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    “Hartazgo” ciudadano

    N° 1840 - 05 al 11 de Noviembre de 2015

    El resultado de la primera vuelta de la elección argentina ha despertado preocupación y nerviosismo en filas del oficialismo uruguayo, que antes del 25 de octubre daba por sentado que el candidato del Frente para la Victoria (FPV), Daniel Scioli, ganaría la elección sin siquiera pasar el “trámite” de una segunda vuelta.

    La inesperada paridad del reciente comicio, que hizo pasar al candidato oficialista de número puesto a improbable vencedor, sumado a la derrota del FPV en la elección de la provincia de Buenos Aires, fue un severo golpe a las expectativas de quienes creen que “la izquierda llegó para quedarse”. O, como con tanto alarde prometió Tabaré Vázquez: el Frente Amplio “matrizará” con sus ideas y propuestas la historia del Uruguay en el siglo XXI como Batlle y Ordóñez lo hizo en el siglo pasado.

    El traspié del FPV argentino se suma a una serie de malas noticias que, junto con el fin de un ciclo económico extraordinariamente favorable y prolongado que benefició a la región durante una década, preocupa y pone nerviosas a las fuerzas “progresistas” y “populistas” del continente, ante la eventualidad de la caída de un aliado importante.

    Los hechos políticos más recientes sugieren que la corriente “populista-progresista” inaugurada hace más de tres lustros por Hugo Chávez, cuya generosa chequera petrolera le permitió abrochar negocios de amigos ideológicos y cosechar lealtades políticas a lo largo y ancho del continente, se halla en franco retroceso.

    Al reciente traspié electoral sufrido por el FPV, y en particular por el kirchnerismo, se suma la delicada situación política y económica de Venezuela, cuyo gobierno autoritario, ineficiente y corrupto dilapidó una enorme riqueza petrolera convirtiendo en un caos la vida en un país empobrecido y desabastecido de productos de la canasta básica. Su pueblo renovará el 6 de diciembre la Asamblea Nacional, elección en la que el oficialismo ve amenazada su hegemonía. Quizás por ello, anticipándose a un eventual triunfo opositor, el presidente Nicolás Maduro anunció la semana pasada que “la revolución no será entregada jamás” y que, llegado el caso, “pasaría a una nueva etapa” en la que una “alianza cívico-militar” gobernaría “con el pueblo”. ¿Bravuconada preelectoral? Sin duda explicitación de su talante antidemocrático.

    Las preocupaciones y el nerviosismo se originan también en las inesperadas derrotas sufridas en comicios municipales por el oficialismo boliviano y ecuatoriano, así como en las multitudinarias protestas populares en Brasil contra el gobierno de Dilma Rousseff, acosado por denuncias de corrupción, y el deterioro de la imagen de Michelle Bachelet en Chile y de Tabaré Vázquez en Uruguay.

    Convencidos de su superioridad moral por encarnar el bien, defender las ideas más justas y las causas más nobles, el bando “populista”-“progresista” atribuye estos reveses políticos, la insatisfacción de sectores de la sociedad, no a sus propios errores, no al desacierto de políticas y decisiones fundamentadas en su ideología, sino a siniestras tramas urdidas por “la derecha” aliada a oscuros intereses de “las trasnacionales” y del “gran capital”, que “sueña” con revertir los “logros” de estos gobiernos de “izquierda”.

    Se trata, alegan, de grupos desplazados del poder, que han perdido influencia y capacidad de presión, cuyos intereses han sido afectados por gobiernos que asumen la defensa de “los más necesitados”.

    Desde su proclamada superioridad moral no pueden ni quieren apreciar una realidad que escapa a sus utopías, no pueden admitir el inevitable desgaste que produce el ejercicio del gobierno. El incumplimiento, cuando no el olvido, de promesas electorales, el distanciamiento del discurso oficialista de la realidad que viven los ciudadanos, el abuso de funciones, la mala administración, las designaciones y privilegios en beneficio de amigos, etc.

    Por ello, tras una década de gobierno con mayoría legislativa propia y bonanza económica, agotada la excusa de “la herencia maldita”, no parece haber mejor respuesta que apelar al miedo, agitar el cuco del regreso de “la derecha”, “el neoliberalismo”, “las multinacionales”, “el imperialismo”, la corrupción.

    Los gobernantes “progresistas”, sus operadores y propagandistas, no parecen advertir que ante nuevas realidades, nuevos problemas y desafíos, esas argumentaciones han perdido peso porque los ciudadanos se cansan pronto de los pretextos y las excusas. No advierten que el ciclo político “populista-progresista” está dando muestras de agotamiento en toda la región.

    Entrevistada por “El Tribuno” de Salta, la presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo, Estela Carlotto, cuya simpatía hacia el kirchnerismo no oculta, admitió que “puede ser” que los argentinos “se hayan hartado” del “kirchnerismo”.

    Dio en la tecla, por más que responsabilizó a la prensa de fomentar el “hartazgo”, y no al autoritarismo y la prepotencia de la presidenta y de varios de sus colaboradores, a los desplantes del oficialismo a la oposición política. O al atropello sobre los magistrados independientes y al intento de controlar al Poder Judicial, al empleo de cuantiosos recursos públicos para financiar a la prensa amiga mientras hostiga a los medios independientes. A la concesión de prebendas a “empresarios K”, al agravamiento de los problemas de seguridad pública, a la expansión del narcotráfico y a la corrupción.

    Carlotto admite el desgaste que origina el hartazgo, pero, siguiendo el discurso oficial, culpa de ello al mensajero.

    Con la vista fija en el pago chico, obsesionados en su afán de refundar sus repúblicas, el “populismo” y el “progresismo” latinoamericano niegan en los hechos una de las características que fortalece a la democracia: que las ideas e intereses confrontan libremente, que no es posible conformar a todos todo el tiempo y que por lo tanto la alternancia de partidos y candidatos vigoriza el sistema.

    Si fuesen capaces de levantar la vista y mirar a naciones que tienen siglos de existencia, que han sufrido los horrores de la guerra más de una vez en el último siglo, apreciarían las virtudes de un sistema que con la misma facilidad concede y retira responsabilidades y honores.

    La conservadora Margaret Thatcher gobernó en el Reino Unido durante 12 años y el laborista Tony Blair durante 10. Y, curiosamente, ambos fueron sucedidos por políticos de sus propios partidos. El socialista Felipe González fue presidente del gobierno español durante 14 años y el conservador José María Aznar durante 8. El conservador Helmut Kohl gobernó durante 16 años, período en el que afrontó el desafío de la reunificación alemana. Angela Merkel cumplió una década en el poder y en algún momento le llegará la hora. Como le ha ocurrido al “cavaliere” Silvio Berlusconi, presidente del Consejo de Ministros italiano en tres ocasiones. Derrotado, volvió al llano para intentar remontar la cuesta. A todos, en algún momento y por alguna razón, les llega la hora. Y no hay drama en ello. Porque los ascensos y caídas son fundamento del pensamiento genuinamente democrático. Y el éxito del sistema. El “hartazgo” es algo natural… y conveniente.

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