico.
A menudo en los filmes un ser humano cae redondo y un corro desesperado clama por un médico.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn estos tiempos también la ansiedad por encontrar uno me recorrió la espina dorsal.
Hace años que me atiendo en una mutualista. La conocía al dedillo, reservaba un médico por Internet con una semana de anticipación y no tenía demasiadas quejas.
Pero ahora conseguir número se ha convertido en un asunto desquiciante. Buscar un especialista puede conllevar buscar dos: también un psiquiatra, para atender la ansiedad y la ira que genera intentar ir al médico.
Un miserable sarpullido previo a mi licencia me develó hasta qué punto la reforma de la salud me ha dejado varada en la periferia de la sanidad.
Durante dos semanas busqué afanosamente por Internet una consulta con un dermatólogo. Me topaba con unos listados impresionantes y el rótulo “consulta completa”. Meses de espera…
Me preguntaba: “¿Qué significa que un cuerpo doliente deba esperar meses para que un médico lo observe?”.
Recordé la fobia de mi amiga y poeta María Gravina: profesora de francés con una exigua jubilación, hace años que concurre al Maciel. Se negó siempre a hacer cola a las 6 de la mañana en invierno para conseguir número en un hospital. Prefería morir con dignidad, porque aceptar esa degradación también era morirse.
Cuando se implementó el Fonasa, la idea de que por fin todos los uruguayos tendrían cobertura médica contó con mi beneplácito: se descongestionarían los hospitales públicos y estos tres millones de cuerpos viviríamos mejor.
Pero he aquí que empiezan a llover sobre mí historias macabras. Literalmente.
Mi hija acompaña a una compañera de clase a la urgencia del Clínicas: su amiga está operada de miopía y le duele un ojo. Llegan a las ocho de la noche. A la una de la mañana aún no ha llegado la oftalmóloga. Un hombre con un ojo quemado por un cigarrillo también aguardaba con penuria. Muy cerca, en una camilla, durante el tiempo de espera, los acompañó un muerto. Estaba allí, en la noche, como si la oftalmóloga debiera revisar también sus pupilas inertes.
Volvamos a mi sarpullido. Días atrás se desató una tormenta. Llamé a mi mutualista para ver si había alguna devolución. ¡Sí! Allí estaba al otro lado del teléfono el número cabalístico.
Inmediatamente corrí a la clínica. La médica ya me había atendido otra vez, me gusta y me agradaría consultar siempre con ella. Se lo digo, le cuento que actualmente es una utopía conseguir una cita para cualquier dermatólogo. Balbuceo: “¿Explotó el Fonasa?”.
La doctora me mira con intensos ojos azules. De pronto, me convierto yo en una suerte de psiquiatra. La médica me lanza un torrente de angustia y me cuenta, con expresión de dolor, en la pesadilla en que se convirtió su trabajo. Ha debido renunciar a Salud Pública.
Ahora se encuentra con sus ex pacientes que le ruegan: “¡Atiéndame sin número, por favor!”.
Su malestar es tal que creo que va a enfermarse. Pero deberá esperar tres meses para que le habilite un especialista el Fonasa.