—¿No es un poco agotador?
—Claro que es agotador. Yo desearía estar más tranquila. Igual, si me comparo con otros momentos previos, estoy mejor. Ahora por lo menos puedo ver esa ola que se me viene encima y que me va a consumir. Y como vivo emocionada con todo lo que hago, la radio, mis amigos, la música, todo lo vivo con intensidad, puede ser desgastante.
—Cantás tango, cantaste rock y sacás un disco de rock. De hecho, sacás un disco que se instala en un cruce difícil, meterse con clásicos del folclore latinoamericano y versionarlos de una manera muy personal. Esa pasión que te mueve, ¿sirve para explicar esa trayectoria?
—No lo sé. No es algo que piense a priori. Como voy como bólido, como bólida, no me paro a calcular eso. Lo que conozco es avanzar, y voy como una imbécil. ¿Viste las vacas cuando comen y miran? Y vos pensás: “¿qué hace la vaca?”. Bueno, la vaca mira y ta. Yo voy así: miro y hago y ta. Tengo sí una mirada política zarpada, pero lo que conozco es avanzar. Por mi naturaleza irracional y también por ser mina.
—¿A qué te referís cuando decís “mirada política”?
—A que cuando miro no es que mire sin contenido.
—No como mira la vaca.
Claro, no miro neutralmente. Tengo un lugar: si soy la vaca, soy la vaca. Pero esta cosa de avanzar, avanzar y avanzar, también tiene que ver con ser mina en la música. Hay que ponerle el cuerpo a tanta cosa... Es agotador. Mirá, ya me agoté de contártelo (risas). Amo a mis compañeros músicos varones, pero a veces es como tener que decir “hola” para que te vean. Y acá ya no hablo de mí, hablo de nosotras. Tenés que demostrar que sos buena, que sos amable y tenés buena onda. Es mucho laburo.
—Y que además no es musical, no es artístico…
—Claro, además, para mí, el arte es una herramienta para ser mejor. Si no, no me importa, me chupa un huevo. Si sos músico, tenés que ser mejor gente. Si no, ¿para qué mierda querés ser músico? Para mí, es una herramienta que me permite varias cosas: hablar de plata, distribuir, ver políticamente qué hago con lo que tengo. Y yo con eso quiero ser mejor mina. No sé si querer ser mejor mina es algo que se refleje hacia afuera. Y ahí es cuando quiero que mis compañeros, que me viven de cerca, me digan: “che, qué divino” o “qué horrible”. Y estoy siempre abierta a escuchar. Para mí, ahora más que nunca, cantar es 100% político. Una canción te parte la cabeza y es mentira que con una canción no se cambia el mundo. Es mentira.
—Pero eso no quiere decir que lo político deba ser explícito en la canción…
—No lo puedo pensar separado. Que vos elijas cantarle al almohadón, cantarle al mate o al ómnibus, cualquier elección que hagas, es política. Esta charla es una decisión política. Es tiempo que le dedicamos a esto y no a otra cosa. Todo lo que hagas hacia afuera es una decisión política.
—Tu definición sería entonces la vida como un acto político.
—Cien por ciento. Cualquier elección que estés tomando, derrama hacia afuera y cuenta quién sos. Todo lo que vos hagas, no lo que vos me cuentes, te define políticamente.
—¿Todo lo que sea el hecho artístico?
—No, la acción, no solo el hecho artístico. Para mí, arte es vivir. La música como hecho subordinado a la vida, es una herramienta para vivir mejor.
—Al mismo tiempo, hacés un disco, salís a tocarlo, te preocupás de presentarlo en las mejores condiciones. ¿Cómo conecta eso con una definición tan general como que la vida es política?
—Este disco es repolítico. Como todos los anteriores pero en un sentido específico. Esto ya no sé si es política o empecinamiento (risas), pero yo soy de mi época, defiendo el disco. Loco, yo quiero hacer un disco y que la gente escuche un disco, no temas sueltos. Por eso insistí en que saliera físico. Porque para mí, para mi cabeza, para mi época, es importante tener un contacto material con el objeto musical. Lo digital me parece maravilloso, lo utilizo zarpado. Pero no es tocable, no es material, no tiene columna, no tiene ojos, no tiene huesos, no tiene estómagos. Por eso repeleé por este disco físico.
—¿Hay quien compre discos?
—Sí, creo que sí. Yo escucho vinilo, porque con el vinilo recobré (hace ruido de destapar una botella de vino y servirlo en una copa) escuchar un disco completo. Recuperé el sentarme con mi hija, charlar y escuchar música. Me encanta levantarme y tener que dar vuelta el vinilo. A mí me representa, capaz que soy de otra época, pero para mí es mágica.
—La idea de oír un disco entero era natural hace un par de décadas. ¿Esa idea permanece o estamos siempre apurados? ¿No estamos en una lógica de lo eficiente que cree que escuchar un disco entero es perder el tiempo? ¿Tiene sentido el disco en un mundo así?
—Yo creo que sí. Y creo que pensar en que todos hacen lo mismo, es mucho. Nosotros tenemos el privilegio de poder hablar de esto, nosotros que somos blancos, que tenemos laburo, que morfamos, podemos darnos el lujo de comprarnos vinilos, que son carísimos.
—Bueno, por eso yo no me compro vinilos…
—Bueno, hablo por mí, entonces. Decir que “todos” es mucho. Creo que ese privilegio que tengo yo, lo tienen otros y otras. Y eso convive con el hecho de que hay gente que directamente no tiene relación con la cultura. Porque ese acceso es un privilegio. Veía un documental de Pino Solanas sobre el cultivo de la soja en Argentina y el nivel de “me cago en vos” que hay en algunas compañías multinacionales con respecto a la gente ignorante que depende de estos cultivos, es aterrador. Tribus indígenas, grupos pequeños, en la más absoluta negación de la vida, que te hace preguntarte: ¿qué musiquita, papá?
—Pero sin embargo la hacés…
—Claro, pero al mismo tiempo me doy cuenta del tamaño que tiene la música en ese contexto. Y hablo por la mía. Y todo convive en todo. Todas las urgencias. Para mí es urgente el 6 de junio (fecha de la presentación del disco) y eso me hace sacar lo que menos me gusta de mí. Que es esa cosa de “mirá si no llego”. Y crece el “mí, mí, mí”. Y no me gusta.
—Al artista siempre se le supone alguna clase de ego.
—Me cago en el ego.
—Pero igual te subís a un escenario.
—Sí, pero como lo hace el cirujano, que también opera.
—El cirujano salva una vida. ¿La música hace eso?
—Sí, creo que la música salva. Poder compartir con otros la alegría de subirte a un lugar a jugar y disfrutar, eso es cambiar la vida. Zarpado. Capaz que lo que estaría bien pensar es qué definimos como ego. Ego es quién soy. Soy ego, a full, me lo voy a estampar grande en una remera. Porque la única forma que tengo de ver las cosas, de ver el mundo, es desde atrás de estos ojos y no veo nada que no sea yo.
—No hay manera de sacarse esa subjetividad. No podés.
—Claro. Y después está lo otro, que es la vanidad. Esa pelotudez del divismo, de la pose, que me parece un embole. Ahora, si me decís ego, yo defiendo mi ego y el tuyo. Pero lo otro es un acto vanidoso. Y que también es un filo en este laburo, donde tenemos este privilegio y todos lo transitamos. Creo que la vanidad se te baja como una trompada cuando pensás que sos un privilegiado. Uno de verdad, blanco, exitoso, que puede viajar, que hace lo que le gusta.
—Volviendo a lo concreto, ¿por qué la decisión de hacer este disco que hiciste? ¿Por qué un disco de rock? ¿Fue un plan o se fue decantando?
—Este disco, antes, hace mucho tiempo, tanto que parecen 10 décadas, iba a ser un disco de tango. Tuve la suerte de ganar el Fonam y los Fondos Concursables. Era un disco de tango y luego fue un disco de tango con guitarras eléctricas. Estoy más feminista, más intensa, más, todavía más (risas). Se sumó cierto enojo y necesitaba esa intensidad eléctrica. Y me empezaron las dudas de si tenía que ser de tango. El año pasado hicimos una Hugo Balzo e invité a mis compañeros en La Tabaré a tocar un tema. Hicimos Balderrama y ya en el escenario sentí que me atravesaba la música como una corriente, todo el cuerpo. Y al otro día los llamé a los chiquilines y les dije: “Vamos a hacer un disco”. El disco lo grabamos con Hernán Rodríguez, Diego Varela e Irvin Carballo. Fernando Alfaro no podía. En determinado momento entramos en una dinámica muy buena que parecía infinita y por suerte Diego tomó las riendas y dijo: “Hasta acá”. Soy muy rompe huevos con las versiones, me estudio los temas, no canto una conchuda palabra sin entender perfectamente qué quiere decir el autor, es la parte que me divierte de ser intérprete. Pero si seguíamos así, iba ser eterno. Empezamos a grabar y meter en la computadora, cortar, pegar, descartar, elegir. Cuando grabamos el disco fue más que nada sustituir lo tocado. Pero todas las ideas ya estaban en la maqueta.
—¿Qué te gustaría para después del 6 de junio?
—La idea es tocar el disco y hacer una gira por el interior. Igual, te voy a ser sincera: como ando entre la conciencia más total y absoluta y también en el otro extremo, te juro que lo único que puedo ver en este momento y de verdad, es el 6 de junio. Y ahora que está más cerca, pienso: “Ah, mirá, capaz que después hay una vida” (risas).