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    “La naturaleza no me dice nada; la ciudad, en cambio, me habla”

    El escritor griego Petros Márkaris estuvo en Montevideo

    El caso de Petros Márkaris es peculiar. Ha construido su existencia sobre una identidad múltiple, en varias capas: nació en Estambul, vivió en Viena y Stuttgart y terminó radicado en Atenas, donde reside hasta hoy. Márkaris (el apellido original era el de su padre armenio: Markarian) tiene 77 años y cuando joven estudió Economía, según indicación de su padre, ciego ante la evidencia de que su hijo amaría la letra y no el número. Odiaba las ciencias económicas y más adelante sabría que quería ser escritor. Sus obras ganaron, entre otros, los premios Pepe Carvalho y Point du Polar Europé, en 2013.

    Cimentó su popularidad con el personaje del comisario Kostas Jaritos, el protagonista de una serie editada por Tusquets, que tiene la particularidad de desarrollarse en el contexto de la actual crisis socioeconómica en Grecia. En Montevideo están en venta los títulos Defensa cerrada, Muerte en Estambul, Noticias de la noche, Liquidación final, Pan, educación, libertad, Con el agua al cuello, Suicidio perfecto y La espada de Damocles (ensayo).

    Antes de arribar a Montevideo pasó por Argentina, donde participó en la cuarta edición del Festival Buenos Aires Negra, un encuentro internacional que reúne a autores del género policial, en lo que fue su primer contacto con América Latina. En Montevideo dio dos conferencias, una el lunes 11 al mediodía en la librería Más Puro Verso de la Ciudad Vieja, donde dialogó con sus lectores y firmó ejemplares. La otra fue al atardecer, cuando ofreció la charla “El escritor y sus ciudades”, en la Fundación Tsakos, con una convocatoria que superó las 170 personas y rebosó la capacidad del recinto: muchos quedaron afuera. Quienes no pudieron entrar, de todas maneras accedieron a un pasillo lindero al salón, donde se podía oír al escritor que hablaba entusiasmado y prolijamente traducido al castellano, salpicando su discurso con anécdotas y acertados toques de humor rápido y fresco.

    En esta conferencia, Márkaris contó cómo pasó de vivir en Estambul a Viena. Remarcó su odio por los estudios de Economía. “Pero a mediados de los 50 un muchacho de una minoría como yo, no podía decirle que no a su padre. Yo era insoportablemente mal estudiante”, dijo al mismo tiempo que despertaba risas entre el público. “Mis padres creían en el milagro alemán, en la educación alemana”. Y agregó: “Si algo me ha perseguido en la vida es la soledad y en Viena estuve muy solo”.

    Esta mixtura geográfica hizo que Márkaris hablara con solvencia tres idiomas: turco, griego y alemán. De hecho, trabajó como traductor del alemán al griego, con autores como Bertolt Brecht, Thomas Bernhard y Arthur Scnitzler. Lo último que hizo fue una elogiada traducción de Fausto, de Goethe.

    Fue en Viena que descubrió que sería escritor, y ahí también conoció el teatro de Brecht. “Mi papá me mandó a estudiar Economía y yo iba al teatro”. También admitió que no quería escribir novelas, aunque finalmente lo llevaron al éxito. “Así que ahora veo que me equivoqué en todas mis decisiones y me ha ido muy bien”, bromeó.

    Márkaris subrayó, además, que no se identifica con el concepto de “patria”. “El poeta griego Dioniso Solomos dijo: ‘¿Quizás tengo algo más en la mente que la libertad y el idioma?’. Y yo me pregunto: ‘¿Tengo algo más que la religión y el idioma?’. Para las minorías, la religión es todo. Donde yo nací sos turco o no sos nada... Yo no era nada”.

    De Atenas, que era un “pueblito” en comparación con Viena, destacó sus contradicciones y su belleza, que radica en las sorpresas que esconde. En algún momento una voz interior lo alentó a irse: “¿Qué viniste a hacer acá? Agarrá a tu hija y andate”. Cuando Márkaris llegó a Atenas, la gente tenía mucho humor y se reía por cualquier cosa. “Hoy el griego ya no se ríe”, remarcó.

    Sobre el final señaló que su hija, que corrige sus manuscritos, le dijo: “Estoy harta de escuchar tus sarcasmos e ironías sobre Atenas y después volver a leerlos”. Y en otro momento habló de su anodina relación con lo agreste: “A mí la naturaleza no me dice nada; la ciudad, en cambio, me habla”.

    La entrevista que mantuvo con Búsqueda fue momentos antes de la conferencia en la Fundación Tsakos.

    —¿Por qué decidió hablar de las ciudades en su conferencia montevideana?

    —Las ciudades donde viví fueron estaciones en mi vida, puntos muy importantes que me afectaron profundamente. Por eso quienes escuchen esta charla conocerán un poco más de esas ciudades.

    —¿Cómo se formó con influencias culturales tan diferentes como la griega, la alemana, la turca y la armenia?

    —El tema de las diferentes culturas fue muy importante en mi vida. Me marcó el hecho de nacer en Estambul en una familia de madre griega y padre armenio. También afectó mucho mi vida, mi manera de pensar y quien soy hoy, que mi padre decidiera educarme con la cultura alemana y en una escuela alemana. Después tuve que volver a las raíces y al idioma griego.

    —¿Cómo hizo para estudiar Economía cuando no le interesaba para nada?

    —Nunca quise estudiar Economía; fue mi padre el que quiso. Nunca me gustó. Lo único que siempre quise hacer es escribir. Lo que sí es verdad es que a veces esos estudios tan escasos que hice me ayudan a entender la sociedad y cómo funciona el mundo.

    —Usted fue bastante crítico con el derrumbe financiero de Grecia. ¿Cómo ve hoy la situación y a los políticos de su país?

    —Grecia está más estable, pero no mejor. Se estabilizó pobremente, por ahora, y de esta manera el pueblo sigue pasando muy mal. El problema con los políticos es que están pagando un gran precio porque antes no le dijeron la verdad al pueblo. El resultado es que hoy la clase política ha perdido la confianza de la gente. No importa lo que les digan: las personas ya no les creen.

    —Ha dicho que los jóvenes han perdido la confianza en los políticos. ¿Por qué considera que esto es malo?

    —Simplemente porque no puede existir democracia sin sistema político. Dictaduras sí, y solamente así pueden existir. Que pierdas tu fe en el sistema político es muy grave porque pueden pasar dos cosas: que pienses que la democracia es un hecho dado —y no lo es—, o que no te importe si hay democracia o no.

    —En estos días que pasó en Latinoamérica, ¿pudo sacar alguna conclusión de las ciudades que visitó?

    —Las conclusiones a las que puedo llegar son producto de las imágenes que he visto, y no a través de lo que puedo conocer por el idioma. Además, he estado muy poco tiempo. Las imágenes me dan impresiones: caminando en Buenos Aires y en Montevideo he tenido la sensación de estar en una ciudad europea. Algunos barrios de Buenos Aires me sorprendieron porque sentí que estaba en Roma, y en otro momento en Madrid. Y acá, cuando caminé por la rambla, me pareció que estaba en Atenas. Pero no puedo hablar de la gente porque ha sido poco el tiempo.

    —¿Cómo fue su relación con el esforzado trabajo de traductor?

    —He traducido mucho y elegí hacerlo porque quería amigar el idioma alemán al griego. A partir de eso, empezó un período en el que la traducción era lo más importante que hacía. Con el Fausto de Goethe terminó para mí la traducción: puse un punto final ahí.

    —Yendo a su personaje, Kostas Jaritos, ¿qué hay de él en usted y qué aspectos son totalmente diferentes?

    —Lo único que comparto con él es su mirada hacia Atenas y los atenienses. Eso es igual, tal cual; en todo lo demás, nada que ver.

    —¿En este momento Jaritos está en su cabeza generando nuevas historias?

    —Todavía no estoy pensando nuevas historias, pero de todos modos el personaje ya es una parte de mí, siempre está aquí, conmigo.

    —¿La próxima novela podría transcurrir en Montevideo o en Buenos Aires?

    —(Risas) Los alemanes y los españoles siempre preguntan: ¿Cuándo va a venir Jaritos a España o a Alemania? Y yo contesto que cuando se jubile va a abrir una agencia de viajes e irá a distintas ciudades.

    —Usted es presidente del consejo directivo de la Asociación de Cineastas Griegos. ¿Cómo ve en este momento el cine de su país?

    —Creo que este es uno de los mejores momentos del cine griego. Hay un gran interés en el exterior y lo bueno es que los directores son todos jóvenes: nunca antes había sucedido que directores tan jóvenes en Grecia provocaran la mirada mundial.

    —Dedicó su libro Pan, educación, libertad, a la memoria del cineasta Theo Angelopoulos. Usted coguionó algunas películas suyas, como Alejandro el Grande (1980) y La mirada de Ulyses (1994). ¿Qué significó para usted y para el cine la muerte de Angelopoulos en 2012?

    —Fue una gran pérdida que todavía no he superado, porque no fue simplemente que trabajamos juntos, sino que fuimos amigos durante 40 años. Nos conocimos en el 71 y nos acompañamos hasta el día en que murió, por eso aún no puedo superar su muerte. Por otro lado, fue una gran pérdida para el cine, porque él tenía todavía mucho para decir. Pienso que la última película que no pudo terminar, El otro mar, hubiera sido una de las mejores.