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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCon el habitual estilo de su columna semanal—que en esta ocasión titula La carta que el Sunca nunca escribirá—, Guillermo Sicardi, a propósito de la maravillosa pieza escrita por dos obreros del liceo de Dolores en 1939, realiza afirmaciones y generalizaciones que no puedo pacíficamente aceptar.
Tengo el privilegio de trabajar en temas que me desafían, en los diferentes ámbitos en los que desempeño actividades. También tengo el placer de intercambiar con actores de distintos ambientes, con personas con diferentes formaciones, y encuentro ejemplos de enorme compromiso con el trabajo, que al parecer el columnista no tiene y a partir de los cuales se descarga contra el “estatismo neobatllista y su posterior hijo natural (el populismo frenteamplista)…”.
Obviamente, no tiene sentido que intente polemizar con Sicardi sobre sus convicciones y percepciones. A partir de ese hallazgo en el liceo de Dolores, hace referencia a la ética del trabajo, la ética de la responsabilidad individual y el amor al trabajo, y se pregunta si alguna vez alguien escuchó hablar en esos términos a un sindicalista del Sunca o de cualquier otro miembro del PIT-CNT, un obrero, un enfermero o un maestro, para rematar: “Yo, jamás”, y enseguida: “Para ellos el trabajo es un flagelo”.
Lamento profundamente que Sicardi no tenga la fortuna que tengo yo. Conozco preciosos ejemplos de amor por el trabajo, convivo con ellos, me siento desafiado día a día a seguir contribuyendo con la formación de tantos profesionales desde la Udelar, trato de aportar mis conocimientos y despertar el interés por la formación permanente en el ámbito profesional, laboral y entre mis amistades. Pero le agrego algo más, ya que tiene una memoria frágil: obreros del Sunca y de otros gremios del PIT-CNT a quienes tanto desconoce, trabajaron voluntariamente —sí, en forma gratuita, por amor al trabajo y a sus semejantes— en forma solidaria con la población de Dolores, apenas producido el terrible tornado que destruyó parte de la ciudad. Muchos de esos obreros que ofrecieron su mano de obra casi seguramente no tienen casas como las destruidas, pero no dudaron en ofrecer su trabajo para tratar de reparar algunos de los daños materiales. Hubo además innumerables campañas solidarias de los diferentes gremios, que surgieron espontáneamente.
Hablar despectivamente de enfermeros y maestros es al menos irresponsable. Los ejemplos de abnegación y compromiso, en los contextos más diversos, son pruebas más que suficientes. Pero si necesita alguna confirmación, lo invito a que visite a cualquier maestro de una escuela de contexto crítico o en un barrio de los “difíciles” aquí en Montevideo, y podrá calibrar lo que significa amor al trabajo. Hágalo, Sicardi, no se va a arrepentir, y tendrá un testimonio “en directo” del cariño y voluntad de tantos uruguayos. Si decide no hacerlo y quedarse con sus convicciones, al menos le pido que no sea tan drástico en sus comentarios hacia la gran mayoría de trabajadores de este país.
Jorge Xavier