Nº 2176 - 2 al 8 de Junio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPuede ser una cuestión de tamaño, relacionada con los famosos 3 millones. Pero pensar que solo se trata de eso sería un gran error. También influye el pasado, la formación política y cívica, la idiosincrasia y la discreción que nos caracteriza como uruguayos. Aquello de la penillanura levemente ondulada aplicado a la vida cotidiana.
Todo eso y más puede caber en la respuesta que me pidió hace unos días un periodista extranjero, asombrado por el poco impacto que tuvo la separación del presidente Luis Lacalle Pou de su esposa Lorena Ponce de León. “En otro país hubiera sido un tema de conversación y de agenda de los medios durante semanas”, me dijo. No podía entender cómo ese episodio ya había quedado bastante diluido y casi no había tenido secuelas.
Sin ir muy lejos, no cabe ninguna duda de que en los países vecinos el asunto hubiera sido tratado de una manera muy distinta. Pero aquí parecen ser otras las reglas de juego. La vida privada de los gobernantes y los políticos no se aborda, a no ser que incluya episodios delictivos o repudiables socialmente o que tenga implicancias muy evidentes y negativas en la actividad pública. No siempre está mal que así sea. Al menos no en todos los casos. Pero es buena cosa asumir que los uruguayos somos pacatos.
El director de la empresa de opinión pública Equipos, Ignacio Zuasnabar, lo dejó muy claro en una entrevista publicada por Búsqueda la semana pasada. “En Uruguay hay una larga separación entre la cosa pública y la privada”, reflexionó. Varios especialistas se habían manifestado en el mismo sentido al ser consultados por Galería para otra nota difundida hace dos semanas. Todos ellos se refirieron al poco impacto que consideran que tendrá la reciente difusión de la separación del presidente pero también hicieron una proyección general. En Uruguay, la vida privada de las personas públicas suele no ser noticia, argumentaron. Y basta con detenerse en algunos de los casos más importantes al respecto de los últimos años como para darles la razón.
El primero es el que provoca este análisis y lo más importante para decir al respecto es que una ruptura entre un presidente y su esposa es una información de interés público. Más cuando ambos solían mostrarse juntos ante las cámaras. Lacalle Pou hizo parte de su campaña electoral mencionando a su familia y su esposa trabaja todos los días a cargo de un programa vinculado directamente con la Presidencia de la República, que recibe dineros públicos, como es Sembrando. Por todo eso es un dato relevante para la ciudadanía saber si se produjo un quiebre en esa pareja y no cabe más que reconocer a los colegas de El Observador, que fueron los que dieron la primicia. La información también podría haber sido difundida por el propio presidente o por un comunicado del Poder Ejecutivo pero claramente el periodismo se adelantó, y bienvenido sea.
Aclarado esto, todo lo que vino después quedó en el mundo de las redes sociales, que parece subterráneo pero que es el hábitat natural de una parte importante de los uruguayos. Rumores, especulaciones, amigos de amigos de amigos que “tienen la posta”, una prima de un tío que vio a uno de los dos en una situación comprometida, de todo se dijo en estos días. Pero nada de eso ocupó espacio en los medios masivos de comunicación. A diferencia de lo que ocurre en Argentina, por ejemplo, da la sensación de que aquí no sería bien visto que así fuera. Puede sonar un tanto hipócrita pero esa es la realidad uruguaya: las personas prefieren comentar por lo bajo lo que consideran que no debería tener importancia pública, por más que estén muy interesados en saber todos los detalles.
Eso con respecto a la separación de un mandatario en ejercicio y su esposa pero también ocurre con otros asuntos, como el fallecimiento de un ministro del Interior en ejercicio, como fue el caso hace ya más de un año del caudillo blanco Jorge Larrañaga. Esa triste noticia, divulgada en la tarde de un sábado lluvioso, generó un profundo impacto en la opinión pública. Larrañaga estaba en uno de sus mejores momentos políticos y murió fuera de su casa, de repente, por sorpresa. Entonces las especulaciones se multiplicaron en cuestión de segundos y se armaron miles de historias. No hubo autopsia ni tampoco demasiadas explicaciones en un primer momento y eso voló en mil pedazos el dique de los cautos y el agua arrasó con lo políticamente correcto como un tsunami en medio de una ciudad.
Pero, también en este caso, todo quedó en el fangoso pantano de las redes sociales. En el ámbito público, los medios de comunicación optaron por informar lo estrictamente necesario y, luego de pasado un tiempo de rumores de todo tipo, una amiga de Larrañaga contó al periodista Leonardo Haberkorn en una entrevista publicada por la diaria que fue ella la que estaba con él cuando falleció. Meses después, una murga hizo una referencia lateral al caso y recibió una condena casi generalizada. Fue otra demostración del rechazo de la mayoría de la población uruguaya a hurgar demasiado en cuestiones a priori privadas de un gobernante.
Pasó también con el expresidente Tabaré Vázquez luego de que resolvió anunciar en una conferencia de prensa que tenía cáncer. Fue una noticia de alto impacto, que causó una conmoción bastante generalizada. Durante algunos días, analistas y periodistas se refirieron a esa enfermedad y se detuvieron en la posible incidencia que podía llegar a tener en el gobierno y en la aprobación del presidente. Pero por poco tiempo. Después la inmensa mayoría optó por el silencio. Es más, Búsqueda publicó semanas después, en un recuadro muy discreto, que se trataba de un tumor en un estadio avanzado, luego de consultar a algunos de los médicos tratantes, y la difusión de esa información tuvo muy poca repercusión y generó algunas críticas hasta de colegas periodistas. Como si hubiera sido un exceso.
También circulan rumores sobre las opciones o la vida sexual de gobernantes, legisladores y dirigentes de distintos partidos políticos. Por lo bajo muchos comentan y quieren saber. Esas son preguntas frecuentes a las que nos exponemos los periodistas en reuniones familiares o de amigos pero sus respuestas casi nunca llegan a los medios masivos de comunicación. “Mejor no hablar de ciertas cosas”, como cantaba la banda de rock argentina Sumo en los 80. ¿Será mejor?
Como bien dice Zuasnabar, Uruguay tiene una tradición positiva en este sentido de separar la política y la cosa pública del espectáculo. Pero, como defendían los antiguos griegos, todo en su justa medida. Porque también hay cuestiones que ocurren en la esfera privada de un político que pueden tener mucho interés y valor público. ¿O acaso no es noticia que un gobernante sea alcohólico y tome decisiones bajo los efectos de alguna bebida? ¿O que un líder político se dedique fuera de micrófonos a acosar a su entrono o a periodistas? ¿O que otro hable contra el aborto pero haya financiado varios de ellos? Analizar caso a caso, con detenimiento, y no tener el preconcepto de que todo lo que se informa relacionado con cuestiones privadas está mal es lo que hace la diferencia. Es hora de empezar a hacerlo.