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    “Medicina letal”, miniserie de seis capítulos sobre la trágica epidemia de los opiáceos en Estados Unidos

    La mujer mira la cámara, hace una pausa y dice sobre esta serie: “Lo que no fue novelado es que a mi hijo a los 15 años le recetaron OxyContin. Vivió años y años en la adicción y murió solo, a los 32 años, en un estacionamiento helado”. En la foto que sostiene, el hijo aparece sonriente con un bate de béisbol. Al comenzar cada capítulo de Medicina letal (Painkiller, Netflix, 2023), otros familiares de víctimas del OxyContin miran a la cámara con la misma angustia de la primera madre mientras sostienen una foto. Las historias de sus seres queridos son más o menos iguales: consultaron algún médico por sufrir dolores intensos, a veces producido por un accidente, les recetaron OxyContin y terminaron adictos al medicamento. Si el médico les negaba una mayor dosis, iban a buscarla al mercado negro. Una pastilla calma el dolor, dos empieza a producir un placer nunca antes experimentado y, si se sigue aumentando la dosis o si se consumen aplastadas para aspirar, ya se tiene una adicción severa con todas sus consecuencias. La sustancia que contiene el medicamento (oxicodona) produce un efecto similar al de la heroína, de allí su alto poder adictivo.

    El oxy, como se lo conoce popularmente, se extendió de tal forma desde los años 90 que en dos décadas murieron por su causa unas 500.000 personas. La llamada “epidemia de los opiáceos” es una de las mayores crisis sanitarias de Estados Unidos después del sida en los años 80 y antes de la pandemia del Covid en 2020. Abrió las puertas, además, al consumo de fentanilo, la droga sintética de la actualidad, que es 50 veces más potente que la morfina, y en Estados Unidos causó 70.000 muertes en 2021.

    El consumo masivo de oxy tuvo responsables directos: los miembros de la familia Sackler, dueños de la poderosa farmacéutica Purdue Pharma que producía el analgésico. Sus cómplices fueron los médicos que recetaban el medicamento como si fueran caramelos y que recibían a cambio obsequios y beneficios y también las agencias de gobierno que se movieron por intereses políticos. Cuando la situación explotó con miles de muertos, ya habían comenzado las demandas y un largo juicio, que aún no ha finalizado, contra Purdue Pharma y sus dueños.

    En época de documentales y series “basadas en hechos reales” esta historia tiene todos los ingredientes para llevarlos a la pantalla. Así surgió la miniserie Dopesick (2021, Disney +) protagonizada por Michael Keaton que ha ganado varios premios. En 2020 se había estrenado otra miniserie documental, El farmacéutico (Netflix), que tiene como protagonista a un hombre real: un padre que sale a buscar al asesino de su hijo y en el trayecto se encuentra con el drama de los adictos al oxy en un barrio pobre de Nueva Orleans. Este año Netflix aumentó la apuesta con Medicina letal, que ha sido una de las series de mayor éxito en la plataforma.

    El primer atractivo de esta miniserie de seis capítulos son las actuaciones. Una de ellas es la de Uzo Aduba, quien fue inolvidable como Ojos Locos, el personaje de Orange is The New Black, una serie carcelaria en la que interpretó a una presa trastornada que despertaba temor y ternura a la vez. En Medicina letal es una mujer calma y de mirada dura, que esconde un dolor familiar y otro social. Ella es Edie Flowers, abogada e investigadora de la Fiscalía de Roanoke, Virginia, que se da cuenta del peligro de ese medicamento por el que ha visto a jóvenes con cara de desesperación en las farmacias o muertos en la morgue. Flowers visita a médicos, consumidores y familiares; convence al fiscal de hacer juicio a Purdue Pharma y, finalmente, cuando está por ver los resultados, el poder económico y político la terminan venciendo.

    Uzo Aduba es Edie Flowers, investigadora de Fiscalía tras Purdue Pharma. Foto: Netflix

    El otro gran personaje es su antagonista, Richard Sackler, interpretado por un extraño Matthew Broderick, a quien habitualmente se vincula con películas de acción como Godzilla o con comedias románticas como Adictos al amor. Aquí interpreta al magnate mayor de Pardue Pharma que quiere salvar a la compañía heredada de su abuelo impulsando una pastilla que salve del dolor. Así se lo explica a sus directivos más cercanos: “El comportamiento humano se reduce a dos cosas: huir del dolor y correr hacia el placer. Es un ciclo. Dolor, placer, dolor, placer”, dice mientras hace girar su brazo como en una rueda. “Si nos convertimos en los guardianes de quienes quieren huir del dolor, habremos cambiado el mundo”. Broderick transmite muy bien lo despreciable que es el tipo.

    Sackler y Flowers se ven frente a frente en una sola escena. Ella está sentada esperando el fin de una reunión, donde les están comunicando a los responsables de la empresa las demandas iniciadas, a la que no pudo entrar. Son todos hombres, ella no tiene ningún cargo importante y, además, es mujer y negra. Sackler tampoco está en esa reunión, él prefirió quedarse en el gran pasillo cerca de la puerta jugando con su perro mastín inglés. Le tira la pelota, lo alienta a los gritos, hace escándalo para distraer a quienes están reunidos. Él no sabe quién es Flowers; ella lo conoce muy bien. El breve diálogo entre ellos lo dice todo.

    Una de las tácticas de la farmacéutica era la de conquistar a médicos que recetaran el medicamento. Y la palabra conquistar adquiere en esta historia toda su dimensión porque usan como visitadoras a bellas jóvenes que llegan a las consultas con vestidos apretados, minifaldas y simpáticos peluches de regalo con la inscripción “Oxy”. Ellas obtienen premios suculentos a medida que ganan médicos y los mantienen fieles. Una de ellas es Shannon (West Duchovny), una muchacha que nunca tuvo nada y de golpe se ve manejando un auto lujoso y viviendo en su propio apartamento. Piensa que realmente el medicamento es milagroso, hasta que ve a chiquilinas como ella esnifando pastillas aplastadas después de salir de un consultorio.

    La serie comienza por el final, cuando varios estados y decenas de ciudades demandaron a Purdue Pharma por iniciar la epidemia de opioides. A Flowers la llaman para ayudar con la Fiscalía. “No podemos hacer justicia, pero sí que paguen”, le dice una joven abogada. “Entonces no es justicia, es dinero”, dice Flowers, pero cambia de parecer cuando ve en una pantalla el testimonio que nunca pudo obtener: el de Richard Sackler. Allí comienza otro relato que va y viene en el tiempo, desde el origen del oxy hasta llegar a la primera vez que Flowers oyó hablar de la pastilla en 1998. Entre esas idas y venidas hay una historia central y tristísima. Es la de Glen (Taylor Kitsch), un hombre que por las secuelas de un accidente laboral se hace adicto al medicamento.

    Otro logro de la serie es intercalar algún paso de sátira en torno a los hombres de traje, corbata o túnica que reparten la muerte en pastillas de colores y aparecen rodeados de globos en fiestas delirantes. Y mientras el medicamento produce millones de dólares, en un estacionamiento solitario, alguien muere de sobredosis dentro de su coche.

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