• Cotizaciones
    miércoles 29 de abril de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    ¡Marche un país a la plancha!

    En columnas anteriores vimos algunas características de la trilogía Los juegos del hambre, de Suzanne Collins.

    Identifiqué en ellas un enjambre de elementos de todo tipo y color que han convertido a esta obra en un best seller planetario.

    La lucha salvaje de todos contra todos, los mitos griegos, las aventuras de Robinson Crusoe, el tenebroso mensaje orwelliano de 1984, las perspectivas delineadas en Fahrenheit 451, en El proceso, en Kallocain y en El archipiélago Gulag, la idea central de series televisivas como Robinson, Lost y Gran Hermano, el ataque a las Torres Gemelas y muchas otras cosas dispares ma non troppo están íntimamente emparentados con los libros de Collins, convirtiéndolos en grandes sucesos taquilleros.

    La fuerza de atracción de estas obras se debe a que debajo de una capa de barniz civilizador, el hombre continúa siendo un salvaje.

    El pujante contraste entre primitivismo y civilización nos lleva a pensar en los dos polos opuestos de la filosofía: el que sostiene que todos los seres humanos son buenos y el que sostiene que todos los seres humanos son malos.

    Thomas Hobbes contra Jean-Jacques Rousseau.

    Leviatán contra Emilio.

    Interesante constatación: tanto Hobbes como Rousseau propusieron un contrato social como única solución al peliagudo problema de la convivencia humana.

    Ahora bien, si la relación de los individuos es por demás complicada, la relación entre los Estados no muestra características diferentes.

    También en este plano se repite la bipolaridad conceptual. Por eso, hay quien sostiene que los Estados actúan racionalmente, siguiendo ciertos objetivos, mientras que otros defienden la simpática idea de que las naciones (o los pueblos) buscan la amistad y la buena vecindad.

    Aquí, sin embargo, se acude a una trampa para vender el concepto positivo, ese que hace hincapié en la bondad de los pueblos. Y digo que se hace una trampa pues Estados y naciones no son sinónimos. Por eso, se comparan cosas parcialmente diferentes.

    Los defensores de la postura buenista impulsan la teoría de que el Estado es un ente abstracto, burocrático, policial, anónimo y egoísta, un frío instrumento de opresión y poder, mientras que la nación es vista como puro sentimiento, amistad, desinterés, calor humano y solidaridad.

    De ahí la idea patéticamente equivocada de que los pueblos se aman pero los Estados se combaten (o colaboran, si es que se ven obligados por una determinada coyuntura).

    Consecuencia directa de esa noción peregrina fue aquella suposición que recorrió Europa cual fantasma marciano (y no marxista), que afirmaba, en días de la Primera Guerra Mundial, de que cuando los Estados impulsaban la guerra los pueblos debían impulsar la solidaridad internacional.

    Pero los Estados puros no existen más que en la teoría. En la práctica, todo pozo está lleno de sapos ajenos.

    Veamos un ejemplo de ello: en el mundo subdesarrollado no se sostiene que los seres humanos tienen, al mismo tiempo, lados buenos y lados malos, sino que se asegura con convicción que las personas son buenas o son malas.

    Los primeros conforman el pueblo, los segundos el antipueblo, más conocido como oligarquía.

    De acuerdo a la misma perspectiva maniquea, en el mundo subdesarrollado domina la idea de que hay Estados que priorizan el cuidado exclusivo de sus intereses nacionales y hay otros que por el contrario persiguen fines más elevados.

    Los primeros son los Estados agresivos, rapaces, imperialistas. Los segundos son los Estados progresistas (eufemismo producto de la necesidad imperiosa de substituir al socialismo como etiqueta presentable).

    Esta visión hemipléjica de la cosa es responsable de barbaridades tales como la teoría de que Cuba mandó miles de soldados a luchar en África por un tema de solidaridad internacional.

    O que la Unión Soviética se fundió por haber ayudado a medio mundo a construir una sociedad socialista.

    O que Chávez despilfarra los petrodólares por puro sentimiento de hermandad bolivariana.

    Esta idea obsoleta también dice presente en el escenario rioplatense.

    El gobierno argentino, más allá del color político de quien ocupa el sillón de Rivadavia, sabe que el Estado que representa tiene una serie de intereses nacionales e internacionales.

    Detrás de una retórica tragicómica y de una sobreactuación patética, las autoridades argentinas, herederas del Virreinato del Río de la Plata, insisten en defender, con recursos cada vez más exiguos, un determinado rol de potencia regional.

    El actual gobierno uruguayo, por el contrario, pertenece al grupo de despistados que se creen el cuento de la amistad entre países hermanos. Por eso se somete a todo tipo de maltratos por parte de Buenos Aires, a nombre de la famosa solidaridad fraterna.

    De haber participado en Los juegos del hambre, Uruguay hubiera marchado a la plancha antes aún de ser encendido el fuego.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor