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    “No confíes en mí porque si pensás que voy a satisfacer tus deseos, voy a decir una estupidez que te va a herir y me vas a odiar”

    Carlos Tanco habla, entre muchas otras cosas, de cómo se fue convirtiendo en Darwin Desbocatti hasta generar una simbiosis que transformó su vida en una “beca”, de cómo ocupa el lugar de “miserable” a través del humor, de cómo le “incomoda la vida” y de cómo la gente, de cerca, “es una mierda” y por eso es mejor alejarse

    No necesita demasiada presentación: para la gente es Darwin Desbocatti. En la cédula, Carlos Tanco, 38 años. Humorista, analista político (tal vez el principal en los últimos tiempos), fue libretista de la murga Agarrate Catalina y ahora guionista de una serie policial que espera ver la luz, junto a Pablo Stoll y Adrián Biniez. No da reportajes pero muy amablemente sí lo hizo con Búsqueda, y uno muy largo, quizá porque fue parte del plantel del semanario durante varios años con su columna Haciendo boca. Si antes casi no salía de su casa, ahora que es padre quitemos el casi. “No tengo ni tiempo ni fuerzas para enojarme ni conmigo mismo”, dice. “Estoy muy autoindulgente, que es lo que uno hace cuando se transforma en padre y no puede ni con sus cosas. Empieza a perdonarse permanentemente”.

    —¿En qué cambió tu trabajo desde que sos padre?

    —Tengo que ser mucho más pragmático y eficaz en los períodos cortos. Soy una persona extremadamente ineficiente. Habitualmente, me paso mucho rato mosqueando y después le dedico una hora al trabajo. Ahora no me puedo dar esos lujos porque los tiempos productivos hay que hacerlos rendir al máximo. Después llora mi hija y tengo que ayudar a mi esposa. Básicamente, mi tarea es que mi esposa no se vuelva loca, porque es increíble cómo esclavizan esas criaturas a sus madres.

    —Estás mucho en tu casa entonces.

    —Estoy todo el tiempo en mi casa. Ahora estamos los dos por la licencia maternal, pero habitualmente mi mujer sale a las ocho de la mañana y vuelve a las ocho de la noche.

    —¿Llevás todo el proceso de papá?

    —Todo. Menos dar la teta, todo el resto.

    —¿Dónde hiciste la escuela?

    —En la Simón Bolívar, desde segundo de escuela. El primer año lo cursé en la Evaristo Ciganda, que es la Francia pero de mañana. En segundo nos mudamos y por eso me cambié. Viví hasta los seis años en Viejo Pancho y Libertad y después me mudé a Rivera y Soca y ahí fui a la Simón Bolívar. Fui abanderado de la bandera de Venezuela, que era la peor bandera. Estabas después del segundo escolta de la bandera de los 33. Pero no fue por las notas. Yo estaba entre los 10 que tenían mejores notas, pero en quinto de escuela resolvieron que los alumnos votaran el orden entre los que tenían las mejores notas. Ahí me enteré de que no era tan popular como creía. ¡Salí décimo en 10! ¡Ni me voté a mí mismo! Cometí ese acto de demagogia estúpido, porque nadie se iba a enterar, y salí último. Por eso me tocó la bandera de Venezuela.

    —De ahí tu gusto por el chavismo…

    —Totalmente. Me sé de memoria el himno de Venezuela. Cuando lo pasan en los partidos de fútbol, lo canto (recita las primeras estrofas del himno: “¡Abajo cadenas, abajo cadenas, gritaba el señor!…”).

    —¿Liceo?

    —En el Nº 12 hasta tercero y en tercero, cuando terminó el año, me dijeron que no me daban el carné si no lo iba a buscar mi padre, algo que me pareció un poco sospechoso. Tuvieron en la Dirección a mi padre como una hora, y yo esperando afuera. Lo pasaron de profesor en profesor y le dijeron que no me habían echado porque mi hermana había dejado una buena imagen, pero que al año siguiente no me podría inscribir ahí.

    —Muy raro que te echen de un liceo público…

    —Fue una salvajada. Me pusieron la conducta observada, que básicamente fue como tratarme de un infanto juvenil.

    —Menos pinta de infanto juvenil tenés…

    —Yo era un vejiga cuya forma de supervivencia consistía en hacerles bullying a los profesores, a la autoridad.

    —No cambió mucho la cosa.

    —Claro, ahora lo transformé en un modo de vida. En ese momento me resultaba muy beneficioso con algunos de mis compañeros, como los repetidores. Me desarrollé tarde. Era una ratita flaquita de 1,60 m y esa era la forma de sobrevivir, de que no me cagaran a piñas todos los días, que es lo que uno trata de hacer en el liceo.

    —A vos te gusta mucho el básquetbol. ¿Jugabas?

    —Sí, ya jugaba mucho. Al fútbol nunca jugué, era muy torpe. Solo algunas veces en la calle y en la escuela hasta los 11 años. Básquetbol hice desde los cuatro años. Mi familia es religiosamente basquetbolera. De Tabaré. Tengo vínculos familiares con Tabaré por mis abuelos, padres, por todos lados. Mi tío abuelo fue jugador presidente de Tabaré: León Svirsky. Y mi abuelo era juez de básquetbol: Mario Hopenhaym.

    —¡¿Mario Hopenhaym?! Las cosas que le gritábamos…

    —¡¡¡Claro!!!

    —¿Cuántos hermanos tenés?

    —Del matrimonio de mis padres tengo una hermana grande, Valeria. Mi madre se casó de vuelta y tuvo una tercera hija cuando yo tenía siete años. Y mi padre también tuvo una tercera hija después, sin casarse ni nada. Así que tengo tres hermanas.

    —Estás rodeado de mujeres.

    —Sííí. La familia de mi madre es un matriarcado y… ¡no es mejor que un patriarcado! Todos los que hemos vivido así sabemos que no es mejor. Hay una tensión, una estática de violencia cuando hay muchas mujeres juntas. Aunque se quieran mucho, hay como un mínimo de violencia que yo la percibo. Es como el ruido que se escuchaba en las finales intercontinentales en Tokio. Eso escucho yo. ¡Está todo siempre a punto de estallar! Las mujeres son más violentas que nosotros pero no pasan a lo físico. Eso también es un problema, porque no conocen cuál es el límite entre lo oral y lo físico. Yo sé que si paso esta raya, ¡hay un momento en que tengo que sostener mi palabra con el físico, tengo que pelear! Las mujeres no saben dónde está ese límite. Ellas pueden llevar hasta lugares ilimitados la violencia oral o psicológica. Esa es mi familia matriarcal, que para mí igual fue un lecho de rosas porque era mi mejor público.

    —Te festejaban todo.

    —¡Todo! ¡Una claque permanente! Solo a mí y a mi abuelo. Pero se separó de mi abuela y venía menos. Era un crack con los niños y los perros, pero no entendía mucho a sus hijas. Una vez vino con un recorte de una carta que le habían publicado a favor de la pena de muerte. Y mi madre y mi tía son muy progres. ¡Imposible que funcionara esa relación! Pero él no lo entendía.

    —En esa familia, ¿cuál es tu primer contacto con el mundo intelectual?

    —Mi madre siempre trató de hacerme leer.

    —¿Y leías?

    —No, no había manera. Estaba fascinado con el básquetbol y lo mío era ir a jugar. Pero mi madre insistía. No sé cuántas veces me trajo El Principito. Por suerte ningún juez se enteró de eso, porque si no, mi madre debería haber perdido la patria potestad. No hay que darle a un niño eso. Los niños se quedan solo con la parte más cursi.

    —No está bueno El Principito.

    —Lo odio. Pero venía de esa cosa de izquierda que tiene mi madre. También estaba Canciones para no Dormir la Siesta y todo eso.

    —¿Y en el liceo hubo algún autor u obra que te llamaran la atención?

    —Me iba muy bien en Literatura cuando me metía. Habitualmente, yo picaba en las cosas y las sacaba rápido, pero cuando les dedicaba más tiempo me iba bárbaro y me reconfortaba mucho. Una de las cosas que me terminó gustando mucho fue La Celestina, que es una mierda. Pero me divertía y me entusiasmaba esa cosa de desgranar y decodificar el texto. En cuarto de liceo lo que me pareció fascinante fue Dante.

    —Pesado. Más interesante el Infierno que el Paraíso.

    —No llegué al Paraíso. Después del Infierno ya no me interesaba más nada. ¡El infierno estaba divino!

    —¿Tenés formación religiosa?

    —Nada. Pero me encantó ese mundo y ese concepto que de tres páginas podés escribir 25. Después, a los 16 o 17 años, me vino como una fiebre por leer. Mi hermana me abastecía de libros. Empecé leyendo cosas bastante digeribles como Paul Auster, Leviatán, Mr. Vértigo, El palacio de la Luna, todas esas novelas hermosas que estás deseando llegar a tu casa para leerlas. Y ahí empecé a leer con avidez.

    —Semejante aventón, ¿te generó algún gusto en especial?

    —No. Leía lo que me daba mi hermana. A los 17 descubrí a Capote y me lo puse a leer sin parar, como un imbécil. Pero desde hace bastante tiempo que leo poco y mal. Actualmente, leo la prensa y algunos analistas, pero no lo considero leer propiamente. Hay un estado de ánimo al leer que no he alcanzado más. Me cuesta mucho despegarme de la computadora.

    —Cuando navegás consumiendo cosas para tu trabajo, ¿notás alguna constante canallesca en el hombre o creés que todavía hay algo que nos pueda salvar?

    —Tengo dificultades con esa materia prima. Estoy más viejo, ya vi muchas veces lo mismo y me cuesta mucho entusiasmarme con esa materia prima. Necesitás el entusiasmo para que se te ocurran salidas ingeniosas. Y me pasa como que nada tiene demasiado sentido. Este año me ocurrió una cosa que para mí fue reveladora. Encontraron unos rectángulos de cerámica que tienen más de 3.500 años, en arameo, que son como las esquelas más viejas que han podido encontrar. Las usaban como comunicación informal porque el papiro costaba un huevo. Sería como un mensaje de texto de aquella época. Estuvieron años para descifrarlos y descifraron entre 10 y 15 mensajes. Tres de ellos eran los siguientes: “Traé más vino”, “Arreglen los caminos” y “Hoy no voy a trabajar”.

    —De una actualidad total.

    —Estamos en el mismo lugar. Somos los mismos monos y siempre es lo mismo. ¡Es demencial! Es esa cosa de que nos rascás y hay un mono debajo. Lo que ha evolucionado y se ha modificado un montón es la tecnología. Nosotros seguimos siendo la misma cosa precaria, con más conocimiento general. Da Vinci sería un ignorante hoy pero rascás un poco y es lo mismo.

    ¿Ves básquetbol por TV?

    —Sííí, una cantidad excesiva. Te miro hasta los campeonatos europeos sub-18, ¡he llegado a esos niveles! Es abusivo ese consumo y me come otros consumos lúdicos que me ampliaban bastante mi musculatura intelectual. Y leo mucho de la narrativa estadounidense de la NBA.

    —¿Fuiste consumidor de la serie Seinfeld?

    —Sí, claaaro. Todas las humorísticas clásicas.

    —¿Y Friends?

    —No soy consumidor fanático de Friends. No soy un detractor tampoco. Creo que está muy bien y es hiperefectiva. No me parece que haya nada sustancioso en términos humorísticos. Seinfeld está muy por encima. Soy fanático. También de Larry David. Seinfeld es aséptico. El tipo no se embarra nunca en el chiste y no utiliza ningún golpe de efecto grotesco. Es durísimo pero lo hace con elegancia. Es como un duque.

    —¿Es un humor que te causa gracia o estímulo por la inteligencia?

    —Las dos cosas.

    —¿Y la guarrería tipo Hangover?

    —No cuando llega a lo escatológico, pero South Park, por ejemplo, me fascina. Y es un humor violento. Eso me gusta mucho. Me río mucho con las cosas que transitan por lo absurdo y lo violento.

    —La del caballo de Netflix te gusta también.

    BoJack Horseman integra un plano superior del humor. Me parece una obra importante porque genera un mundo propio que se sostiene con una lógica interna muy complicada. Es la mezcla del animal antropomórfico, el hombre y el animal-animal. Cada uno tiene la esencia del animal que representa. Hay mucha fineza en las narrativas y los dibujos son preciosos. Me gustan los miserables. El humor necesita de un héroe miserable. No puede ser otra cosa que miserable.

    —¿Miserable en qué sentido?

    —George Constanza, el personaje de Senfield que es el alter ego de Larry David, es un ejemplo típico de miserable. Homero Simpson es otro miserable. Groucho Marx, que decía las peores cosas que te puedas imaginar. Es que el humor es sacar a relucir de manera ingeniosa nuestros pensamientos miserables, que en general estamos tratando de ocultar y existen. Esos personajes miserables además pierden, y eso es lo que permite que no sean odiosos: son unos perdedores.

    —Los perdedores generan empatía.

    —Claro. Pero además uno termina amándolos porque son libres. Ellos escupen todo eso que nosotros estamos permanentemente tirando para atrás y anulando y tratando de solapar. Tienen un permanente ejercicio de la libertad y me resulta fascinante y adorable.

    —¿Cómo manejás los filtros en el humor? Alguna vez mencionaste a tu esposa como primer control. ¿Tratás de que los filtros estén afuera o son internos?

    —Debería poner más filtros. Ya casi no pongo.

    —¿Sentís que puede llegar a ser un problema?

    —Sí, claro. A veces me paso de negro o de agresivo y transito el grotesco innecesariamente. Me pasa que a veces hay cosas que me parecen muy graciosas y que las arruino por un exceso y por no encontrar la mejor forma de plantearlas.

    —¿A veces te escuchás?

    —Muy poco. Trato de no hacerlo.

    —Pero lo has hecho.

    —Sí, y es terriblemente decepcionante. Igual, ahí ayuda el personaje. Fallo pero me doy cuenta. Por eso no pude conducir más un programa de radio. Porque no puedo tolerarme a mí mismo. Ese disfraz de Darwin me sirve más para mí que para el exterior. Para el exterior, el personaje soy yo. Humorísticamente no existe Carlos Tanco. El escudo me sirve para mí, para no morirme de la angustia cuando hago el ejercicio insano de escucharme. Ahí me doy cuenta de que todo es mucho más lento, repetitivo e impreciso de lo que yo me había imaginado.

    —“Impreciso”. Está muy claro que sos bastante obsesivo. ¿Tenés todo guionado o dejás fluir?

    —Ahí viene otro tema que es el género. Nunca terminás del todo tu trabajo. Llega la hora en que tenés que mandarlo, pero siempre le vas a encontrar cositas. Y cuando salgo al aire, si me dieran seis horas más, las necesitaría. Jamás estoy pronto.

    —Lo mismo que por escrito.

    —Lo mismo que hice con ustedes, cuando les mandaba la columna. Al día siguiente, cuando leía las columnas, ¡me quería matar! Mandé una versión espantosa, decía. Era una tristeza horrenda y empezaba a cambiar cosas.

    —Si volvés a editar un libro con tus columnas, ¿las cambiás también?

    —Es lo que estoy tratando de no hacer. Porque al final del día lo que quiere uno es no trabajar. Es el mensaje aquel: ¡traé más vino, no voy a trabajar! ¡¡Arreglen los caminos!! ¡¡¡Eso es lo que queremos!!! Todo lo demás es adorno. Por eso, la dinámica de mi trabajo lleva a que casi no tengo filtro, casi no tengo selección ni autoedición. Tiro todo lo que haya. Eso está bueno siempre y cuando uno no se consuma a sí mismo. Y puede generar hastío del otro lado. Yo creo que la gente consume salteado al personaje, va y viene. Y por eso rinde.

    —¿Y bancás las críticas después?

    —Es que lo de no tener filtros redunda en algo positivo al final de la relación con mis consumidores. Hay un peligro con el tema de los filtros, que es cuando uno no quiere molestar. Eso de no herir algunas susceptibilidades es un peligro porque vos estás creando un mounstro que te va a devorar el alma. No tenés chance de salir ileso de esa situación. Terminás siendo un esclavo de lo que quieren que digas. La ausencia de filtros genera reglas muy claras: acá mando yo. Esto es una tiranía. El que no quiera, que no venga. Yo, día por medio, hago enojar a un colectivo diferente y es bueno que se enojen, así no genero decepciones gigantescas.

    —Está claro el mensaje: no confíes.

    —¡Claro! No confíes en mí porque si pensás que voy a satisfacer tus deseos, voy a decir una estupidez que te va a herir y me vas a odiar. Eso termina siendo bueno porque limpia la relación. He visto cómo el monstruo se termina devorando a la gente que está produciendo.

    —¿Por ejemplo?

    —Prefiero no mencionar el ejemplo porque es un poco antipático decirlo. Pero trabajé en lugares donde estaban todo el tiempo intentando no herir susceptibilidades y llegó un momento en que estabas preso. Mi mundo es este y jugamos con estas reglas. No hay sensibilidad y lo gracioso está por delante de todo. Puedo decir las cosas más crueles de mi madre o de cualquiera. Con el que soy más cruel es con Joel (Rosenberg). Me río de sus padres muertos permanentemente. Es una cosa espeluznante. Y es mi amigo. Pero así soy. Así es Darwin consigo mismo también.

    —Dentro de esas reglas, ¿hay algo en lo que no te sientas cómodo?

    —La incomodidad la siento cuando fallo, que es permanentemente. Cuando tratás de ser gracioso y no lo sos… ¡Uhhhh, es terrible! ¡Soy una mierda! A veces corto el teléfono y me dan ganas de ir a meterme debajo del acolchado por 20 horas.

    —Es un tema con vos mismo. Capaz que a mucha gente le pareció brillante y a vos una porquería.

    —No lo creo. Cuando creo que fue una porquería, alguna gente puede pensar que fue pasable, pero no más de eso. Lo que tiene la cotidianeidad, la cosa diaria, es que te posibilita paciencia. La radio te da muchas ventajas y una de ellas es la licencia que a veces te da el oyente para fallar. La gente me dice que me escucha mientras hace tal o cual cosa. Todo lo endosado a una rutina te encariña. ¡Si te encariñás con un objeto, con una cafetera o con un microondas, cómo no te vas a encariñar con una persona que te habla mientras vos hacés tus rutinas cotidianas!

    —Apenas salís de tu casa y detestás la vida social. ¿Te considerás un bicho?

    —Sí, siempre lo fui. Lo que les contaba de la bandera de Venezuela es uno de los primeros indicios de mi carácter antisocial. Hasta cuarto de escuela tenía un montón de amigos, era popular, y en quinto descubrí en un momento que me volvía solo a mi casa, no iba a los bailes, no iba a los campamentos, nadie me votó para que fuera abanderado… Por eso mi madre me empezó a mandar a un psicólogo. Era evidente que yo estaba desplegando determinadas conductas antisociales. Y en sexto ya casi no me hablaba con las mismas personas que antes eran mis amigos.

    —¿Fue una decisión que vos tomaste?

    —Recuerdo haber sentido una necesidad de alejarme del colectivo. En algún momento la demanda del colectivo me empieza a abrumar. Me pasa con mi familia. Los adoro y es el lugar donde más cómodo estoy, pero prefiero estar poco. El otro día leí una entrevista a Nanni Moretti, un genio que definió esto mucho mejor que yo. El periodista le dijo que como le incomodan las notas, iba a tratar de hacerla de la mejor forma. Moretti le respondió: “Quedate tranquilo, yo estoy incómodo desde que me levanto hasta que me acuesto”. A mí me incomoda la vida. La incomodidad es mi forma de estar en el mundo. ¡Es la sensación que yo tengo desde los 10 años! Por eso forjé algunos mecanismos y me abandoné a la actividad social. Uno tiene que tratar de que eso no le gane, pero yo no ofrecí mucha resistencia. Y ahora encontré esta cosa mágica, esta beca de la vida, con este personaje, que me permite canalizar todo esto.

    —¿Cómo llegás a ese personaje?

    —Con eso pasa algo muy gracioso. El personaje tiene muchas facetas de mi padre, esa cosa discutidora de ir por la contraria y generar la molestia del otro. Me fui a vivir con mi padre a los 16 porque él vivía en Malvín y mi madre en San José de Carrasco, muy lejos. Ahí mi padre estaba en plena zafra laboral. Tenía casas de crédito en el interior. Básicamente, lo que hacía todo el día era gritar por teléfono. Es buenísimo porque ahora yo hago lo mismo. Vivo de lo mismo: ¡de gritar por teléfono! ¡Nunca quise agarrar el quiosquito de él, por más que siempre me insistió, y terminé en lo mismo!

    —Así que, de alguna forma, sí agarraste el quiosquito.

    —Sí, me di cuenta este año. En un momento dije: “¡Soy un hijo de puta, grito como loco por teléfono. Eso es lo que hago!”. Me di cuenta pensando en cómo me va a ver mi hija. Me va a ver igual que yo veía a mi padre. No se toca en nada lo que hacemos pero tienen como punto en común los gritos y el teléfono.

    —¿Hablás por teléfono de línea o por celular?

    —De línea, porque el celular ensucia mucho más y tiene un pequeño delay.

    —¿A la radio vas poco?

    —A Del Sol fui una vez y a Océano no más de 10 veces en todo el tiempo que estuvimos ahí.

    —Y seguro te proponés ir cada vez menos.

    —De la boca para afuera me propongo ir más pero muy para adentro hay una voz que me dice: “¡Noooo!”. Las experiencias colectivas me parecen muy cerca de lo abrumador y no aguanto mucho tiempo. No soy tampoco de asados y todo eso. Me parece que en un momento las reuniones empiezan a decaer y no me gusta.

    —¿Y por qué te parece que sos así?

    —Porque soy muy débil y no aguanto la demanda de la gente. Me genera mucha incomodidad y cedo. Soy mucho más fuerte a distancia. A distancia puedo mantener una discusión, una pelea fuerte o tomar decisiones duras, pero en el cuerpo a cuerpo me ablanda la gente. En una psicología barata lo reduzco a que de lejos soy mi padre y de cerca mi madre. Mi madre es una hippie que abraza a todas las personas y tiene una capacidad para responder a la demanda de la gente ilimitada. Ella conecta con el otro en todo sentido. Mi viejo patea escritorios. Su gusto es la confrontación. En los momentos en los que lo veo más vivo ahora es cuando puede confrontar con alguien. Como de cerca soy como mi madre, trato de no acercarme, porque si no la gente me come y yo me dejo. La gente te come. La gente es una mierda al final. Se aprovecha de la debilidad.

    —Cortaste grueso.

    —Es que es así. Nosotros tendemos a someter o a ser sometidos. Todo eso con un tamiz más civilizado. Pero el bicho que hay adentro nuestro somete. Vos dejás a dos bebés de meses en un cuarto y volvés a los 20 minutos y vas a ver que uno le tiene al otro la cabeza contra el piso y su chupete en la mano. Lo natural es eso. Podemos bajar los decibeles pero no nos vendamos algo que no es.

    —Así es la naturaleza humana para vos entonces: la ley de la selva.

    —¡Y sí! ¡El más fuerte se impone! Si vas a la calle, será el más fuerte a las piñas o pegándote un tiro, en la academia el de cabeza y de capacidad discursiva…

    —Y en la política…

    —No hay manera de que un tipo llegue lejos en la política sin tener por lo menos una traición grande en su haber. Al estilo Obama con los Clinton, Tabaré Vázquez con Seregni. ¡Es el león joven que tiene que patearle el culo al león viejo! El león viejo no se va a abrir paso, tratará de convencer al joven de que la suya es la próxima. ¡¡Hay un momento en que el joven tiene que saltar y morderle la yugular!! ¡¡¡Y después nosotros les exigimos a los políticos que sean la Madre Teresa de Calcuta!!!