En marzo de 1991 Búsqueda publicó una entrevista con el teniente general retirado Hugo Medina, el último comandante en jefe del Ejército en dictadura, y hombre clave en la salida democrática.
En marzo de 1991 Búsqueda publicó una entrevista con el teniente general retirado Hugo Medina, el último comandante en jefe del Ejército en dictadura, y hombre clave en la salida democrática.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSeis años después de la restauración democrática, Medina habló de todo en una entrevista histórica que le realizó el periodista César di Candia, de la cual a continuación se reproducen algunos pasajes.

—Usted me habla del recelo de los civiles con los militares, pero no se refiere al de los militares contra los civiles.
—Ese recelo era mutuo. Desapareció cuando nos empezamos a conocer unos a otros.
—Pero continuó latente porque después vinieron los años finales de la década siguiente y los que trajeron el golpe de Estado, en los que se volvió a notar con mucha más fuerza.
—El recelo del golpe de Estado estuvo orientado unilateralmente y no por toda la población sino por una parte: los sediciosos y el Partido Comunista. Con el resto no hubo problemas.
—No me diga eso, general. El resto de los partidos políticos y la masa ciudadana, salvo excepciones, se alineó contra ustedes.
—En la etapa final. Al principio no daban abasto las manos para aplaudir. En los años finales sí, sentimos fuertemente el rechazo.
(...)
—La raíz de todo parecería estar en esta pregunta: ¿en base a qué derecho o a qué principio doctrinario las Fuerzas Armadas se ven en la obligación de llenar ese “vacío de poder”?
—En base a una ley no escrita. Cuando se produce un vacío de poder lo llenan las Fuerzas Armadas porque constituyen la única organización coherente con jerarquía que puede decir “yo mando y los demás obedecen”. Las Fuerzas Armadas tienen un sistema sustentado en la disciplina y el orden. Y además, tienen la fuerza.
—Entonces debo entender que el concepto de “fuerza” está por encima del concepto “razón”.
—Puede ser que sea así, puede ser que sea así... Pero sin razón y sin apoyo popular, nadie da un golpe de Estado.
(...)
—¿Por qué tomada la determinación de combatir el terrorismo, las Fuerzas Armadas no utilizaron los conceptos tradicionales de la guerra y optaron por los métodos de la guerra sucia?
—Bueno... La lucha contra el terrorismo se empieza a dar de una manera un poco desordenada. No hubo una decisión formal de volcarse hacia la guerra sucia. Nadie lo quiso, resultó algo que fue surgiendo insensiblemente. Creo que definir a posteriori un hecho es mucho más sencillo que definirlo en el momento en que está surgiendo. Nadie pensó que nos encontrábamos embarcados en la guerra sucia. Había que conseguir información rápido, porque eso era vital. Hubo principios a los que siempre nos ajustamos, a pesar de que un poco prejuiciada la gente a esta altura pueda ponerlo en duda. Yo lo dije en un reportaje televisivo que me efectuó su colega Neber Araújo: acá hubo cinco mil presos. Aplicando criterios que no eran los nuestros pudo haber habido cuatro mil muertos y no los hubo. Los muertos fueron muy pocos. Se les capturaba, se les sometía a interrogatorio, se les sacaba información, y se les enviaba a la cárcel.
—Usted habla de pocos muertos como si eso fuera un mérito. El hecho es que los hubo y justamente eso es lo trágico.
—Pero era una guerra, era una guerra... como ahora, que están bombardeando poblaciones civiles y matando gente.
—Perdóneme, general. Una cosa es morir en un enfrentamiento o en un campo de batalla o como consecuencia de una acción bélica y otra fallecer en una tortura.
—Es. Y lo que le voy a decir lo he pensado mucho porque me ha obsesionado mucho. Creo que ninguna de esas personas murió por voluntad del matador, por el hecho de ir a interrogar con la intención de ultimar. Murieron por exceso, porque a quienes interrogaban se les fue la mano. Por la continuidad del apremio, o por la prisa. No se olvide que había información que tenía que salir al minuto porque de ella podía depender la vida de un camarada o de un grupo de camaradas. Se dieron varios casos de esos y la experiencia decía que no era aconsejable esperar. Por eso se produjeron esos hechos.
—Verdaderamente me resulta muy difícil razonar como usted.
—Es que usted y otras personas, sentadas en sus escritorios, con el cafecito al costado, se ponen a pensar en eso y a acumular agravantes, ya que atenuantes es dificilísimo porque no los hay, y terminan colgándoles a los interrogadores el sayo de torturadores y sádicos cuando de pronto no lo son. Simplemente apremiaron porque las circunstancias se lo impusieron.
—¿Nunca tuvo cargos de conciencia por eso?
—No.
(...)
—Tengo una curiosidad que ya lleva sus buenos veinte años. En el año 71 hubo elecciones nacionales y allí hizo irrupción por primera vez el Frente Amplio. Se vivía un momento social muy tenso con permanentes enfrentamientos entre el Movimiento de Liberación Nacional y las Fuerzas Armadas. ¿Cómo habrían reaccionado estas ante un eventual triunfo de la nueva coalición política?
—No se le entregaba el poder.
—Mire que esto es la primera vez que lo dice públicamente un representante de las Fuerzas Armadas. Me parece muy grave y no quisiera que mañana usted me desmintiera esa afirmación.
—¡No, no, qué le voy a desmentir! Fíjese que después de eso viene el golpe de Estado.
(...)
—A usted le preguntaron muchas veces en esas tensas semanas previas, qué podía ocurrir en caso que no saliera una ley de amnistía y usted invariablemente respondía: “Llegado el momento se verá”. Era una contestación ambigua. No decía “las Fuerzas Armadas respetarán lo que resuelva la Justicia”, sino que insinuaba una velada amenaza.
—No era amenazante. Es que si no se votaba la ley de caducidad, yo sabía que no podíamos quedarnos en la mitad del camino. Que si (el golpe) no lo daba yo, si no asumía la responsabilidad, iba a asumirla el que estaba atrás y si no era ese era el otro. Porque ese era el pensamiento de las Fuerzas Armadas.
—¿El desacato se producía de cualquier manera?
—Desacato iba a haber.
(...)
—¿Apremiar fue un error?
—No.
—¿Usted alguna vez dio orden de apremiar a un prisionero?
—Di.