• Cotizaciones
    lunes 22 de julio de 2024

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    “Mis discos son apenas un reflejo regular de lo que hago en vivo”

    El argentino Gabo Ferro vuelve a la Zitarrosa

    La historia es más o menos así. Gabriel Fernando Ferro era el cantante de Porco, una banda de rock under de los 90. Un buen día decidió que no quería seguir con esa vida. Y ejecutó la decisión en el medio de una actuación. Dejó de cantar, bajó del escenario y se fue de la sala, dejando atónitos a los espectadores y a sus compañeros. Durante los años siguientes estudió historia, se doctoró y comenzó una línea de investigación que dio origen a varios libros. En 2005, Gabo Ferro publicó su primer disco como solista, Canciones que un hombre no debería cantar, un disco sostenido en su guitarra acústica, el pop, la balada, la canción folclórica, y en su poderosa voz de tenor. Un año después lo presentó en Montevideo. Desde entonces actúa aquí casi todos los años. La nítida vocación confesional de sus canciones lo ha acompañado en sus más de diez discos. Este viernes 1º, la voz de Gabo Ferro volverá a resonar en la Zitarrosa.

    —En tus primeros discos tenías una forma de cantar purista, cercana a lo lírico y últimamente se intuye un corrimiento a una interpretación algo aguardentosa. ¿Lo ves así?

    —Uso todos mis recursos, o al menos lo intento. Y ese color que vos definís como aguardentoso es parte de la paleta. Pero trato de usar la paleta completa. No quiere decir que porque haga canciones tenga que cantar afinada y dulcemente. Quienes me han visto en vivo saben que arrojo mi voz a todas partes, algo que en los discos es más difícil de apreciar. Intento que el significado suene como el significante: la palabra dolor no la puedo cantar dentro de los límites del canon de belleza. Entonces la tiro al desgarro, sale desde un lugar que duele. En países donde no se habla español logran entender bastante lo que canto. Es una de mis pretensiones.

    —Cuando actuás solo llenás el escenario con tu voz y tu guitarra. ¿En la Zitarrosa volverás a usar ese formato?

    —Así es. No veo en esta aparente soledad una carencia ni una cosa prêt-à-porter, utilitaria para el viaje. Como en la vida misma, para mí estar solo no es malo, es mi manera de estar. Desarrollé todo mi mundo en esa aparente soledad. Desde hace un tiempo trato de entender y habitar ese grado cero. Al investigar en la música contemporánea del siglo XX pude entender que me alcanzaba y me sobraba estar solo con mi cuerpo, mi guitarra, mi voz y dos libritos.

    —Tu bagaje interpretativo está en permanente movimiento, con nuevos recursos como la emisión del aliento, el grito, la ronquera o cantar a capela en el borde del escenario…

    —Es el resultado del estudio y la investigación con uno mismo. En 2007, el Teatro Colón me convocó para trabajar en una ópera de John Cage en su centro de experimentación, con quien fue mi maestra y lo sigue siendo, Haydée Schvartz, para mí una de las mejores pianistas del mundo. Eso me permitió entrar en el mundo de la música contemporánea. No soy un cantante de música clásica. Ni lo quiero ser. Pero ese universo me posibilitó una gran apertura, y construir mi propio metro cuadrado en escena.

    —¿Entendés al cantante como un músico o solo como un intérprete?

    —Creo que un cantante es un músico que ejecuta su propio instrumento, que tiene la fortuna o la desgracia de llevarlo todo el día consigo mismo. Puede ser terrible. Ahora tengo varios conciertos programados y tengo que guardarme en mi casa para cuidar mi garganta del frío. No puedo poner en riesgo mi propio instrumento, que es mi cuerpo. El cantante también afina su instrumento antes de cada concierto. Algunos no lo hacen, desafortunadamente para los espectadores. Te doy un ejemplo. La cantante Luciana Jury, con quien grabé otro disco, y que es sobrina de Leonardo Favio. Yo la escuchaba cantar y después escuchaba a su tío y los veía como de la misma familia de instrumentos. Sus cuerpos comparten la misma estructura y eso se oye en las texturas de sus voces. Como un saxo alto y un tenor.

    —Esa forma de estar en el escenario también la llevaste a tus discos, algunos grabados en vivo en el estudio…

    —En mi música nada está bien o mal, soy amoral. Mis discos son apenas un reflejo regular de lo que intento o hago en vivo. Todo lo que hago es por el vivo. En la primera Bienal de Performance de Buenos Aires, a la que vino Marina Abramovi´c y Laurie Anderson, nos convocaron a Emilio García Wehbi y a mí por lo performativo de nuestro trabajo. Lo mío pasa por el encuentro con el público. No quiero recrear la canción como la grabé en el estudio porque para mí el estudio es un paso para llegar al vivo. Me gusta vivir a pleno ese presente. Si suena un teléfono o pasa cualquier cosa puedo virar para cualquier lado. No tengo nada guionado.

    —Incluso tenés discos de temas grabados por primera vez en un concierto, como Amar, temer, partir.

    —Ese disco es fruto de un impulso. En 2008 estaba armada una gira por Europa y tenía varias canciones nuevas para grabar. En un ciclo que estaba haciendo poco antes de viajar me aburrí del repertorio y le pregunté al público si quería escuchar esas canciones nuevas. Por suerte dijeron que sí, y como grabo todos mis conciertos para evaluarlos y corregir cosas, decidí que esa grabación se transformara en el nuevo disco. Tenía que ser así, como una charla de café, con el ruido de los vasos y las bocinas de autos que se cuelan al fondo. Este año se cumplen diez años de ese disco, y lo vamos a celebrar en el Ateneo el 4 de agosto, tocado completo, tal cual aquella vez.

    —Elegís nombres largos y llenos de sentido para tus discos, como el primero, Canciones que un hombre no debería cantar.

    —Había algo en ese ramillete de canciones que me sonaba extraño. El último disco de la banda en la que cantaba tenía un sonido de rock duro, cercano al hardcore, pero esto era otra cosa. Y de repente me di cuenta de que eran canciones que en boca de una mujer sonarían más pertinentes. Había algo en esa inquietud que me provocaban, que parecía más propio de un discurso femenino. La sociedad y la cultura suelen colocar a la mujer diciendo esas cosas. Recordé el caso de Jacques Brel y Edith Piaf, en 1959, cuando él estrena Ne me quitte pas y la Piaf sale corriendo ofendida y dice: “¿Cómo un hombre va a cantar esas cosas? Hay cosas que un hombre no tendría que cantar”. Quise llevar eso al primer plano y ponerlo en el nombre. Desde entonces es algo que me gusta hacer con los títulos. Una especie de sugerencia de escucha: oí bajo este filtro, a ver qué te parece.

    Vida Cultural
    2018-05-31T00:00:00